Gansos

Los gansos salvajes

(esa especie de plumas majestuosas)

que parecen sostener

esta tarde el aire,

son un algo que se quema,

eso que decía mi abuela

de como se hace el cielo

en sus gargantas.

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En noches como esta

En noches como esta disfruto de este cielo púrpura,

porque suspira frío y llueve con claves, crótalos

y cientos de hojas.

 

En noches como esta pienso en acariciarte

con tanto detenimiento que casi parece

que me robas el tacto familiar

de mis sábanas viejas y recién lavadas.

 

Son en esas noches, en esta noche,

cuando mi mano izquierda se aventuraría

a los últimos cabellos de tu nuca  de arena y,

casi como un soplido, a bajar por tu espalda

y a llegar a la cadera, al muslo, a la rodilla;

solo para ver qué opina tu piel al respecto.

 

En esas noches, en las que siempre duermo

sobre el costado derecho, esa mano

retomaría su camino una y otra vez

hasta no poder soportar el no ser hiedra

cuando conoce tan bien el camino

de esos mapas, iguales, siempre cambiantes.

 

Mi mano derecha disfruta del calor de tu rostro

y del cadencioso oleaje de tu pecho.

Cerca de los lunares gemelos se dibuja una palabra nueva

y las manos no pueden soportarlo.

 

Pues es precisamente ella, la inocente que lo empezó todo,

quien me enseña la mejor sonrisa para respirarte,

en noches como esta.

#poemasdeamor

Wifi

– Qué ves.

– Una mancha.

Me recomienda que no mire solo la mancha, pero como el blanco no me dice nada a excepción de la presencia de las manchas, digo:

– Un gato.

– ¿Un gato?

– Un gato bien gordo. Con manchas blancas y negras. Como una vaca. Ya sabes… Con bigotes muy largos y blancos, de esos que siempre sonríen muy felices y bostezan con una lengua casi roja.

Los sueños de una vaca fue mi libro preferido hasta que descubrí un Paraíso inhabitado. Así que hace sol y todos nos estiramos los domingos buscando manchas, cuando la mañana está ya muy avanzada. También bostezamos.

– Sabe muchas cosas –continué– muchas cosas que ocurren detrás de las ventanas. Acostumbra a tomar el sol desde el tercer piso de un bloque sin ascensor. Observa el ir y venir de las moscas y mueve el rabo. Antes cazaba palomas, pero ahora solo se lame las uñas con los ojos cerrados.

– ¿Y qué mira?

¿No te acabo de decir que tiene los ojos cerrados? (Pienso, irritada). Casi puedo oír la historia del mirar y del ver otra vez sonando en mi cabeza. Mira y Vero se conocieron una tarde roja de otoño… Era una historia que me contaba mi madre para intentar convencerme de que todo el mundo puede enamorarse.

– Mira. Mira a una mujer. Mira es una mujer. Está en ropa interior, gris y vieja. Hoy es el día de la colada, pero los animales no reparan en estas cosas, o al menos no deberían importarles. El gato la mira porque está, o parece, feliz. Canta y baila sin música. Lo hace muy mal. Barre a veces y come aceitunas. Es muy graciosa, incluso cuando enciende la radio y deja de oír su voz grave. Y suena una de esas canciones que todo el mundo conoce pero nadie sabe cómo se llaman. Suelen sonar como recuerdos bonitos, pero los vamos olvidando con el tiempo.

– Cuéntame algo de esa mujer.

– Esa chica no tiene nombre en una tarjeta, aunque el gato sí. Lo llaman Wifi, en serio. La lavadora suena con un pitido. Se sirve un vaso de agua y se ríe un poco de sus pensamientos. Ahora toda la calle respirará el olor de la ropa limpia. Las pinzas, todas verdes, parecen cocodrilos. Ella tiene las uñas de los pies pintadas de color amarillo.

Nos quedamos ambas mirando esta escena de silencio, una de esas que tanto disfruta esta mujer tan profesional. Vuelvo a calcular cómo por fin salen a cuenta las facturas de medicamentos y la operación… Todo lo que se ha hecho (yo, ellas y ellos) en una dirección, que aunque no lineal, ha acabado en una habitación luminosa sin una caja de pañuelos. Quizá con un cepillo de pelo en la mesilla. Perfecta. Perfecta para mí. Es una casa donde hasta los domingos de colada, que eran tan lejanos, parecen querer asaltarte con un nuevo tipo de felicidad: con una nueva forma, un nuevo cuerpo, unos nuevos ojos.

Las sábanas pueden ser nubes y los calcetines, pequeños gorriones. Así parece un dibujo de niño pequeño donde todo se invierte y tiene sentido. El cielo es blanco folio y las nubes y los pájaros le han robado el azul a las cortinas. Solo tienes tres colores al fin y al cabo y las líneas nunca fueron negras.

Todo este pensamiento no hace más que permitir a mi cuerpo sonreír.

Viernes. Escrito en El reloj de Sol. C/ Capitán Salazar Martínez.

#historiasdesuperación.

Descripción de un sainete en dos actos

En un primer acto de horizonte negro

hay una casa de papel y una caja de sábanas.

Unas sombras chinescas zozobran en su juego

cuando todos los trastos caen por las escaleras,

en lugar de apagar sus velas, llamar a sus viudos

los grajos y hacer cantar al teléfono de sus estragos de claves.

 

Así en un segundo, silba la tetera de sus hierbas amargas

y hierven las líneas en la noche apagada.

Así se leva el telón  mojado del teatro de papel blanco,

                                              de ese del que os hablaba]

 

y salen ya los actores de este melancólico sainete

por no regresar a la cama que no duerme

y se llevan un dedo a los labios lentamente,

así mis charcos castaños se queman

y hacen callar por fin al fuego que baila en la mesa,

ese que cierra el aplauso por la quemada casa de los lagos.

Aún hacía frío para las gramíneas

Imagina que estás en un autobús

(evita pensar en uno americano).

Demasiado cine, poca tarta de lo real.

Imagina que casi no hay gente,

porque los asientos tampoco están vacíos,

porque la música suena solo en tus oídos;

pero tiene voces y olores que son de otros.

 

Al fin y al cabo, estás en un autobús.

El paisaje verde, la luz justo como aquella vez.

El aire es solo velocidad.

Es una ventana que dejaron abierta.

No estás aquí. Cántalo.

Te gusta estar aquí.

(Es la) sal de aquí.

No respires. Cántalo.

Imagina árboles y camino.

Espacios vacíos.

En el aire sin humo,

busca balas de arena,

calas desiertas.

Búscate (una).

Sal de aquí.

 

Me quedaría a vivir allí,

un excelente ático con vistas al mar.

Literas de piel y perfume de flores,

se reflejan en el tornasol de la ventana:

Un lugar perfecto para no mirar

las olas, las lunas.

Solo las campanas

en macizos de gramíneas,

en un tren de voces.

No lo escribas. Cántalo.

Cola de pez

Quién

no ha sido

alguna vez

ente extraño,

pelo en la sopa,

silencio en el ruido,

vara de estaño,

cola de pez.

Quien no lo ha sido.

No lo ha querido ser.

San Cristóbal

De niña conocí a un niño.

De niñas nos enseñan a examinarnos.

Él se traía, con la medalla de oro,

vírgenes (señoras) de pupitre.

Lourdes y Mª del Carmen.

 

El profesor, guardián, guía, pastor;

un cura viejo adicto al tabaco,

entonces les levantaba

a sus vírgenes, protectoras, madres,

sus vestidos fabricados en China

con mucho y recatado descaro.

 

No fueran por casualidad a cumplirse

las plegarias de un niño y el rezo

le proporcionara alguna respuesta.

Yo no podía hacer más que temer,

que sin medallas de plata al cuello,

no  fueran por casualidad a cumplirse.

 

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