Libros pendientes para principios de verano

Ahora sí que sí son pendientes en toda regla

La mayoría de ellos los compré cuando fui a dar una vuelta por el Retiro y la feria del Libro de este año.

Ahí van:

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  • La canción secreta de la Tierra La casa de la colina negra, Antonio Cotrina: Después de todas las maravillosas críticas que caen en alubión sobre éste primer título, decidí encargarlos en mi librería de confianza (aunque sé que va a tardar muchísimo tiempo, que es lo acostumbrado). Algo me dice que valdrá la pena la espera (quizá seguir en la misma librería no tanto).
  • Reckless 2: Sombras vivas, Cornelia Funke: ENCARGADO mil y una veces. No lo compré en la feria por respeto a mi librera… ¡Y vaya si estaba allí!

LOS CLÁSICOS

Que ya era hora de ponerse con ellos, no puedo seguir estudiándo a los autores sin leer nada suyo, es sencillamente una tarea sin razón de ser.

  • Mi primer Quijote, José María Plaza: Después de pasarme toda una vida ojeándo de vez en cuando hojas sueltas de el mayor exponente de la literatura española, he decidedo buscar la mejor y más file adaptación (recomendada para estudiantes). Además, las ilustraciones son de Jvlivs, lo cual no deja de ser un buen estímulo. Me gustaron mucho cuando leí Pequeña HISTORIA de ESPAÑA, y mis gustos no han cambiado en absoluto.
  • Los Miserables, Víctor Hugo: Pues ya tengo mi ejemplar. La verdad es que me fastidia que la portada tenga que ser de película, pero era muy asequible y el quiosco donde lo compré era muy acogedor. La edición es de tapa dura, porque con su grosor y espesor es un suicidio comprárselo de bolsillo. Con la porquería de fresados que hacen ahora… No pienso llevarlo en viajes ajetreados. Es para leer encamada y tranquila. Con gato incluido si se precia el minino. Sólo espero que no se me hagan pesadas las más de 700 págs. He visto un poco de la película, pero no soy muy dada a los musicales así que… Prefiero la palabra escrita, a estas alturas, debe de resultar bastante obvio.
  • Anna Karerina, León Tolstoi: De nuevo, el dilema de la portada. Es la de la película pero aquí entra en juego la calidad de la edición y el precio… A éste le tengo incluso más miedo, después de quitarme la manía de pronunciarlo mal. Sólo espero que no quede abandonado, de decoración en uno de mis abarrotados estantes.
  • Dracula, Stoker: Fue un premio que recibí (accésit, nada importante) por un relato corto que ya colgaré. No puedo hacer más que leérmelo ¿no? Entrometámonos en el mundo del terror por la entrada triunfal, la más grande.
  • Madame Bovary, Gustave Flaubert: Comprado en una edición de bolsillos bastante sobria, es un librito que apenas costó 5 euros. El plan de lectura es básicamente didáctico. Si se indaga un poco en los pasillos literarios, descubrimos que Flaubert era muy proteccionista con sus textos, rayando lo obsesivo. A ver si se me pega algo… Pero de verdad que la historia promete, hay que burlarse de las patochadas románticas y de todos sus tópicos con estilo, ¡hombre ya!
  • El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald: Es una lectura outo-obligada por influencias exteriores. No he visto la película, pero prefiero pasar antes por el papel. ¡Biblioteca, para qué te quiero!La doble reseña verá pronto la luz.

INTRODUCCIÓN A LA POESÍA

Un arte hoy en día prácticamente olvido y apartado… ¡Rescatémoslo! Empezando con…

  • Huerto del limonar (POETAS DEL 27), Selección de Ana Pelegrín: Fue un regalo de hace mucho tiempo, no recuerdo cuándo ni quién me lo dio, pero ha estado abandonado por ahí desde entonces. Creo yo que muy pronto el número de poemas posteados aumentará notablemente. Espero que también la calidad. 😉

Así nace el escritor, leyendo, y el poeta,

y el artista, abriendo los ojos a aquello que nadie ve.

Nos vemos!

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La cautiva del Señor de las Aguas

AnfítriteNunca supe quién me mantuvo cautiva en aquella gruta y nunca vi su rostro, hasta hoy; pero, cada vez que venía a visitarme, le sentía: Le acompañaba una respiración pesada y burbujeante y un intenso olor a marisma (a pescado, salitre y moluscos). Era tan penetrante que era hasta cierto punto desagradable, teniendo en cuenta que me hallaba en un espacio cerrado al cielo.

Las luces misteriosas de la cueva contribuían a sumergirme en la ilusión de que todo aquello no era más que un sueño surrealista.

Cada mañana, al despertar más dolorida que la anterior por la humedad que calaba los huesos y por el lecho de algas que no ofrecía ni calor ni descanso, había un nuevo regalo a la entrada de la gruta:

Una piel de oso albino, pero la abandoné, doblada en una esquina, porque aquel ambiente asfixiante no atraía mi atención hacia pieles abrigadas.

Otra mañana, me despertaron el piar de cien golondrinas enloquecidas. Me sentí tan desgraciada al ver que seres tan frágiles y libres tenían que compartir mi suerte que rehusé dormir a la puesta de sol y, así, en la oscuridad, atrapé cada una de aquellas avecillas y las solté, una por una, por el pequeño hueco del techo. Mi claraboya de la libertad.

A la mañana siguiente, encontré dormidos en un cuenco de oro, nutridos racimos de uvas moscatel, tan grandes y lustrosas que parecían de mentira. Ávida de algo dulce, me precipité hacia la fruta. Escupí de golpe las primeras uvas y aparté bruscamente el cuenco de mí. Estaban tan saladas como el bacalao seco. Tan saladas como el resto de las cosas.

Aquello me hizo pensar en lágrimas y volví a mi rincón, encogida, con náuseas subiéndome del estómago, reteniendo hipos y convulsiones.

Acudí, por fin, a la llamada de la sal.

El triunfo de Anfítrite

Hughes Taraval 

Reseñas históricas: Virginia Wolf

 Virginia Stephen; nació en Londres en 1882 y fue escritora.
El haber crecido bajo la tutela de su padre, un historiador, y en un ambiente        frecuentado por literatos, artistas e intelectuales marcaría para siempre su   vocación. Su padre murió contando ella veintidós, (quedándose huérfana, pues su madre había fallecido nueves años antes) lo que le ocasionaría las primeras crisis nerviosas y depresiones, ya que, al parecer, tenía un estrecha relación con su padre y sufría, en ocasiones, abusos por parte de dos de sus hermanastros.
A los treinta se casó con Leonard Woolf, quien fundaría la editorial donde Virginia publicaría sus primeras novelas; de argumentos que rompían los moldes y los cánones de la literatura inglesa. (Las olas)

Su estilo no pretendía contar únicamente una historia, sino que intentaba captar lo inalcanzable de la conciencia (el flujo de la conciencia) en texto casi bordado como un poema. Escribiría, también ensayos que revindicaban a la mujer fuera de su papel tradicional. (Una habitación propia).

Fue autora de dos biografías: una divertida recreación de la vida de los Browning a través de los ojos de su perro (Flush) y otra sobre el crítico Robert Fry (Fry)

Pese a que sufría lo que hoy se conoce como trastorno bipolar, aquello no afectó a su productividad literaria ni a demasiados aspectos de su vida, ya que de acuerdo con la estricta moral victoriana, los problemas personales debían de ser escondidos bajo un tupido velo.

Con la llegada de la 2ª guerra mundial y otro altercados, su frágil estado psicológico empeoraría cada vez más hasta verse completamente incapaz de seguir trabajando en su obra. Todo ello, la llevarían finalmente a suicidarse en 1941, arrojándose al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Su marido enterraría sus restos incinerados bajo un árbol en Rodmell, Sussex.

Nota de suicidio dirigida a su marido

Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.

Adaptación al cómic de su biografía

DE: Michèle Gazier / Bernard Ciccolini

El cómic llegará a las librerías españolas el 15 de noviembre

Virginia Woolf. Michele Gracier y Bernard Ciccolini.

Gracias a Ele por la referencia

La esquina de los artistas

¡Cómo tocaba! La veía todos los días al coger mi segundo autobús para regresar a casa. Agarraba el mástil de su vieja guitarra con una pasión que golpeaba hasta a los más desentendidos.
Su pelo rubio, rizado, largo e indomable, caía como un velo sobre su rostro. Yo sólo veía esos dedos pálidos de uñas mordidas moviéndose a la velocidad del rayo por aquellas seis cuerdas finas como cabellos por el uso continuado. Parecía respirar únicamente para derramar cada carrera de acordes sobre los transeúntes afortunados…
Las monedas dentro de la funda de terciopelo negro dejaban de brillar cunado ella se sentaba a la sombra del Goya de bronce.
¡Me hacía tanta gracia la ironía! Pensar que tal ARTISTA estuviera allí sentada, bajo el sol tocando sólo para el deleite de su propia alma inquieta y a los oídos de un sordo atormentado…

Déjà vu

Despierto con la sensación de haber dormido sólo unas pocas horas mientras el sol se me derrama en el rostro y me obliga a dejarme caer de la cama con las sábanas hechas un complejo nudo entorno a mi cuerpo. La estiro como medianamente puedo.  Echo un vistazo al despertador. Está parado porque siempre me da pereza ponerle pilas nuevas pero, a juzgar por el calor que hace, deben de ser algo así como las once.

Rescato de las profundidades de mi armario mis vaqueros “de diario” y un rebuño arrugado que resulta ser un camisa, como es fresca  no le hago ascos y me calzo mis Vans desgastadas y dadas de sí a más no poder por el uso continuado de casi dos años.

Casi me la pego en las escaleras al bajar a la cocina porque aún estoy medio dormido.

La casa huele a café y tostadas por los cuatro costados y mi madre me recibe con cafetera en mano y el camisón  aún puesto.

– ¿No desayunas, cariño?- sugiere ella con gesto elocuente hacia el gran desayuno al estilo hotelero que hay presentado en la mesa.

– No. Me voy a la biblioteca- al tiempo cojo un plátano y me bebo de un trago media taza de café denso y oscuro. Sabe a rayos, pero si ésto no me despeja, no sé que lo hará.

Mi madre pone los ojos en blanco y añade antes de que yo desaparezca por la puerta:

– ¿Puedes comprar el pan cuando vuelvas? ¡Y ten cuidado!

– Descuida, mamá.

Subo a mi chirriante bicicleta y salgo pitando por la empinadísisma cuesta que nos aísla del resto del mundo.

En media hora, minuto más, minuto menos; llego chorreando de sudor a la calle de la biblioteca, derrapo y freno frente a las escaleras de piedra.

Aclaración: No voy a la biblioteca por gusto (más me hubiera gustado dormir una hora más o haber ido un ratito a la piscina antes de que el sol se encargara de transformar el asfalto en brasas humeantes). No, por supuesto que no; sino que a mí me toca hincar codos todos los días (hoy es la última semana de Agosto) para estudiar la maldita química que me quedó para Septiembre. Y sí, ya sé que es una cagada, pero eso írselo a preguntar a mi profesora. Ahora mismo me la estoy imaginando tomándose una limonada, tan fresca, mientras nosotros sufrimos los rigores de su incompetencia.

En fin, que cargo con mi fósil de bicicleta las tropecientas escaleras de la dichosa biblioteca y manoseo el candado hasta dejarla bien anclada a la barandilla.

Maldita sea, casi me empotro con la puerta de cristal. Bizqueo para ver el cartel de CERRADO estampado al otro lado. Miro los horarios – ¡y sorpresa! – sábados y domingos de 9:30 a 12:30.  No podía ser tan tarde pero claro, no llevo ni reloj ni el móvil, que bien se ha quedado en casita por las prisas y por no haber ejercido de despertador estas últimas semanas.

Maldigo por lo bajo, sin llegar a morderme la lengua y me aguanto las ganas de pegarle un buen golpe a la puerta con los puños apretados. Vuelvo a soltar mi bici de muy mala gana.

Ya que han quedado anulados los planes de estudio, decido que no me vendrá mal un jornada de descanso en la piscina y ésto me sube algo la moral, pero antes tengo que ir a comprar el pan, claro está. Cambio de marcha con un estruendo parecido a mascar tuercas  y pongo rumbo a la estación. Porque de las cientos de panaderías que hay en kilómetros a la redonda, mi familia siente una inexplicable predilección por el pan gallego del susodicho lugar.

El sol está empezando a pegar fuerte cuando me refugio bajo la freca sombra del largo edificio de la estación de tren. Me bajo de la bici y camino entre transeúntes. A esta horas, la estación no suele estar muy abarrotada pero hoy, parece ser una excepción.

Llego al mostrador empapado, y aunque los hornos parecen apagados hace tiempo, el calor es sofocante. La panadera me pregunta con tono desinteresado sobre pan mientras yo palpo mi pantalón en busca de mi cartera, que se resiste a aparecer.

La barra ya está apuntando hacia mí cuando reviso por tercera vez el lado derecho e izquierdo. Cierro los ojos para serenarme, porque me siento capaz de cualquier cosa al agitar mis dedos a través de un agujero del tamaño de un puño. Suelto un bufido y dejo plantada a la panadera mientras me alejo revisando cada centímetro de suelo en busca de la cartera. No tengo ni idea de por dónde se ha podido extraviar y las posibilidades de encontrarla van menguando según pasan los minutos y doy una vuelta y otra y otra…

Me retuerzo los nudillos hasta hacerlos chascar. A la mierda se han ido veintidós pavos, el DNI, el carnet de la biblioteca, el del polideportivo… y ya de paso, la llave de repuesto y los descuentos del cine y hasta del McDonals.

Hoy no tendría que haberme levantado, cada vez lo tengo más claro.

Hecho a andar con las manos metidas en los bolsillos pero no tarda en resultarme incómodo y, ahora, no sé que hacer con ellas ¿Me las corto?

Mal humorado, a penas me doy cuenta que estoy subiendo los escalones para ir a las paradas. Una lata de Coca-Cola olvidada en el arcén va a parar de una patada ante unas Converse que, en un pasado, debieron ser blancas pero ahora parecen más grises y sucias que los rescoldos de un cenicero.

Alzo la mirada con el sol en mi contra. Oigo una ligera carcajada. Ella se está riendo, seguramente de mi careto de empanado y, aún así, tardo en conseguir vislumbrar unos ojos tan grises como su calzado.

¿Por qué nunca llego gafas de sol cuando verdaderamente hacen falta?

La chica en cuestión, se deja caer en el banco de la parada para comenzar a taconear nerviosamente contra el suelo. No sé si mirarla como la estoy mirando es de mala educación pero es que verdaderamente merece la pena mirarla. Tiene al descubierto las piernas más bonitas que he visto en mi vida y, aunque reconozco que nunca he encontrado excesivamente atractivo el pelo largo y anodinamente planchado, a ella le queda especialmente bien y más, con ese color de pelo tan rubio que parece blanco y ese fino flequillo que le cae sobre la frente. Tan inmerso estoy en mi contemplación que tengo ofuscados el resto de mis sentidos.

– Perdona, ¿tienes hora?

Sí, a ti. Te está preguntando a ti, empanado de la vida ¡CONTESTA!

– ¿Eh? Eeh… No… Pero creo que van a dar las* una.

¿Las una? ¡Venga ya! ¡Premio a la elocuencia al más subnormal de la estación!

Ella sonríe- Tiene dos graciosos hoyuelos a ambos lados de una sonrisa blanca y perfecta. A continuación, saca  su bolso y saca de él un enorme bocadillo y una Coca-Cola light. ¿Cómo se las ha arreglado para meter semejante merendola en un espacio tan ridículamente pequeño? Ahora siento el impulso más antiguo y primitivo del mundo: El hambre. ¿He desayunado? Es más, ¿cené ayer? O lo que es más ¿Cómo puedes estar pensando en comida en un momento como éste?, pedazo cabeza de chorlito?

– Oye, ¿quieres un poco?- dice ella ahora, ante mi sorpresa, mientras me invita a tomar asiento con gesto harto elocuente.

¡Encima adivina! Ni una camisa de fuerza bien atada podría haber evitado que me sentara a su lado.

– Muchas gracias- dije aceptando cordialmente algo así como la mitad del bocadillo- Si eres tan generosa siempre con todo el mundo no creo que tengas para comer ¿Me has visto pinta de indigente, o algo así?

¡Pena! ¡Eso es lo que das!

– Bueno…- dijo ella esgrimiendo una sonrisa casi feérica que me dejó desarmado.- Tengo mucho tiempo libre hasta que llegue mi tren y me apetece una conversación; es decir, pareces… interesante.

Hace años di unas cuantas clases de interpretación y gracias a ello puedo permanecer impertérrito en todo tipo de situaciones. Sólo espero que esta situación entre dentro de ese saco.

Rectifico. Levantarme esta mañana es lo mejor que he podido hacer en todo el mes.

Apuro mi parte del bocadillo porque compruebo, algo impresionado, que mi súbita conversadora, prácticamente ya ha dado buena cuenta de él.

Comenzamos a hablar, ahora de cosas tan banales e insustanciales como el tiempo, las vacaciones o por qué su gato se llama Sephiroth. De repente, se detiene, me agarra por el antebrazo ilusionada y mirándome a los ojos me dice:

– ¿No te está friendo los sesos aquí? ¿Quieres acompañarme a la sombra?

¿Calor yo? Si estoy flotando en una nube. Por mí, te seguiría al din del mundo.

Compruebo que estamos completamente solos en la estación, nadie por la derecha, nadie por la izquierda. ¡Qué momento tan maravilloso! ¿Cuántas veces pueden llegarte a pasar este tipo de cosas en la vida? A mí, personalmente, muy pocas.

– Aquí se está bien ¿no?

Ojos Grises se ha detenido en una esquina bastante apartada del abanco; bastante apartada de todo, en realidad.  Lo que nos da sombra es una alta máquina expendedora.

– Por supuesto, aquí ya no… da el sol.

– Obviamente- me increpó con una sonrisa ladeada- Oye, ¿no tienes sed?

Pues sí, la verdad es que me moría por algo líquido, pero yo también soy capaz de morir por otras cosas. Cosas bonitas y que valen la pena.

– Sólo un poco, pero no es nada, tranquila- aclaré yo, temiendo que se le ocurriera ofrecerme también lo que quedaba de su bebida (yo la veía capaz).

– Pues mira- dice retomando su aire de duendecillo y señalando las entrañas de la máquina expendedora- ¿Ves ese Seven Up de allí, arriba a la izquierda? Observa el muelle: Un ligero empujoncito y cae ¿Por qué no lo intentas?

Es un sí o un sí. ¿Qué razone hay para negarse? Así que me pongo a un lado de la máquina, muy seguro de mis fuerzas. Justo ahora pregunto algo muy elemental.

– Por cierto, no me has dicho tu nombre ¿Cómo te…?

Súbitamente, me quedo paralizado. Algo me está aguijoneando la espalda. ¿Una… una navaja automática?

– Mueve un sólo dedo, niñato, y te saco las tripas.

Me muevo ligeramente pero no consigo ver nada. Gracias al reflejo del cristal distingo dos sombras anchas y difusas en torno a Ojos Grises. ¿La están amenazando o…? No, no. ¿Qué está pasando?

– J.B cachea al niñato éste, deprisa.

Noto las manos de la segunda figura hurgando en todos mis bolsillos. está temblando más que yo. Sé perfectamente que no hay nadir más, de eso me he cerciorado hace apenas dos minutos.

– ¿Sólo llaves? ¿¡Qué coño es ésto!? ¡¿Se puede saber en qué pensabas, pedazo de zopenca?!

– ¡¿Y yo qué sé?!- era la voz de Ojos Grises- ¡Parecía un pijo! ¿Quién lleva camisa en agosto?

Eso, ¿quién lleva camisa en agosto? Sólo yo, a quien le están atracando en pleno día en pleno centro de la ciudad.

– No tiene ni móvil, joder. Qué hago ahora ¿en? ¿Lo rajo, o qué?

No me gusta nada el acento del primer tipo, el que esgrime la navaja de casi un palmo de largo. En serio, ¿en qué época estamos?

Sin poder saber cómo, los tres se ponen a hablar todos a la vez, pero yo sigo notando el buen acero toledano sobre uno de mis preciados riñones. Entonces, llega desde las profundidades de uno de los túneles el inconfundible sonido vivo de un tren. Ahora sí que están nerviosos. Creo que un hilillo de sangre me está corriendo hasta el cinturón, pero lo más preocupante es la velocidad con la que me está subiendo la adrenalina. Soy puro nervio.

Del tren baja un nutrido grupo de personas demasiado ocupados para percatarse de que la vida de un joven pende de un hilo sólo a veinte metros de distancia. Entre los dos, me empujan a trompicones al tren y las puertas se cierran tras Ojos Grises. De nuevo, el vagón medio desierto, a excepción de una anciana y un niño enfurruñado. Repaso mentalmente las paradas de esta línea. Algo así como a tres paradas de distancia, hay unas obras abandonadas por falta de presupuesto. Quizá me lleven allí y me descuarticen  o me apuñalen o me asfixien (no todo en ese orden, claro está). Y, ahora ¿qué hago? El tren se pone en marcha y coge velocidad a los pocos segundos. Estoy bien agarrado por tres pares de manos. Me sorprende lo tranquilo que me siento.

Ojos Grises, a mi vera, se inclina, casi sugerente, hacia mi oído.

– Por cierto, me llamo…

Entramos en un túnel, el estrépito me ofusca durante apenas dos segundos y la oscuridad me ciega, luego luz, silencio… y, de repente, ni siquiera me siento de pie.

Despierto con la sensación de haber dormido sólo unas pocas horas. El sol me da el la cara y noto la sábana enredada en entorno a mi cuerpo. La estiro como puedo y miro el despertador. Parado en una ilógica hora.

Ya vestido, salgo de mi habitación al trote, pero me paro en seco ante el espejo del baño. ¿Llevo una camisa por alguna razón en particular?

Casi me la pego en las escaleras porque aún estoy medio dormido.

Mi madre me recibe con la cafetera en la mano.

– ¿No desayunas, cariño?- se ve que se ha esforzado en preparar un abundante desayuno.

– No, me voy a la biblioteca…- me como de dos bocados un plátano y trogo sin saborear media taza de amargo café.

Ya tengo la mano prácticamente sobre el pomo de la puerta cuando, algo que no soy capaz de explicar, me detiene. Como una escena incompleta.

– ¿Puedes comprar el pan cuando vuelvas? ¡Y ten cuidado!

– Descuida, mamá.

Lo he dicho con la boca pequeña. algo me decía que justo iba a decir eso, algo…

Un tremendo escalofrío me recorre la espalda de arriba a bajo. ¿Qué hora es?

Insomnio de verano

Como finos cabellos

de cascabeles mudos

triados por el viento,

de una brisa color miel,

llega el alma de verano.

Trayendo consigo

ese dulce castigo

del desierto en la piel

y el sol en los párpados.

Sobre noches negras

se abaten las luciérnagas

que al sueño no invitan,

bajo las pálidas estrellas

del perezoso insomnio,

al que yo demando y maldigo,

como sangre sobre lo blanco

como tinta sobre el papel.

Son luciérnagas de la noche

mensajeras en tiempos oscuros

del falso e inútil derroche,

son farolillos inseguros,

son luceros de la noche.

Libros imprescindibles

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

  • La todavía no terminada trilogía de Las Crónicas del Asesino de Reyes, de Patrick Rothfuss. El temor de un hombre sabio me dejó con los dientes largos y el alma en vilo. Como miles de fans, espero impacientemente la tercera entrega de la saga, que si hacemos caso a la escasa información que se dispersa por la blogsfera, no tardará en aparecer en librerías. O eso esperamos todos…
  • Reckless: Carne de Piedra, de Cornelia Funke. Tengo encargada la segunda entrega, Sombras vivas en mi librería y ¡no termina de llegar! Impaciente quizás se quedaría corto…
  • Álex no es nombre de chico, de Ángeles Escudero. No sé si fue porque me pilló con la guardia baja o el alma sensible, pero ésta pequeña novela me dejó patidifusa. La cogí al azar de un estante de la biblioteca…
  • La dama del alba, de Alejando Casona. Ya sé que es una obra de teatro y también sé que queda algo desencajado teniendo tantos años de vida, pero es muy buena. Si os la encargan como lectura obligatoria en vuestro colegio/instituto podéis consideraros seres afortunados.

¡¡¡SI NO OS LOS HABÉIS LEÍDO NO SÉ A QUÉ ESTÁIS ESPERANDO!!!

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