¡Feliz año!

Happy 2014

Happy New Year 2014! A new year, a new start. Goodbye 2013. I hope I never have to see you again.

Ésta es la última entrada que escribo en este año que se acaba por momentos, coincidiendo con las 100 entradas del blog. Ha sido un placer escribir durante estos meses. Espero que éste sea el principio de un largo camino lleno de pasos de tinta.

¡Os deseo un feliz y próspero año nuevo!

Timorato

Un temblor constante
sacude tus pupilas
en un oscuro seísmo.
Oigo tu corazón
apoyo mi mente sobre él.
Está asustado, exultante
de cientos pájaros libres
y de habitaciones vacías.
de silencios cálidos a solas
y de mañanas de albas frías.
Es ese pulso rítmico
que sacude tu piel y la mía.
Las palabras nunca fueron
el fuerte de nuestros labios
pero quién las necesita
viendo que todo un ser
puede gritar sin voz,
que puede llorar de amor
y es capaz de entregarse
sin titubear, sin reservas
a aquel que le ha cegado
de por vida, dejando a su paso
serias cicatrices que estallan,
más dulces que el azúcar de tu boca.

Nueva categoría: Personalidades

Tumblr

He decidido añadir una nueva categoría porque muchos relatos, aunque no respondan a una colección en particular, dan vida a un protagonista sin historia, por lo tanto el relato lleva su nombre en el título. Con el tiempo estos personajes acaban encontrando su historia, pero de momento; en su fase inicial, podéis encontrar todas estas pequeñas historias en los relatos de Pasos de Tinta, en la categoría de Personalidades.

Eve, el vuelo.

Silbaba con la garganta. Hacía un mes que descubrió que podía hacerlo.

fallen

Lo que más le gustaba era, como denominaba la jerga del dialecto de Fedora, el kreist, el segundo sordo, si es que se podía traducir a aquella lengua vulgar de barro.

Barro en la cabeza y barro en los pies mugrientos. Con una lengua de barro sólo puedes hablar el idioma primitivo de las ciénagas. Hablan escupiendo las palabras como veneno, apuñalándose con ellas, como si el lenguaje no fuera más que otra rudimentaria herramienta a su servicio.

En el momento de la caída, hay un segundo en el que el tiempo deja de existir. Ni siquiera se detiene, se desintegra. El segundo sordo.
La ola de viento airado rompió contra su pecho, pero sabía que debía de aguantar la respiración, si no quería pasarse toda la noche con hipo. Por fin alcanzó la mano de una corriente ascendente que la rodeó como una punta de lanza cada vez más afilada. Cerró los ojos y soltó el aire muy lentamente, como si la gravedad no fuera con ella, en realidad. Un suspiro en medio de un vendaval. Al igual que siempre que la invocaba, le sobrepuso un pequeño segundo de incertidumbre helada. Nunca se tenía certeza si en esa ocasión aparecerían, se suponía que los Whya jóvenes ni siquiera podían volar fuera de su comarca, pero Eve siempre tuvo una imaginación demasiado exaltada para lo que en verdad le convenía. En seguida notó aquella presencia cálida a su espalda.

En realidad, ni siquiera eran alas.
Las extendió con delicadeza para contrarrestar la rudeza del frenazo en pleno vuelo. Como siempre, se le subió el corazón a la garganta. Era ridículo que aún siguiera sintiendo vértigo. Nunca había manifestado sus temores en voz alta porque un Whya con miedo a las alturas era el colmo de lo absurdo, una vergüenza para su estirpe y; sin embargo, era incapaz de quitárselo de encima. Era su tortura personal. Su peste.

Lloraba desconsoladamente en el rincón más bajo de la tienda. Unos ojos dorados brillaron en la oscuridad, amigables. //
–Eevee– sólo ella la llamaba así porque tenía una tendencia muy graciosa a alargar las vocales suavemente – No tienes por qué tener miedo, todos tenemos miedo de algo, es natural.
Ella se arrebujó en su cubil de mantas y sorbió ruidosamente por la nariz. Se había puesto histérica en la tirolina.
–Los otros niños son crueles.
–Lo sé.
–Pero a ellos no les tengo miedo– apretó los puños con rabia y miró sin pestañear a los ojos sin pupila de ella. Cabellos grises enmarcaban su rostro, un rostro joven pese a todo lo que la vida había cincelado en cada pliegue. Era como un folio maltratado. –¿Y a qué le tienes miedo tú?– había recuperado su gallardía, esperando que renegara de su derecho de darle una respuesta justa, como el resto de los adultos. Cobardes.
Ante su sorpresa, ella rió sin ruido, a continuación miró a ambos lados, izquierda y derecha, como si temiera que alguien estuviera escuchándolas detrás de la cortina y se acercó a Eve con actitud conspiradora:
–Si te lo digo… ¿prometes no decírselo a nadie?
Eve se llevó los ocho dedos enlazados en un juramento al pecho plano. El golpe sonó firme sobre sus pequeñas costillas. Como raspas de pescado.
Ella volvió a reír sin emitir ruido alguno, como si lo hiciera con todo el cuerpo de manera sutil. Puso sus dedos sobre los suyos y se acercó a su oído.
–Odio a los halcones– confesó.
Eve abrió la boca de asombro o para decir algo pero ella se puso un dedo en los labios y la niña volvió a entrelazar los dedos con decisión.
Sus labios estaban sellados.

Eve, los Wyezaries.

Eve contempló con tristeza el atardecer. Un viento frío e insistente barría la azotea de hojas muertas, a la chica le costaba imaginar cómo había llegado hasta allí arriba. Las hojas no tenían alas, su vuelo correspondía a un simple capricho.
El sol, rojo como una estrella vieja, se hundía entre el perfil afilado de los rascacielos entre brumas rosáceas. Aquel era su lugar ajeno al mundo: del ruido del tráfico apenas le alcanzaba al eco y el viento se encargaba de enmudecer sus pensamientos respirando fuertemente en sus oídos. Olía como acechaba un otoño tardío entre la polución.
Eve miraba sin pestañear a aquel sol moribundo, con la piel de gallina ante la evidencia aplastante del símbolo de su pueblo. La cantinela popular le vino sin que ella quisiera invocarla. Era un hechizo, un mantra y, a la vez, una nana:
feathers.

Y el sol volverá a nacer, a abrazarnos con sus etéreos brazos
y convertirá nuestras plumas en plata ligera,
y juntos nos alzaremos en las campiñas de su reino.
Nos convertiremos en el azul del firmamento.

Traducirlo era poco más que un sacrilegio, sólo su lengua natal poseía la musicalidad suficiente para traer la magia que aquellas palabras encerraban entre nota y nota. Suspiró, apartando la vista del horizonte. Alzó los dedos ante ella, no para protegerse de la luz, sino quizá, para medir cuánto quedaba para el anochecer; sin embargo tuvo que desistir.
La ciudad se había comido la Cuna Oeste. Los titanes de hormigón armado y cristal cercaban el horizonte como una malla impenetrable de alambre de espino.
Miró su reloj con desgana. Odiaba aquel aparato. Pitaba en cuanto menos se lo esperaba, dejándole el pulso acelerado en cada arrebato y, por la noche, las cuatro cifras cuadradas y artificiales como aquel paisaje urbanita, se tornaban fluorescentes y la sumergían en sueños inquietos; pero tenía que llevarlo anclado a la muñeca a la fuerza, día y noche, como cualquier Pies de Barro. Porque eran las Normas.

Eran poco más de las siete. Ya hubiera tenido que estar en casa desde hacía al menos treinta minutos, pero su cuerpo se resistía a moverse. Aquel era su Anaquel de soledad, y ¿no dictaban también aquellas dichosas Normas que todo Wyha tenía derecho a uno?
“Todo Wyha adulto, Eve”; susurró esa voz irritable que pugnaba siempre por sacarle las verdades más crudas al menú del día. Porque ella todavía no lo era, aún.
Inconscientemente, se llevó una mano a la clavícula izquierda, justo debajo estaba su Símbolo, la marca de nacimiento de su gente. Cuando había sido más pequeña, su Símbolo la había fascinado hasta tal punto que había dado de sí todos los cuellos de sus camisetas para lucir el hombro al descubierto. Aquel ramalazo de vanidad había sido duramente reprimido.

“No es algo que puedas ir mostrando por ahí, Eve, y menos a tu edad.”

A veces sólo le venía su voz, otras sólo era capaz de rescatar sus ojos inquisitivos, dorados con dos monedas nuevas. Majestuosos como lo eran los del águila.
Ciertamente, nunca había entendido el porqué de aquella censura hasta mucho más tarde, cuando la infancia se le escapó de las manos sin que ella lo hubiese advertido si quiera, no había ninguna razón a primera vista que lo alegara; además, era muy bonito: Líneas firmes plateadas que surcaban su piel con numerosas interpretaciones. Se suponía que era el Astro Sol, y aquella extraña intersección rizada, sus Cunas y cerrándolo la flecha de Céfiro. Para ella aquello era una tontería, para ella siempre había sido una pluma o un ojo… Sin embrago, ahora no podía cerciorarse. Se descubrió el hombro y sonrió como siempre que admiraba aquel enorme acto de incoscencia.
Un tatuaje de tinta color zafiro dejaba imperceptible el Símbolo, en su lugar el Ojo de Horus le devolvió una mirada mate desde su piel pálida. Volvió a cubrirse, imaginándose qué pensaría el Quinto Sabio del Nido de los Wyezaries. Aquello sí que significaba un auténtico sacrilegio, sabía que hasta podían juzgarla por ello pero, en aquellos momentos le traía sin cuidado. El Nido llevaba sin dar señales de vida desde que la habían abandonado en aquella apestosa ciudad. Ellos mismos llamaban al mundo de los Pies de Barro, el Camino de tránsito; pero para Eve se había convertido en una nueva cárcel más grande, hostil y solitaria que la anterior.
Sacudió la cabeza y apoyó la barbilla en su antebrazo, de cara al sol. Hasta de la ausencia de horizonte llano observó cómo la línea dorada recorría la línea de su brazo, erizándose, como si la luz también fuera capaz de sentir aquel frío osado, en aquel vello blanco, casi trasparente que nacía a flor de piel. Hizo entrechocar las uñas y agarró uno entre dos dos después de varios intentos fallidos y tiró con fuerza. Le dolió más de lo que esperaba, pero al menos no sangró. Observó, incrédula aún a aquellas alturas de los acontecimientos, la pluma blanca y frágil que bailaba en la palma de su mano con cada respiración.
Sopló para dejarla libre, sabedora de que no habría sido necesario. Se perdió en el espacio tras un par de tirabuzones inciertos. Deseó de veras poder pedirle un deseo.

Ve a reunirte con las hojas, ellas también están muertas.

Sabía que no debía de haber hecho eso, pues por cada pluma que se arrancara saldría otra más fuerte en su lugar, y lo único que conseguiría era acelerar el proceso de muda de plumón, una de las cosas que si pudiera, pospondría eternamente.
Estuvo tentada a esconder la cabeza entre el hueco de los brazos y dormitar hasta la caída del sol, como cuando era más pequeña, acunada por las brisas caprichosas de Fedora; sin embargo el errático pitido del reloj hizo que se sobresaltara. Un odio asesino la sobrepuso en cuando trasteaba con los botones laterales para acallar aquel infernal sonido. No deseaba nada con tanto fervor como arrojar aquel diabólico artefacto por el abismo gris y ruidoso de la azotea para admirar como desaparecía entre un silbido que pasaría desapercibido entre todos los Pies de Barro que caminaban, afanados con sus tareas intrascendentes como hormigas en otoño, a docenas de metros por debajo de sus pies colgantes. Sería toda una satisfacción oír su descenso, aunque tuviera que imaginarse el chasquido del mecanismo reducido a pedazos. Pero la verdad es que realmente necesitaba saber en todo momento la hora, como un espía incansable, aunque luego ignorara deliberadamente cualquier horario.

La cena estaría fría esperándola en la mesa.
Por fin, se dignó a incorporarse, jugando a dejarse caer hacia delante del límite de la azotea sin barandilla, confiando su cuerpo al viento hasta alcanzar un ángulo cada vez más obtuso y osado. Se recobró, riendo por lo bajo con el pelo alborotado. Diligente, alcanzó sus zapatillas desgastadas de forma ridícula y, una vez calzada, alzó los brazos y cerró los ojos.
Dejarse caer al vacío siempre era más fácil de lo que parecía.

 

Pañoleta roja

Pañoleta del vientoFlight
de transparencia roja
de ademanes de seda
baila al compás inquieto
de un pez en la pecera.

Límites de luna roma
de una burbuja que quiebra
el silencio de su encierro.

Un perfume que baila
en la piel de la brisa
Una prenda exiliada
a destinos inciertos
Un pez de roja cola
sorteando el viento,
temiendo su caída
esperando su reencuentro.

Lecturas para Navidad

No es la lista definitiva, pero de momento tengo seis libros ordenados en una pequeña montaña. espero poder añadir alguna más.

  • Crónicas de Prydain: El libro de los tres (I) y El caldero mágico (II), Lloyd Alexander.
  • Corazón mecánico, Jaclyn Dolamore.
  • Corazón de fuegoMoira Young.
  • El ciclo de la luna roja: La cosecha de Samhen (I), José Antonio Cotrina.
  • El caso del loro que hablaba demasiado, Jordi Sierra i Fabra.

Como veis, me he animado a empezar varias series, sabiendo de antemano que la primera me la terminaré en breve porque es un clásico imprescindible. El resto fue, o bien por un flechazo con la portada o recomendaciones (después de leerme la Canción secreta del mundo no me quedaba otra).

Ya veremos cómo se da la lectura, hasta entonces ¡felices fiestas!

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