Lurka

Comenzaba la cacería,
la manada se impacientaba.
Lurka se ciñó las astas al talle:
Diestra era el regalo del fuego.
Zurda era el cuerno de caza.
Los murciélagos volaban
libres por el lienzo negro
lleno de insectos veraniegos.
Sin estrellas ni luna guía,
su instintos eran las riendas
junto al hambre más acuciante.
 
Lurka sacrificó un ave nocturna
se dibujó su mandíbula
ya tan poco humana,
y sus labios de rojo sangre,
todo dientes hilarantes.
Soltó un aullido salvaje
y saltó hacia la partida,
a sus talones respiraban
aquellos alientos exaltados
con vapores rojos de hierro,
hacia la selva negra
hacia la noche eterna.
 
 
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Reseña: El caso del loro que hablaba demasiado, de Jordi Sierra I Fabra

Jordi925Pese a que ya está leído hace incontables semanas, me resistía a hacer una reseña hasta ahora, así que allá va:

Han pasado unas semanas desde que su padre sufriera un intento de asesinato, y Berta Mir se ha hecho cargo de la agencia de detectives en la que él era el único empleado. Mientras su grupo va a debutar tocando en vivo y Cristóbal Mir continúa postrado en una cama, ella ha de enfrentarse a un nuevo y en apariencia sencillo caso: una anciana octogenaria la contrata para que busque a su loro, un animal exótico en vías de extinción que vale una fortuna.
Berta acabará metida hasta las cejas, sin pretenderlo, en la historia familiar de la propietaria del animal, que esconde no pocos secretos, muertes y desapariciones. También se verá involucrada en el asesinato del hombre que le vendió el loro a su clienta, miembro de una mafia dedicada al tráfico de animales exóticos, una de las lacras actuales más crueles y salvajes para la naturaleza del planeta.
 

Descubrí, justo al sacarlo de la biblioteca que se trataba de un segundo tomo de la serie detectivesca de Berta Mir y aunque su primer caso, El caso del falso accidente aún no ha llegado a mis manos, pero ésto no me ha salvado de disfrutar enormemente con sus lectura.

Nos encontramos con Berta, una joven de dieciocho años que tras el accidente que sufrió su padre ha de encargarse de la agencia de detectives que él dirigía por cuenta propia y tras unas semanas sin que el teléfono diera señales de vida, recibe un encargo de Claudia Dalmau, una anciana bien acaudalada, tipo burguesía barcelonesa, quien ha sufrido el robo de Mauricio, que no es otro que su mascota, un guacamayo de Spix (una especie amenazada) el cual al ser un animal ilegal, ostenta un precio desorbitado.

La trama de la novela, como prácticamente todas las novelas de este autor, es rápida y más fluida imposible, ya que el caso se resuelve en una semana y es el paso de los días el que marca la separación por capítulos. Yo me lo devoré en una tarde y quedé impresionada cómo ha sido capaz de dar vida a unos personajes tan sólidos en tan pocas páginas dedicadas a la descripción. Me ha llamado la atención la habilidad de entretejer la vida privada de la protagonista con el caso, ya que la acción del libro no sólo se centra en los secretos de la familia Dalmau, sino en todo lo que ocurre en su vida en esa semana, su particular drama familiar y los roces que surgen de él. Nos muestra también su faceta de músico, pues tiene un grupo en el que ella es la bajista (quizá ha sido ese simple detalle  el que ha echado por tierra parte de mi objetividad) sin olvidarse también de un plano sentimental que no ha resultado para nada prescindible. Por otro lado, se nos descubre a una Berta intrépida e intuitiva que acabará involucrándose casi sin querer en una investigación policial de mucho más peso en busca del ave, en la que la acompañamos, en primera persona, en sus indagaciones sospechoso por sospechosos y cómo es capaz de encontrar sus direcciones y la información que necesita destapando traiciones, desapariciones y asesinatos.

La novela policíaca es un género que normalmente no me llama la atención, por eso creo que esta serie es perfecta para empezar con él quedando una más que satisfecha en el proceso de lectura. Es increíble cómo esquiva los clichés y de qué manera consigue que nos olvidemos de la juventud de la protagonista para admirar aún más sus capacidades, pudiendo olvidar en la mayor parte del libro la  sensación de estar leyendo  ficción.

La verdad es que ésta novela no tiene pérdida y me ha dejado con unas tremendas ganas de leer el primer libro de la saga y todos los que le preceden; subrayando a Jordi Sierra I Fabra como seguro para poder cerrar el libro con una sonrisa de satisfacción.

Totalmente recomendable.

Primera entrada del Póster (#1)

Añadiendo una nueva y sencilla categoría, os presento Pósters, englobado en la categoría de Cosas… Simplemente son los carteles de aquellas películas que he ido viendo y que, obviamente merece publicar aquí. O también pueden ser libros, música, series…

En esta primera entrega, de películas, me gustaron:

  • Gravity, de Alfonso Cuarón.
  • Quemar después de leer, de los hermanos Coen.

Crónicas de un escritor anónimo (III)

Ink feather.En mis tiempos de escribano y librero, trabajaba yo en mi tienda de misceláneas sin que ni ni una ni la otra cosa me reportara grandes beneficios. No tenía demasiado público, así que la clientela que recibía tras el arcón-mostrador tenía que ser a la fuerza habitual. Selecta. Y, ante todo, peculiar.

Me viene ahora a la memoria un personaje muy singular. Su cuerpo delgado había entrado con honores en la cuarentena, aunque en su cabeza ya asomaban las primeras canas delatoras. Poseía un distinguida mirada circunspecta tras unas gruesas lentes de vidrio, que siempre estaban empañadas.

Venía, cuanto menos, dos veces a la semana a comprar tinta y óleo, a buen seguro para aguar todavía más la sangre del papel. Siempre me pedía la más barata: Dos botecitos que apenas superaban el rango de muestra. Negro y púrpura, aún con los posos sin templar y ambos carentes del brillo y la textura oleosa que caracterizaba a la buena tinta.

Dudaba al llevarse la mano a los desvencijados bolsillos y el penique de bronce le parecía pesar como un real de oro.

Le recuerdo con un ánimo inestable. Llegaba el cabello hirsuto echado hacia atrás contra todo pronóstico, peinado de cualquier manera y recortado, aún peor a fuerza de retrasar la cita con el barbero. Los mechones de pelo le molestaban en la nuca y la barba incipiente, que rascaba con nerviosismo,asomaba en su mentó a partes desiguales como lo hacen las plumas de un viejo almohadón raído de pensión de mala fama. Y a pesar de su apariencia miserable y su único y perenne traje de los domingos, yo envidiaba a ese hombre. Por su vejez bien llevada, por su porte distinguido. Podía leer algo en sus ojos que a veces me llenaba de tanta rabia e impotencia que no sabía que echarme a sus pies o tirarme a morder a su cuello.

Porque era ese hombre, y no otro, el que acudía no menos de dos veces por semana a la tienda de mi padre y compraba tinta y papel. Como sabía que utilizaba las plumas hasta que no había más que afilar. La pelaba hasta su literal desaparición; y aún así, le envidiaba como nunca había envidiado a un ser humano.

Su mano izquierda (era zurdo) trazaba círculos vagabundos en las superficies lisas, repiqueteando con impaciencia el canto de las uñas. Sé que estaba ansioso por regresar a su guarida cuanto antes y encerrarse en su tormenta creadora. Sentarse en el escritorio que presidía su ático diminuto y llenar páginas y páginas con la locura que ardía en sus ojos.

Yo conocía ese tipo de locura. Como si de un estupefaciente de rareza absoluta y dosis caprichosas se tratase, me dejaba con un eterno nudo en los dedos de la mano derecha. ¿Hacía cuánto que no me sentaba? ¿Dos, tres meses? Yo era un fantoche, un luso; y delante de mí estaba el maestro que lidiaba con ella todos los días. Dormía en horas esporádicas, teniendo que ponerle freno. Se levantaba en plena noche a apuntar una idea sin ni siquiera avivar un cabo de vela. Escribía hasta en la oscuridad. Y por la mañana, descansado a pesar de las ojeras, salía a comprar tinta a una pálida sombra de intento de escritor.

Leía su columna semanal en un periódico poco conocido. Y me robaba el alma.

Una vez escribió:

La tinta espesa es para aquellos que pecan de la ostentación de su oficio. Yo, personalmente, me inclino por la diluida dos veces para mis manuscritos, porque escribo por las dos caras, en los márgenes y es los pie de página. En el encabezamiento no hay sitio para el título, porque siempre son lo último y nunca hay espacio para él. Reconozco que soy muy egoísta con mis títulos, así que la mayoría de mis historias están huérfanas y es el resto del equipo que bautiza a mis expósitos. La letra es apretada y tímida, como la llaman mis escasos críticos, a la fuerza de no poder permitirme malgastar el papel de manera tan bárbara.”

Crónicas de un autor anónimo (II)

Hubo un tiempo en que prostituía mi escritura. En esos tiempos inciertos y oscuros en en los cuales yo vagabundeaba por el mundillo de los escritorzuelos a sueldo y las novelas baratas, mi caligrafía era grande, redonda, flácida y llegada la ocasión, obesa. Era una letra bien dotada, curvilínea; más propia de una mujer que de un hombre hundido en su propia miseria.

Todo esto lo hacía para salvaguardar tanto mi identidad como mi inestable economía. El público quería chicha, me exigían los que dominaban y redirigían el negocio de las ideas exprimidas. Querían historias para despachar, facilonas, edulcoradas. Irreales. Una copia con otro nombre del color rosa y el olor a tinta barata mal mezclada.

Hasta que llegó mi mecenas y la época de florecimiento de mi yo artista disfrutaba engañando a la gente con sentimientos apócrifos que nunca había experimentado, describiendo lugares que nunca había visto. Era un manipulador y por ello, llenaba mis líneas de falsas connotaciones, de un amor que no podía estar más lejos de la realidad.

La experiencia sólo acabó por envejecerme aún más y por mostrarme de pleno la crudeza y la frivolidad de un mundo dirigido con hilos invisibles.

Le dije a mi mecenas en cierta ocasión, ante la imposibilidad de descifrar mis manuscritos:

“Mi letra es minúscula a fuerza organización del espacio. Con todo lo que tengo en la cabeza no sería nada práctico. No construirías una torre con unos planos inciertos y a veces contradictorios con ladrillos que pesasen demasiado. Todo se vendría a bajo en cuestión de segundos”

Crónicas de un autor anónimo (I)

Esta es mi teoría, la teoría del día y las dos noches.
El día se llena y sirve para cumplir las obligaciones como ser social y como animal bípedo: como limpiar, relacionarse, encontrar un momento para el deporte, ordenar…
La primera noche ha de ser destinada únicamente a la tregua para que se enfríen los campos y la mente recalentada en periodos de frenética o aburrida actividad. Creativa o monótona, tanto da. La última opción es hasta peor. Dormir tendría que ser la única misión de la primera noche. Dormir. Dormir sin sueños. Porque el cuerpo es mortal y es el sueño lo que pone en evidencia nuestra ridícula fragilidad. La respiración acompasada grita: Todos caducamos.
Pero la segunda noche, esa de la que nadie disfruta, está llena de posibilidades. Es ahí donde caben todas las fantasías humanas; las buenas ideas, las locas y las imprudentes. Es allí donde hay tiempo para amoríos, amoríos y traiciones. Para denuncias, ejercicio mental y entusiasmo encendido.
Si tuviera una segunda noche, sólo viviría a la espera de su llegada sin luna; siempre acompañada de esa rimbombante energía que todo lo crea y todo lo destruye. La inspiración vive en esa noche atemporal que no deja descansar ni a las mentes más cansadas.
Es por eso que siempre, al acostarme me envuelvo en mi nicho de sábanas frías temeroso de que, de nuevo no acuda a mí la segunda noche. Olvido a propósito mis despropósitos para levantarme y dar cabida a un tiempo que no existe si verdaderamente llegara el no-tiempo de la segunda noche.

Adiós

Me caí
Noté cómo perdía el sentido como el fuego que se extingue dejando, en su ausencia, poco menos que humo. Sentía cómo el equilibrio huía de mi cuerpo como el alma del cuerpo del difunto y, me dije a mí mismo:
Voy a morir.
Pensé en u paro cardiaco o en un coagulo en el cerebro, tal y como le había asado al hermano de Paca.
Era más que una certeza. Aquel momento me otorgó una clarividencia lúcida que me descubrió, sin lugar a dudas aquel hecho inamovible, justo allí, de camino al comedor, junto al aparador donde decenas de fotos enmarcadas se asomaban como una multitud formada a base de recuerdos. Unos bonitos recuerdos.
Gerardo Pómez de Saavedra de setenta y nueve años, natural de Berlanga del Duero, iba a dejar de existir en pocos segundos.
Me pregunté si vería mi vida en imágenes, como siempre se decía que pasaba al morir. Me pregunté si vería a Dios y si éste me iba a dar explicaciones.
Pero no hubo nada de eso. Sólo vértigo y sensación de caída infusa repetida mil veces a cámara lenta, como una vieja cinta de vídeo.
Estaba frío y tieso cuando alcancé el suelo. La alfombra se mostraba dura como una losa de piedra.
Siempre pensé en una corona de tulipanes para mi funeral, aunque no fuese lo usual.
No sentí el dolor de la caída. Giré la cabeza y mis ojos cansados tardaron en enfocar algo brillante agazapado en aquel rincón plagado de pelusas bajo la cómoda.
Mira tú por donde, adónde habían ido a parar las llaves.

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