El jardín de la Héspira

 

Dimos una vuelta entera al Repollo. Yo le di una patadita al bloque del Pasador de la Criba, cuya posición recordaría siempre por no querer volver a escurrirme por allí. Allie me acompañó hasta los espinos, impávidos aguardientes de nuestras mochilas. Yo luchaba contra millones de espinas mientras el genio pelirrojo se limitaba a recoger los pequeños frutos de la zarzamora con delicadeza y paciencia.

– ¿Había necesidad de enzarzarte en tal duelo con la zarza? Ni que fuera un ladrón.

Yo abracé mi mochila, comprobando que todos los bultos de su interior tenían el mismo tamaño de como cuando los dejé. Suspiré al comprobar que así era.

– Soy muy recelosa de mis cosas.

Al intentar salir, me quedé enganchado en un nudo de espinas que insistía en seguir abrazado a mi espinilla.

– Espera, espera… Anda, hola.

– ¿Qué pasa? – pregunté yo al ver que Allie se quedaba en cuclillas sobre la hojarasca.

La maraña de zarzas se agitó un momento y una pequeña bolita gris saltó de la espesura e hizo un ágil quiebro para esquivarnos a ambos y desaparecer, como por arte de magia, tras una pierda en el camino.

Allie levantó las cejas y sonrió. Se levantó sacudiéndose las hojas muertas de los pantalones.

– Ven, hay algo que tenía planeado enseñarte.

– ¿Vamos a seguir a un conejo?

– Yo no tengo la culpa de que se nos haya adelantado.

– Da mala suerte.

– ¿En serio?

– No hay peor augurio que un conejo blanco.

– Ese era gris.

– Tanto da.

– Venga, Mía; no seas cría. Te aseguro que unos cuantos días de ponerte jerséis de al revés, tirar cubiertos al cubo de la basura por error y tazas de leche derramada se quedarán atrás, cuando lo veas.

– Años. No días.

cutest grey bunny~ by Ida Lundahl

Allie puso los ojos en blanco y no tuve más remedio que seguirle hasta la entrada franqueada por dos enormes tilos de los jardines del Repollo.

Cientos de todo tipo de jardineros y paisajistas habían intentado domar al Vergel de Héspira. Ninguna tijera ni ningún fuego había conseguido hasta la fecha hacer retroceder un sólo ápice a la vegetación. El boj se entretejía con la madreselva y los escurridizos tentáculos verdes de la glicina había creado unas defensas naturales alrededor de los pequeños arbolillos que crecían lentamente, sin ser asfixiados en absoluto, en el interior de los muros como un esqueleto vivo.

No sobraban razones para creerse que aquel lugar estaba dominado por algo ultraterreno, se decía que las propias plantas eran capaces de encerrarte dentro de su laberinto una vez entrabas. No en vano, era el panteón real. Allí se ocultaban más de una veintena de lápidas cuyos nombres habían sido borrados hacía ya mucho tiempo.

 

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Las desventuras de un pilero

Le tendió una nueva cartilla, esta vez todas las hojas estaban limpias. Había llenado la anterior con cada vez menos torpe caligrafía. Todavía no entendía como se las había arreglado para seguir en esa caseta.

– Gosha.

El hombre de casi dos metros dejó la lata de judías junto al fuego. Y se quitó unas migajas invisibles del pantalón y de la barba rala.

– Ya mogu…?

Le miró divertido desde el camastro y le pasó una manta. Karl guardó silencio como tantas veces, frustrado por no poder expresar ni siquiera la idea más simple. Tan siquiera estaba seguro que Gosha fuera su verdadero nombre o si lo pronunciaba bien, pero el caso es que respondía a ese nombre.

Volvió empezar.

– Ya mogu utolid golod?

Gosha comenzó a reírse de esa forma suya que hacía sonrojarse de vergüenza hasta el más impertérrito de los hombres. Karl agachó la cabeza y murmuró un insulto en su lengua natal. Lo que más le fastidiaba es que Gosha entendía bastante bien su lengua, aunque fueran chapurreos, pero se negaba a escucharle cada vez que se relajaba y se pasaba, aún por descuido, al alemán.

– Vas a tener que aprender a hablar en mi idioma si quieres comer.

– Lo estoy intentando, es difícil si usted no me ayuda.

– Glupyy mal’chik.

>> Iremos a buscar árboles grandes mañana. Para cortarlos. Para el fuego. Es papel para aprender. Palabras. Palabras nuevas. Escribe si no sabes. Con el fuego, puedes preguntar.

Tenía la sensación de que le había insultado, pero lo ignoró y procesó la nueva información. Su pie pronto estaría listo para andar, pero dudaba mucho que lo estuviera para mañana, además había asomado la nariz por la ventana: Por lo menos había cinco centímetros de nieve ahí fuera.

Resignado, se volvió a recostarse sobre el catre.

Hacía tanto frío que no sentía los pies, la nariz ni las manos. Llevaba dos abrigos más que Gosha, éste aún seguía moviéndose por la caseta de vez en cuando con total agilidad.

Karl hojeó la cuartilla. Era más ancha que la otra y el papel era fino como el ala de una mariposa. Cambió de posición y miró al techo, donde confluían los tres ángulos del tejado de manera irregular. Suspiró. Al menos ya había dejado de arrepentirse de haber subido a ese tren lleno de gente. Se preguntó cómo estaría su padre y si el mundo a esas alturas, seguiría en pie. Muchos habían hablado de guerra.

Miró a Gosha con el rabillo del ojo. Se había quitado las botas y apoyado los pies en un escabel, al amor de la lumbre. Sabía, por otras veces que dormiría en esa postura. Estaba ocupando su cama, de hecho. Se podría haber preguntado muchísimas cosas más, pero el sueño le ahorró todas esas preguntas sin respuesta.

 

Estoy leyendo…

  • El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
  • El lazarillo de Tormes, Anónimo.
  • The importance of being Earnest, de Oscar Wilde.
  • La muerte no es un juego de niños, de Alan Brandley.

El Tahúr

 

Me ha tendido su mano, con confianza y yo la agarro con dedos torpes porque estoy arrodillada en el césped ralo y necesito un impulso para levantarme.

– Vamos, no tardaremos nada – me dice.

A medida que nos alejamos del feudo del Guardián Pétreo la hierba reverdece y comienzan a asomar los primeros árboles chaparros en nuestro camino. Una mariposa de color verde nos espía desde hace un rato, de vez en cuando se posa en el suelo sin flores para volver a emprender el vuelo segundos después. El Cetrero se ha calado de nuevo su sombrero y camina delante de mí, sin ni siquiera procurar una mirada fugaz para asegurarme que voy tras sus pasos. Una bóveda vegetal comienza a formarse a nuestro alrededor. Caminamos muy rápido y cuando la foresta comienza a construir portales de múltiples arcos vivos de caprichosas inclinaciones, me siento más que nunca una Eurídice saliendo de los infiernos.

Aún así el sol todavía hace mosaicos en un camino modestamente pisoteado por ganado y surcos de ruedas pequeñas. Es un barro agradable frío al tacto de las plantas de los pies. La mariposa da un
par de cabriolas en el aire, por delante de nosotros y se da la vuelta para desandar el camino. El Cetrero da un ligero golpecito al ala de su sombrero. La pluma que lo remata se inclina para mostrar otra paleta de colores brillantes diferentes. Agradecimiento. Así que ella era nuestra guía hasta el komorebi…

De repente frena en seco y se lleva un dedo a los labios, inconscientemente, porque ninguno de los dos ha pronunciado palabra desde el comienzo de la caminata.

Primero lo tomzeppelin - Cool Drawingo por el aleteo de una bandada de pájaros huyendo en masa ante nuestras presencia, pero en vez de desaparecer, se hace más intenso. Pienso en una manada de murciélagos diurnos. Aparece entonces, entre la uve que forman los troncos llenos de verdín de un olmo y un castaño, un caminante con un sombrero de cuero puntiagudo. Sonríe al vernos y nos hace señas para que le sigamos. Él accede y yo le sigo. Salimos a un claro no muy amplio asfixiado por las malas hierbas. El ruido se hace más intenso, como un trasfondo sumamente molesto. El hombre parece un genio salido de un cofre de maravillas. Tiene los ojos violetas, a juego con su chaleco bruñido en plata, es más bien bajo.

– Buenas son las nuevas, al verte por estos lares, Cetrero – exclama. Sus dientes son extraordinariamente blancos en contraste con su piel oscura.

– Te creía viviendo por el Nimbo, Tahúr.

– ¿Quién es esa jovencita culpable que te acompaña?

– No pertenece a la Culpa.

– ¿En serio? Pues cualquiera diría que sí, con ese aspecto. Parece una pordiosera.

– Necesitamos materiales. Y modales.

– Oh claro, por supuesto, ¿En qué estabas pensando?

– Primero, en unas botas para la jovencita.

Me mira directamente por primera vez y sin pretenderlo me asaltó una sensación de desconfianza profunda, a continuación me repasa con su mirada violácea de arriba a bajo, un par de veces. Me pongo a la defensiva al instante.

– No sé si tengo botas de su talla, iré a ver – decide al fin.

Se da la vuelta con las manos en los bolsillos demasiado pequeños. Llega a la primera línea de árboles que cercan en claro como si estuviera bailando un vals consigo mismo. Desata un cabo de cuerda negra y muy gruesa anudada en una de las ramas y camina hacia nosotros tirando de ella con ambas manos. Del follaje se despliega una escalera de travesaños de hueso.

Alzo la cabeza hacia arriba. Un enorme zepelín con alas de gasa flota sobre nosotros entre el estruendo de cientos de hélices cortando el aire en rebanadas. La figura del geniecillo desaparece contra el azul del cielo.

– ¿Cómo sabe cuál es mi talla de pie? – pregunto intrigada.

El Cetrero echa una breve mirada a mis pies descalzos y sonríe meneando la cabeza, aún sin responderme.

El extraño comerciante vuelve enseguida cargado con un hato enorme de tela de lunares y con dos botas colgadas al cuello por los cordones.

– Mira a ver si son de su gusto, jovencita.

Aturdida, tomo las botas y me siento sin que ninguno de los dos le importe demasiado. Descubro los calcetines dentro. Son dispares, uno es azul oscuro y otro a rayas negras y blancas; pero parecen del mismo material y me llegan hasta la rodilla.

Entre tanto, el tahúr ha extendido parte de su selecta mercancía ante los ojos del Cetrero. No alcanzo a ver todo lo que está sobre la manta, pero son más que baratijas. A mis ojos, parecen auténticas joyas.

– No me interesan las bagatelas, Tahúr. Lo habitual, si eres tan amable.

– Está bien, está bien; pero digo yo, que a nadie le hace daño echar un vistazo a las novedades ¿no?

Le sostiene la mirada, aún sonriente.

– Bueno, entonces, son tres crisoles de muestra, las cenizas púrpuras y un sello de tinta del norte. ¿Me dejo algo?

– Y un fardo impermeable. Iklia, ¿te quedas con las botas?

– Sí, creo que sí.

Me levanto, sorprendida de lo cómodas que son. Podría andar miles de kilómetros con ellas puestas.

– Pues nos las llevamos.

El Cetrero comienza a rebuscar en su macuto negro. Saca una barra plateada de un centímetro de grosor marcada por múltiples muescas, con ella; un extraño cuchillo ligeramente recurvo. Empieza a cortar la plata en finas láminas cuadradas, marcadas por la hoja con un extraño sello que no alcanzo a distinguir bien. Llega a cortar hasta nueve y entiendo al fin que aquello eran monedas. Se las tiende apiladas pero no las suelta.

– ¿Sabrás hacer la conversión?

El Tahúr sonrió sin dientes.

– ¿Quién te crees que soy? Por supuesto que puedo cambiarte esa estúpida moneda tuya. No sabía que estabas otra vez campeando por la corte, Cetrero, creía que te habían desterrado.

– No es de tu incumbencia.

– Oh, pues yo creo que sí. ¿No vas a llegar a esta culpable a los acantilados? ¿Y la vas dejar cruzar así la laguna?

– No vamos hacia el Éstige.

– Pues yo no estaría tan seguro. A estas alturas del año, las dríades están comenzando los cortejos. Es bastante peligroso cruzar sus dominios sin sauce o sauco.

– Aún no ha llegado la estación, además te repito que no es una culpable.

– Mira – dijo mostrando un anillo simple, blanco como el marfil – tengo aquí uno fusiforme, además ya tienes la tinta. Por cinco.

– Tres.

– Cuatro.

– He dicho tres.

– Te recuerdo que así no es como se regatea.

 

Corta tres láminas un poco más gruesas que las anteriores y las deja sobre ella palma del Tahúr. Coge el anillo y se aleja sin decir nada más. Yo le sigo tras haber hecho doble nudo en ambas botas. Tengo que correr un poco.

 

– ¡Os deseo mucha suerte a los dos!

Soy la única que se vuelve. Más que una despedida, parece conjurar un mal de ojo. Acelero el paso y dejamos atrás el claro.

.

Top-Ten April: Mi mes de cine

Estas últimas semanas, contradiciendo mi costumbre, he frecuentado el cine unas cuantas veces y tirado mucho del home-cinema. Aprovechando esta circunstancia, voy a hacer un Top-Ten con los mejores filmes del mes, con las películas de este último grupo.

  1. The Breakfast Club, de John Huges.
  2. 500 days of Summer, de Marc Webb.
  3. Ponyo, de Hayao Miyazaki.
  4. Donnie Darko, de Richard Kelly.
  5. American History X, de Tonny Kaye.
  6. Good bye, Lenin!, de Wolfgang Becker.
  7. GATTACA, de Andrew Niccol.
  8. Memento, de Christopher Nolan.
  9. Memorias de una geisha, de Rob Marshall.
  10. Cinco centímetros por segundo, de Makoto Shinkai.

A grandes rasgos, este mes ha sido un mes estupendo, en lo que se refiere a películas y la mayoría, por recomendaciones de terceros que agradezco mucho. No me gusta englobar a las películas por géneros pero yo creo que en estos diez hay de todo un poco. Recomendaría cualquiera de las diez sin dudarlo.

En el cine, fui a ver concoordando con los últimos estrenos y en orden de preferencia:

  •  Monumets Men, de George Clooney.
  • Non-stop, de Jaume Collet-Serra.
  • 300, el Origen de un Imperio, de Noam Murro.

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