Estoy leyendo…

  • Ciudades de papel, de John Green.
  • Trainspotting, de Irvine Welsh.
  • The Great Gatsby, de F. Scott Fitzgerald.

 

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Póster #4

  • The wind rises, de Hayao Miyazaki.
  • Darjeeling limited, de Wes Andserson.

 

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Esta Isla no es nuestra

 

NORMAS DE LA ISLA

El número de integrantes de cada grupo se verá determinado por el nivel de urgencia de cada necesidad en vista de los recursos naturales disponibles en la isla.

Así que nuestra primera prioridad será asegurar los recursos básicos necesarios para la supervivencia, de tal manera que habrá dos grupos claves:

Los aguadores y los centinelas.

Los aguadores serán los encargados de buscar agua potable y preservarla.

Ser aguador no significa tener prioridad sobre el agua y su uso.

Siempre se ha de hervir el agua para reducir riesgos. El orden de beber será primero los enfermos (en el caso en que los haya), a continuación, el resto del grupo. El agua se racionará a partes iguales entre todos los integrantes del grupo. Así mismo, los aguadores se harán cargo de recoger el agua de lluvia teniendo para ello, que observar el cielo en busca de signos de precipitación.

Los centinelas se harán cargo de encender un fuego y mantenerlo siempre encendido. Por lo tanto, una de las tareas principales de los centinelas, además de la vigía será asegurar una cantidad respetable de madera siempre disponible además de guarecerlo de la lluvia.

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Otros grupos serán los exploradores y los ebanistas.

Los exploradores se harán cargo de reconocer el terreno, siempre en grupo y siempre respetando la cuadrícula de terreno acordada en un principio por el grupo de exploración. Dentro de los exploradores se especializarán el grupo de cartógrafos y el de recolectores.

Los cartógrafos se les encomendará el reconocimiento de la isla y sus dimensiones, así como el conocimiento de los recursos naturales en la isla. Una vez terminada la tarea de los cartógrafos pasarán al grupo de los recolectores tomando el rol de guía dentro del grupo a sabiendas del conocimiento que habrán adquirido anteriormente.

Los recolectores deben de recoger todo lo comestible que puedan llegar a encontrar. Su labor debe ejercerse en las cercanías del campamento hasta que haya disponible un cartógrafo que pueda guiarlos en el bosque y comenzar a aprender a cazar, añadiendo así, la carne a la lista de alimentos.

Una parte de los recolectores, serán pescadores y se repartirán entre las calas de la playa y los ríos del interior si existe alguno.

Por último están los ebanistas. Su oficio consistirá en recoger madera y otros materiales para construir un refugio en la primera línea de vegetación de la playa. Se ayudarán de planos dibujados en la arena (en caso de carecer de otro medio) y las formas naturales de los árboles de su entorno. Su trabajo será ir mejorando las condiciones del refugio de manera paulatina según van surgiendo y supliendo necesidades. Su rango también implica fabricar las herramientas necesarias para el resto de grupos (Ej: cañas para los pescadores).

Los rangos se irán rotando cada semana en el orden que se ha nombrado. Dentro de cada rango existirán, con el tiempo, especialistas, integrantes del grupo que se han sentido especialmente a gusto desempeñando un oficio en particular y lo hayan manifestado dentro del grupo. Esto significa poder permanecer de manera relativamente fija en un determinado rango. Así mismo, este nuevo puesto implica tener que instruir a aquellos que lo necesiten y hacerse cargo de recopilar las opiniones de su subgrupo para manifestarlas ante el resto del grupo durante la cena, donde cada noche se celebrará una asamblea para recoger las impresiones del día de cada uno.

El turno de palabra será a mano alzada y en orden, que será concedido por cada especialista.

Ningún rango es inferior a otro ya que todos son vitales para el funcionamiento y la supervivencia del grupo.

En el caso de errar en uno de los rangos de manera significativa, será automáticamente relevado al siguiente, quedando a cargo de la tutela del correspondiente especialista hasta que domine medianamente las claves de dicho rango. Si éste aún lo desea, podrá entonces, volver a incorporarse en el rango que guste.

 

Lecturas preestivales

1ª columna: Eternos pendientes
2ª columna: Rescates
3ª columna: Cosecha de la Feria del Libro

12

Imagen

La nube

 

Esa era su misión, controlar el cielo. Se había olvidado el reloj, el cuaderno de notas y un lápiz, pero en ese momento pensó que no importaba demasiado porque aún no había aprendido a escribir con la fluidez suficiente para anotar todo lo que pasaba a su alrededor. Por lo menos tenía su walkie-talkie. La faltaban manos para todo lo que quería hacer. De vez en cuando, lo encendía para dejar sonar aquella serie de interferencias a la que estaba acostumbrado. Nadie le contestaría, pero le gustaba aquel sonido. El otro estaba bien guardado en su habitación. Escondido.

Desde su posición, Jaime veía pelearse a un grupo de urracas entre los chopos, aunque para él solo eran los árboles que dejaban el aire lleno de pelusa blanca y voladora.

Ajustó las lentes de los prismáticos y rodeó en arco toda la panorámica del cielo, evitando el sol como mandaban las reglas de El Buen Observador. Observaba las nubes, suaves y de formas y colores caprichosos. Siempre pensaba que a ciertas horas de la caída de la tarde las nubes parecían cualquier cosa excepto nubes. Solía jugar a eso. Ha buscarle formas a las nubes. Solo.

Entonces, algo sucedió allí arriba. La nube se partió como si fuera sólida y un repentino resplandor lo cegó durante unos segundo de confusión. Un gran estruendo atravesó el cielo a la vez que la caída de una estela incandescente que murió allí donde los pinos más altos le tapaban el horizonte, en lo alto del pequeño cerro. Notó un impacto bajo su zapatillas desatadas, un repentino seísmo que dejó todo en suspensión: el polvo dorado de la tarde, las hojas y los abejoros.

Cayó al suelo como un fardo. Las lentes de los prismáticos se quebraron y el aire se cargó de humo.

Había trozos de metal por todas partes, algunos aún ardiendo parecían meteoritos derretidos. No recordaba que aquel terraplén fuera tan profundo ni la tierra tan negra.

El walkie-talkie había dejado de escupir interferencias, la frecuencia bajaba y subía desde un ruido sordo a un silbido burbujeante, como si una voz muy dulce cantara al otro lado.

Se encontró con una cápsula de forma achatada e irregular. El metal se había fundido con el calor del impacto y apenas quedaba nada de su forma original, fuera cual fuese. Jaime se acercó unos pasos. Allí, en uno de los costados de la extraña nave había una puerta circular. Un aire húmedo y pegajoso le escupió en la cara como el aliento de un enorme animal. Cuando estaba lo suficientemente cerca para alzar la mano y tocarlo con los dedos la señal se cortó de golpe, ahora todo era silencio.

Entró, curioso.

Tuvo que agacharse un poco para acercarse al centro de la cápsula. La luz que entraba a raudales por la puerta se reflejaba en un superficie cóncava de cristal opaco. Jaime se acercó un poco, echando una ojeada al interior. Quitó la porquería del cristal con la mano y se sobresaltó.

Algo se había movido ahí dentro.

De repente, aquella extraña cúpula comenzó a echar vapor por todas partes. Había visto una figura tras la bruma, estaba seguro. Con el corazón en la garganta, Jaime buscó la salida a tientas, sin atreverse dar la espalda ni por un segundo. Cuando el vapor se disipó, no había nada, la cúpula estaba vacía y su interior muy sucio, como si llevara sumergido largo tiempo en aguas estancadas. Algo comenzó a gotear en alguna parte de la nave.

Jaime cerró los ojos y suspiró, nada.

Quizá, pensó casi con tristeza, un avión había tenido un accidente no muy lejos de allí y uno de los trozos… un trozo…

El grito agudo del niño atravesó el pinar devolviendo su eco un poco después.

Había soltado el walkie-talkie, lo había oído caer y deslizarse. Sus manos no dejaban de temblar. Escondido como estaba tras un tronco de árbol quemado, aquella cosa le miraba. Era un poco más bajo que él con la piel rosada como cuando se quema al sol y llena de escamas finas, como las de un pez pero más grandes. Sus ojos eran saltones, como los de un camaleón, pero no acertó a ver pupila alguna. Tenía seis brazos de dos codos cada uno, a lo largo del costado. Y cola. Una cola muy larga y erizada.

Se pasaron mirando el uno a otro mucho tiempo, sin mover ni un músculo. Jaime soltó la madera carbonizada y saludó levemente con la mano. El ser le devolvió el saludo.

A medida que avanzaba, él le copiaba los movimientos. Al principio, a Jaime le entraron ganas hasta de reír, caminaba hacia adelante y hacia atrás en aquel singular escondite inglés. Sin embargo; con cada paso y cada respiración, cuanto más cerca, más débil parecía estar él. Se estaba poniendo blanco.

Su gran error fue tocarlo. Fue como una corriente eléctrica que le recorrió cada fibra de su ser. No podía enfocar bien la vista, pero la cápsula se disolvía en vapor, notaba como le ardía la piel. Y de pronto ahí estaba él mismo. Con su misma camiseta a amarilla con el sol sonriente. Pero Jaime estaba sentado y él estaba ahí de pie. Se dijo adiós, o quizá hola con la mano y se alejó con paso torpe.

Jaime había perdido los prismáticos y el walkie talkie. No sabía como iba a explicárselo a sus padres. Ahora se sentía aún más vacío. ¿Habría perdido una parte de sí mismo también?

 

Carta de pleamar

 

Querida Babs:

Ahora que el horizonte está completamente desierto, a excepción de un marco de nubes que puede traerme problemas si la presión sigue bajando; puedo permitirme abandonar las jarcias y refugiarme en la panza de Guppy a por un papel seco y liso y un boli en buenas condiciones. No te escribo arriba, pese a que seguramente encontraría más inspiración mirando el vaivén de las olas, porque seguramente me saldría una caligrafía horrible y prefiero no tener que pasarla a limpio porque a lo mejor me da por corregirla y le quitaría la espontaneidad al momento. Y siempre te ha encantado la buena caligrafía.

Es gracioso que te escriba una carta cuando acabo de partir otra vez, desde Vanuatu; pero supongo que ya estarás enterada y ya sé que es una tontería, porque podría perfectamente enviarte un email ahora mismo, que estoy viendo como baila el salvapantallas del ordenador. ¿Por qué molestarme entonces?

La verdad es que ni siquiera yo lo sé.

Comienzo entonces con el parte meteorológico.

El barómetro marca 998 mb. Bajo.

Creo que se acerca una tormenta, o al menos eso dicen por la radio. El viento huele a lluvia y hoy me he levantado por la mañana y lo primero que he visto es un albatros posado en la popa de Guppy. Después me he preparado unas tortitas en el pequeño fogón inclinado de la cocina. Me gustan mucho las mañanas que preceden a las escalas de tierra. Ir de puerto en puerto y acercarse cada vez más al objetivo, desde que pasé las 1.400 millas en Bora Bora he decidido que no me importa lo que digan las autoridades alemanas, de mi edad, de mi seguridad.

Las clases a distancia van muy bien. Ocupa mi tiempo y me distraen el tiempo suficiente cuando me atrapa la calma chicha. A veces resulta frustrante, como pescar, pero no imagino otro método mejor para sobrellevar todos los estudios en alta mar. Me conoces y sabes que no aguantaría dos meses seguidos metida en una clase.

Porque yo nací navegando, recuerdo que un día me lo dijiste. Y sé que durante mucho tiempo creíste que estaba loca y aún así nunca me dijiste que no.

Porque yo soy terca y cabezota; y tenía que conseguir mi sueño. Porque me parezco a alguien.

onsultando la carta naútica, ya sé, que si toda va según lo previsto, llegaré a Darwin a tiempo para celebrar mi cumpleaños. He hablado con papá y estará allí. Hablamos más bien poco. Me dijo que tuviera cuidado.

Como siempre.

Ya he visto tantas cosas, Babs, tantas que a veces me tumbo en la cama y mirando al techo del camarote aún no doy crédito a todo lo que ha desfilado por delante de mis ojos. Y escribo todos los días en mi blog y descubro que soy medio famosa; que voy a entrar en el Libro Guinness de los Récords.

Y, sin embargo; todo eso se esfuma cuando llega la tormenta o un torbellino.

El otro día me puse a meditar porque me acordé de ti meditando sobre la cabina. Esa idea me hizo sonreír. Y me puse a pensar.

Pensé que no era justo que hablara con papá tantas veces y que apenas tenga noticias tuyas y tú de las mías. Te imagino frunciendo el ceño de preocupación cada vez que miras el boletín del tiempo en el océano. En esa rara página web para navegantes extravagantes.

De hecho, creo que te enviaré unas cuantas fotos de la cámara instantánea para que te quedes más tranquila y puedas añadirla al mapa del corcho con chinchetas que sé que estás rellenando. No sé si es el orgullo o el miedo lo que me ha impedido comunicarme a la vieja usanza contigo, durante todo este tiempo; lo siento. De todos modos, me hace gracia que vayas a recibir estas líneas dentro de un mes o más, cuando ya esté muy lejos de esta franja de hermoso mar australiano. El mar de casa. Porque sólo podrá llegar a ti cuando llegue a puerto y encuentre un buzón. No hago más que pensar en gaviotas mensajeras. Pasan por encima de las velas y, tras un par de vueltas indecisas, entornan las alas hacia el sur, en directas al continente. Volverán a la hora de la cena, atraídas por el humo de la cocina. También echo de menos tu maestría al cocinar. Yo sobrevivo básicamente a base de tortitas y latas. Sé lo que estás pensando.

A todo esto, he vuelto a coger del estante tu ejemplar de La vuelta al mundo en 80 días y la verdad es que de momento me ha traído suerte. No hago más que leer pasajes una y otra vez.

El mar está comenzando a crisparse. Guppy baila sobre las olas.

Dentro de unos días alcanzaré el Estrecho de Torres y espero que el viento me acompañe. No me fío mucho de los arrecifes y antes de entregarme por completo a la tarea del timón, sentía la necesidad de dedicarte un momento. Escribir algo que no sea ni los deberes, ni mi diario, ni una entrada en mi blog. Una historia sacacorchos, como decía Úrsula K. Le Guin. Solo que esto es real al igual que la sensación que me atenaza a veces el pecho por las noches. No me atrevo a llamarla soledad.

¡Porque somos de corazón inquieto y de alma intrépida! Me parece oír con el viento.

Sólo quería decirte que te echo de menos y te quiero (ahora sí) mamá.

 

Aniversario del blog

¡Un añito ya!

Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que pudiera durar tanto con esto, Escribiendo, publicando…

Creo que le he cogido el gustillo a esto y espero que siga así.

Supongo que felicidades.

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