Mis regalos de Reyes (2)

Aquí estamos un año más con los regalos, llenos de títulos más que apetecibles.

  • Jane Eyre, de Charlotte Brontë.

Marcada por su temprana orfandad materna, la escritora británica Charlotte Brontë, que a lo largo de su corta vida (1816-1855) acumuló muchos lutos, revela en su obra el apasionado deseo de encontrar un lugar en el mundo. Jane Eyre, la obra que consagró su éxito fulminante, tiene los ingredientes de una novela gótica, pero rebasa con mucho las convenciones del género. Jane, la protagonista, nos muestra un nuevo modo de descubrir la realidad, y con su reflexión la acompañamos en un viaje hacia la autenticidad.

 

  • Imperio, de Jay Kristoff.

Un imperio destrozado
Tras la muerte del Shogun, en el Imperio de Shima se desata una terrible lucha entre los clanes para hacerse con el poder. Con el fin de evitar la guerra civil, el Gremio del Loto conspira para restaurar la dinastía Kazumitsu. El próximo Shogun es alguien que conoce muy bien a Yukiko. Alguien que no descansará hasta verla muerta..
Un legado oscuro
Mientras las habilidades de Yukiko aumentan más allá de su control, se acentúan también las pesadillas de Kin, el rebelde del Gremio del Loto que ayudó al tigre del trueno. Muestran visiones de un futuro perturbador e inconcebible. Ni siquiera el miedo a la muerte frenará a Kin cuando trate de evitar que esas pesadillas premonitorias se hagan realidad.
Un cataclismo en ciernes
Los rebeldes planean asaltar el palacio del Shogun antes de que pueda dar inicio la nueva dinastía, pero, desde lejos, un inesperado enemigo aprovechará la debilidad del Imperio para asestarle un golpe mortal a él y a todos sus habitantes. Yukiko y Buruu deberán volar a través de océanos tempestuosos,  hasta las islas del cristal negro, donde aguardan rivales que no temen a las garras del tigre del trueno y  que no caerán ante ninguna katana.

  • Cuernos, de Joe Hill.

¿QUÉ PASARÍA SI UNA MAÑANA DESPUÉS DE UNA BORRACHERA HORRIBLE, TE DESPERTARAS CON UNOS INCIPIENTES CUERNOS EN LA CABEZA?
La vida de Ig Perrish es un verdadero infierno desde que su novia Merrin fuera asesinada un año atrás, en un episodio que si bien le fue ajeno tendió sobre él un manto de sospechas que nunca pudo sacudirse. Una mañana, después de una fuerte borrachera, se encuentra con unos cuernos creciendo en su frente. Con el pasar de las horas descubrirá que tienen un extraño efecto en la gente: les hace contarle sus más oscuros deseos y secretos. Así, Ig se entera de que todo el pueblo, incluso sus padres, creen que él fue quien mató a Merrin. Tras el desconcierto de los primeros momentos, Ig aprenderá a sacar ventaja de ser el mismísimo diablo….

 

¡Por fin están en mi poder! Con un cambio de registro radical, aún no sé por donde empezar. La edición de Austral de Jane Eyre, es una preciosidad y salta a la vista que está genial editado. La trilogía de Las Guerras del Loto la iré completando a esta velocidad, de año en año, como una especie de tradición (el que viene es el último :’), espero que HIDRA no nos falle). Y, por último, como yo siempre empiezo por el tejado, comienzo a leer antes al hijo de S. King que al propio padre. Así soy yo. Y claro, promete una lectura rocambolesta antes, por supuesto de ver la película que a todos os sonará a estas alturas.

Pues eso es todo. Feliz año y espero que halláis recibido muchas letras y mucha música esta mañana.

 

 

Ventana al sótano

Echo un vistazo a la calle, a la derecha y a la izquierda, como si tuviera que vigilar si venían coches por alguna de las esquinas. Ojalá fueran coches. No nos vendría mal un poco de gasolina, no para nosotros, sino para hacer un trueque. De todas maneras, ninguno de los dos sabe conducir y dudo que ni siquiera pudiéramos alcanzar los pedales y el de papá, era un coche europeo, que son imposibles de manejar.
Estamos perdidos, pero aún no hay necesidad de que Sam lo sepa. O quizá ya se ha dado cuenta hace mucho y no dice nada porque ahora todo el mundo está perdido, poco importa a donde te dirijas.
Al menos ha dejado de llover. No reconozco el nombre de las calles.

.

Solo conozco la mía, mi casa sin llaves. La fuente de la plaza, los callejones, las vías de aquel tranvía lento y fastidioso que me despertaba todas las mañanas. Pero eso ya no existe.

Había dado lo que fuera por aguantar una semana más en el sótano. Hirviendo el agua de la cisterna del retrete, comiendo pepinillos en vinagre escondidos en las mantas militares. Habría sido un buen sitio, si no se hubiera inundado. El suelo se había comenzado a encharcar cuando aún era muy de noche y esperar a que saliera el sol había sido una auténtica tortura.
El viento arrastra por la avenida una tolvanera de papeles y desperdicios que se quedan enganchados en la antena del coche que bloquea la salida a la derecha. Se agitan como banderas rotas de papel marrón anunciando comida. Delante de mi veo la hamburguesería con el escaparate roto. Me moriría por una hamburguesa. Bueno en realidad, me contentaría con cualquier cosa comestible a estas alturas. Incluso las berenjenas rellenas de mamá. Me comería una bandeja entera.
Vuelvo a mirar hacia todos lados y le hago una seña a Sam que dormita sobre la pared de ladrillo. Siempre insiste en hacer guardias y luego anda todo el día dando cabezadas. Me gustado los reproches para más tarde, sabedor que cuatro ojos ven mejor que dos defectuosos. No veo demasiado bien de lejos y no paro de sentir que pronto seré víctima de la implacable selección natural. Si tan solo Sam prestara un poco más de atención…
Corro hacia el coche rápidamente sin hacer ningún ruido. Había visto un callejón desde lejos, podemos salir de la avenida por ahí. Veo los restos de una barricada derruida. Aún no me explico como esto puede estar tan tranquilo. Hace meses que deberíamos de haber ido al este, al bosque. Ahora que no hace tanto frío…
Me doy cuenta en este instante que Sam no me ha seguido. Tras un breve acceso de pánico lo veo salir de la hamburguesería con una bolsa marrón entre los brazos mientras ojea el menú tan tranquilo. Respiro hondo para no gritarle y me veo forzado a abandonar el refugio en la sombra del coche. ¿Cómo ha podido entrara y salir tan endemoniadamente rápido? Y con tal calma. Sam dirá de mi que creo estar en un videojuego y que algún día eso me pasará factura, pero por lo menos yo me lo tomo un poco más en serio, maldición.

Me mira y, soltando la papeleta, se dirige hacia el otro callejón, con los contenedores de basura volcados. Tras un minuto o dos me acerco, con curiosidad. Otro sótano. No acierto a averiguar por qué estará los sótanos entre las preferencias de Sam. Ni siquiera es un lugar seguro, en la mayoría de los casos. Saco la linterna para echar un vistazo. Es pequeño y seco. No hay nadie dentro y parece que hace mucho que ha permanecido vacío. Afirmo con la cabeza y busco en los bolsillos aquel martillito que sacamos (que Sam encontró) en un autobús volcado y con un par de toques hago trizas el cristal. Intento ignorar el ruido, me engancho en el quicio del ventanal; caigo de un salto en el suelo de cemento. No puedo evitar gritar.
-¿Estás bien?
-Sí, tranquilo Sam. No es nada.
Miento. El tobillo me duele, pero estoy casi seguro que no me lo he roto.
Sam baja por fin, sin prisa y deja su mochila en el suelo, junto a la mía.
– Estás sangrando.
El cristal. Mierda.
-¡Mierda!
La sangre mana hasta el talón arruinando los únicos calcetines que tengo. Me quito el zapato. No es un corte muy grave, pero no puedo hacerlo dejar de sangrar. Sam saca el frasquito y, quitándose su pañuelo limpia toda la sangre del tobillo y la planta. Su olor a magnolia me pone la piel de gallina.
¡Sam! ¡Que haces!
Hay que desinfectar antes de vendar, así que te tendrás que conformar con la última tirita.
Todo es un gasto. Es curioso que Sam nunca escatime en ese aspecto, con la frialdad suficiente de utilizar el perfume de mamá para curar al imbécil de su hermano.
Me resigno y me quito el abrigo mojado. Dejándolo a un lado observo qué nos ofrece nuestro nuevo sótano. Hay muchas cajas de cartón plegadas, para mudanzas. Junto a un calentador de agua carcomido por la herrumbre un estantería hecha a mano desaparece entre una gruesa capa de polvo. Pienso en mermelada pero solo hay herramientas de mecánica, eléctricas. Una gran lata de aceite de motor y al lado un par de botes de cristal de contenido indefinido.
– He encontrado cinta aislante, mira, podemos tapar el agujero de la ventana con unos cartones.
– ¿Entonces nos quedamos aquí esta noche?
No me parece mal. Aquí no hay mantas ni es tan cálido como el anterior, pero al menos está seco y no hay ninguna cabeza de ciervo mirándonos con ojos de canicas en la oscuridad. Ahora entiendo por qué Sam no durmió bien. Yo tampoco pude.
Seguiremos el plan de Sam, porque siempre funcionan. Si soy capaz de abrir este tarro incluso podremos cenar.
– ¿Tú que has encontrado?- pregunta Sam asomándose por encima de mi hombro.
– No lo sé, pero espero que se pueda comer.
– La tapa está abombada – apunta.
– ¿Y?
Por fin la tapa da su brazo a torcer, pero no oigo ningún sonido de aire liberándose. Me pringo un poco las manos de algo que parece ser tomate. Sam enciende el fanal cuidando de la cabeza de la cerilla y me pasa una servilleta con el logotipo de la hamburguesería antes de que pueda chuparme los dedos.
– ¿No tendrás una cuchara por casualidad en esa bolsa?
– ¿Te lo vas a comer?
– No soy exigente.
Sam me arrebata el frasco vertiendo un poco de salsa en el suelo. Lo olisquea como un ratón y me lo acerca para que haga lo mismo. No es muy agradable, pero tengo muchísima hambre. Sam toma un sorbo de la cantimplora y acaba intercambiándomela por el frasco. Lo cierra y se levanta para ponerlo al lado del cuarto.
Le ayudo a cerrar la ventana tal y como sugirió.
– No sé si sabrás lo que es el botulismo, pero te aseguro que no quieres averiguarlo.
Odio cuando al Sam petulante, y por desgracia, es su yo habitual. Lo último que tuvo la oportunidad de leer antes de tomar la estúpida decisión de quedarnos en la ciudad a esperar, fue los diccionarios médicos de nuestro padre, y desde entonces es un inaguantable hipocondriaco.
– Echo de menos leer – dice al tiempo.
Me lo reprocha ahora porque no quise perder el tiempo entrando en la biblioteca, que por primera vez en mi vida estaba atestada. La gente, no sé por qué, se refugió en iglesias y en bibliotecas. Es la ironía del destino prediciendo que algo saldría mal. Al final, algo siempre sale mal.
Y yo echo de menos mi cama, Sam. Y a no ser que mágicamente traigas en esa bolsa un par de hamburguesas por lo menos, te sugiero que duermas un poco.
– Lo siento, solo hay servilletas, aceite usado, mostaza y un mapa de los locales en todo el estado.
– Genial.
No tengo idea que podemos hacer con todo eso pero ya se nos ocurrirá algo. Hasta ese momento,
extiendo la esterilla malamente y arrebujándome en la manta militar, no tardamos ni dos segundos en caer rendidos. Con cena o sin ella, nadie se preocupará por las guardias hoy.

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