Glauce

Glauce despertó de golpe de un inquieto revoltijo de sueños. Se desperezó lentamente, a una velocidad casi geológica, sobre la corteza. Era una sensación de desorientación maravillosa. El polen de las mimosas, ya en flor, se había posado sobre su vientre descubierto y sobre sus párpados. Al pestañear, dibujaba el vuelo de las mariposas morpho. Se sentía francamente bien. Observó sus manos, orgullosa de las marcas que perfilaban sus dedos, que surgían de sus uñas ovaladas y se mezclaban en un puzzle en sus muñecas.

Cuando era pequeña, la abuela Coda solía asustarla con que, llegado el momento, le harían tragarse un carbón caliente a voluntad. Y ahora que por fin lo había entendido, no iba a ser capaz de guardarlo como un recuerdo sólido. Éste se iba desvaneciendo al tiempo que los ríos de sol se deslizaban por el komorebi.

Recordaba la música de los tambores uniéndose a la noche, los pies rítmicos, los crótalos, las voces alzándose con el humo de la hoguera. Centenares de olores inundaron el aire hasta que ya no quedó ninguno. Nadie se lo había explicado, pero era necesario aturdir todos sus sentidos para despertarla a la Vigilia. Supo, en ese pequeño instante rozando el mediodía, mientras las pinturas rituales de su cuerpo se secaban y descascarillaban, mucho más del bosque de lo poco que había llegado a intuir como brote.

Contaban las historias que el bosque había regalado a los Wyezaries esa indiscernible frontera entre el brote y la madurez para comprender mejor a sus criaturas. Glauce nunca había creído demasiado en los Dones y siempre se había permitido la licencia de desobedecer clandestinamente ese código nunca escrito de usarlos bien. Tampoco podía decirse que hubiera recibido demasiados. Comenzaba a cansarse de arrastrase por el sotobosque y su cuerpo blanco y fino como el de una niña se separó del barro con sus alas, sus bellísimas alas de libélula precoz; a sabiendas de lo prohibido y sin entender todavía el porqué de lo peligroso.

Habían pasado seis primaveras y aún le asaltaban las visiones.

Bostezó. Notó la lengua pastosa, pesada e insensible como la arcilla y los labios todavía adormecidos. Se había tragado un carbón encendido  – la raíz del visionario era puro fuego-: Buscó con los labios la copa que le ofrecían las sacerdotisas sin reparar en lo que estaba bebiendo, hipnotizada por los ríos de tinta que recorrían sus rostros. El tónico era espeso, muy dulce y afrutado. Bajó por su garganta al tiempo que multiplicaba las estrellas de la noche. Con las pupilas dilatadas de excitación, se había unido a aquella danza frenética de canto inconcluso, a aquel cortejo que la llevó a las aguas del río con una luz muy distinta a la de las luciérnagas. Sin embargo, su recuerdo no alcanzaba tal nivel de precisión. Era la Corista quien recordaba, la voz de los fuegos fatuos que jugaron con Glauce niña. Iba a lucir un cuerpo lleno de líneas y ríos de tinta. Pero su vigía, parpadeando displicente, le veló un futuro. De momento, la dejó ser risa del bosque, que salta de la rama en rama y extiende sus alas para perseguir ánades salvajes.

Gracias a blondieartist07, por la inspiración

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