La dulzura de las abejas II

Manchas, manchas por todas partes.

 Las horas siguientes fueron fragmentadas y difusas como un caleidoscopio quebrado, luminoso e intrigante; sentía el cuerpo ligero, desenmarañado; se me ocurrió, aunque no era una buena analogía.Me dolían músculos que el día anterior ignoraba de su existencia. Y no tenía ni idea de donde venía ese dolor, esa despreocupación. Ni siquiera sabía donde había estado hacía una hora. Si es que había pasado una hora.

Olía raro.

Pensé, tras unos segundos que estaba en mi cama, pero en seguida me di cuenta de que no había pensado, sino deducido. Estaba en una cama ¿Y cual iba a ser sino la mía? Pero no vi el reloj. Y las paredes, ora blancas, ora beiges; ahora eran de un verde mar descascarillado en listones de madera horizontales. Vi un cubo y una fregona en un rincón. Parecía el cuarto de mantenimiento pero, dado a que nunca había estado allí, no podía estar segura. Rodé sobre mí misma y el somier metálico chirrió. Estaba viejo y oxidado, tanto que casi me dio miedo descubrir que había dormido con un brazo colgando de la cama, parecía guardar docenas de razones para enviarte a la enfermería sin la compasión de las agujas finas. Mientras intentaba despertar a mi obstinado brazo derecho mis pies fueron a parar a mis sandalias, colocadas justo en el sitio de cada mañana. Eso era algo que yo, y solo yo, me había tomado la molestia de calcular y arreglar cada noche. Mientras se acrecentaba mi ansiedad, caía la tarde tras una ventana a la que solo podía mirar porque estaba tumbada del revés. Estaba demasiado alta para alcanzarla incluso si hubiera habido alguna silla. Corrí hasta la puerta y aunque empujé con fuerza en ambas direcciones se empeñó en seguir cerrada. A esa segunda voz que había comenzado a ganar voto en mi conciencia en las últimas semanas casi le hubiera sorprendido encontrarse con lo contrario. Ni siquiera tenía por qué haber sido Emma.

Di un par de vueltas por el cuartucho, encontrándolo desoladoramente vacío. Al menos estaba limpio, y pensé; mientras miraba hacia arriba, de nuevo tumbada en la cama, por qué razón alguien se molestaría en hacer el triple de alto que de ancho aquella caseta, pues era una techo de dos aguas, de madera y de vidrio cegado. Desde aquella perspectiva, observé que el suelo se inclinaba hacia un sumidero. Tras lo que parecía cortinas de plástico había una alcachofa de ducha. Eso y encontrarme una botella de agua y una bolsa de con varias cosas comestibles me asustó un tanto. Alguien parecía dispuesto a que me quedara allí bastante tiempo. Por una parte era casi un alivio, así pasaría una jornada libre sin riesgos alguno a saltarme la condición de Emma. Además, había libros bajo la cama… Y una linterna. Mucho tiempo o hasta la noche. Eran buenos títulos, buenas elecciones. Estaba la emocionada con aquel giro de los acontecimientos casi no me fijé en que había dibujos en los cantos de los libros. Uno azul. En el otro había una llave y, en el tercero había trazado un arco, tan perfecto que a la fuerza tenía que estar hecho con compás.

 – Idiota.

Al llega al segundo capítulo de El cementerio de los galeones ingleses por fin llegado a la conclusión de que quien me había encerrado allí no era otra persona excepto yo. Mi segunda voz era malvada, pero no imprudente, a veces hacía esas cosas. Me salvaba de imprevistos, me colocaba las zapatillas en el sitio exacto de la cama. Le daba cuerda al reloj cuando yo me olvidaba. Me encerraba en cuartos seguros cuando yo no podía correr el riesgo de andar por allí medio drogada. Por Dios, si estaba llorando como una mentecata porque habían apresado al primer cargamento de esclavas indígenas. Tenía la almohada empapada. Y el libro.

Pero mi segunda voz no tiene plenos poderes, sobre todo con la mente abotargada.

Llaves. Había llaves en todas partes. Había encontrado la palabra dos veces, subrayada. Primero en bolígrafo, luego en fluorescente. El cubo. El arco. Azul.

 – Idiota.

Debían de haber pasado como tres horas y ni siquiera se me había ocurrido mirara ni dentro ni debajo del cubo. La puerta se abrió con un chasquido satisfactorio. Fuera, había comenzado a llover cada vez más fuerte a medida que el cielo se oscurecía. Pero ni siquiera aquel aguacero podía calmar mi sed. Lo que había comenzado como una sorda molestia ahora me empujaba, imperiosamente al exterior. Pero habría necesitado cien bocas y una cascada. Y otra cosa. Veía manchas. Miles de manchas en mi ropa. Polvo. Salsa. Lágrimas y lluvia. Eran muchas. Tenía que ir al lago.

La hora era intempestiva. Pero no pensaba más allá de aquella fijación terrible. Mi segunda voz gritaba, me insultaba. Pero yo solo oía la lluvia. Sentía la sed.

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