Usureros y niñas ingenuas (Iklia).

Olía pan recién salido del horno. A especias de embutidos. Pimentón, pimienta, ajo, guidillas y sal. Los puestos de dulces se movían de un lado a otro del mercado. Manzanas cegadas tras una espesa capa de caramelo. Más ancha que cualquier vidrio de invierno. Brillaban y se despegaban con zumo de limón. Chocolates y chucherías de frutas caramelizadas y malvaviscos dulces.

No tenía ojos para tantas maravillas, ni dinero; pero eso ahora no le importaba demasiado. Una banda de música ruidosa se paseaba por los puestos de comidas; donde el aceite saltaba de las enormes sartenes como pequeños guerreros indelebles.

Iklia no echaba de menos una mano más grande que la suya que le guiara entre el gentío. Todo lo contrario. Se sentía libre sin ojos de piedra sobre ella. Y todo lo que había robado con palabras rápidas y pies ligeros le quemaba en el bolsillo que nunca se acostumbraría a convivir con la plata; pues todos sabemos lo rápido que huye ante el calor del mercado.

Quería sentirse como pez en el agua y cierto era que ella se vestía con escamas y respiraba aquel aire extraño como si hubiera nacido en él. Sobre rocas frías de río, pulidas ante el constante ir y venir de la naturaleza en todas sus formas. Sólo había un problema. Un pez de agua dulce no puede aventurarse al océano sin aún sabe perderse.

Cuero en manos hábiles. Vidrio por encima de una llama azul, pompas de cristal finas como un cabello. Alfareros de los gólems de barro. Uñas de color arcilla y piel de tierra. Adivinas, echadores de cartas, usureros.

Es increíble el tipo de conciencia que adoptamos al estar solos.

Se sintió extrañamente amable. Quería buscar regalos para todos aquellos que le ayudaban a ese lado de la Puerta de Peltre. Perfumes o aceites. Joyas. Dulces y pan de nueces y pasas. Todo parecía atesorar oro macizo en el interior porque pronto su pequeña riqueza se evaporó como si nunca hubiera existido. El Cetrero le habría avisado antes, pero no se dio cuanta de su falta de elocuencia hasta salir del mercado. Era una de sus atmósferas. Luces, ganas de gastar, despreocupación. Por eso el cielo de veía tan extrañamente claro. Casi azul, tal y como lo recordaba.

Pero quería algo para ella, algo que ostentara su nombre y la llamara por sus dos sílabas como si siempre la hubiera estado esperando. Iklia conocía ese tipo de objetos, destinados a una sola persona desde el momento de su creación.

El puesto era La Luna de Plata, amuletos y males de ojo convivían en una sábana que hacía mucho que no era blanca. Pero no encontró nada, sólo deslizó las yemas de los dedos sobre las bolsas de preparados y las tablillas de hueso que tintineaban a la más mínima brisa de viento.

Morrocan pottery -

Amuletos de Ocarina. Colgado de una raíz de la suerte, tan difícil de conseguir y de hilar. Se perlaba en frutos a pesar de no ser la estación de las Perlas. La música siempre puede ser un buen amuleto, pensó; para proteger a la ingenua Iklia desde luego; sin embargo, la suerte es cara y la seguridad triplica su precio. Compró la ocarina de plata, pero era tan cara que vació sus bolsillos hasta de grillos de jengibre que había comprado para comer por el camino y su vista durante toda una luna. Iklia fue estafada por la ilusión de tener algo suyo (completamente propio) colgando sobre su cuello por una vez. Algo que ella misma había elegido. Nadie la había obligado. Pero los dedos de las vendedoras son demasiado largos y… ¿Quién podía saber que Ocarina era la hermana de Luna de Plata? No se parecían en nada. Quien lo supiera no podía decir otra cosa. Y no hay nada más valioso que la vista de una joven inocente para alguien cuyo interés se ha cegado por sus ansias de belleza en largas columnas de números apretujados. Para los ojos que alguien demasiado viejo para preocuparse de algo más que de sus cataratas o de sus dedos largos y uñas sin limar.

Lo que Luna plateada ni Ocarina descubrirían nunca era el enorme favor que le harían a Iklia privándole de su sentido más engañoso. De otra manera, jamás habría podido conocer a Kazihf, el encantador de serpientes. Jamás habría descubierto todo lo que puede ver una persona de ojos empañados e invidentes cuando abre su mente.

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