Teselas II

Séptimo día (******* – ******).

Casi pierdo el autobús. La conductora a penas ha echado un vistazo al billete. Qué demonios, ni siquiera lo ha mirado. Mi caligrafía da gusto con tanta curva. Es extraña la calma del viaje y el buen humor. El pequeño nudo en el estómago. Voy a matar la incertidumbre y el pánico social a pase de palizas como esta, nueve horas y media en un asiento de autobús. Con temazos en lo auriculares, me arrebujo en una sudadera verde, enorme y gastada que no es mía y miro al este.

Supongo que luego no podré leer nada de esto. Podría escribir sobre esta semana. Aprovechar que los audios continúan en la SD. Tengo tiempo de sobra. El relato que sigue a este sigue pendiente y a decir verdad, como no es más que una transcripción tampoco recuerdo gran parte de lo que quería contar bajo este epígrafe. Algo sobre velatorios solitarios en lugares altos. Siempre puedo volver a preguntarle sobre el entierro de aquel hombre ermitaño o pedir que me lleve allí. No creo que vaya nunca y, aún así, continúo. Tampoco busqué a Murakami ni a S. Thomson. Nada de blues y dinosaurios hasta nueva orden. No hablemos de asuntos demasiado personales de momento.

Pasamos la primera parada y no sé dónde estamos. A la izquierda de la estación hay una gasolinera de color verde. Solo se han subido un par de chavales tras una calurosa despedida (si es que eso es posible). Hay un olor que me desagrada. Recuerda, en la segunda parada, cambiarte de sitio, porque esto se irá llenando; así que enfila hacia los asientos de delante. No sé por qué no lo hiciste en primer lugar (que conste que nunca la hizo). Y yo pensaba dejar el bolígrafo en casa. Me sentaré cerca de las dos chicas asiáticas que van a ***** y se equivocaron de lado del maletero; por ello se habían ganado la apreciación general y chabacana de tener las piernas bonitas. A mí también me lo parecen, pero sé que si estuviera de mal humor odiaría todo esto. ¿Les estaré mirando mal?

El frío y el paisaje, el rocío y el amanecer son bonitos también.

Últimamente siempre hago lo mismo. Me dejo sorprender por los acontecimientos aunque estén planeados desde hace semanas. Ya te pondrás nerviosa cuando te veas inmersa en la Situación hasta las cejas -se repetía-. Hacer este viaje sola tiene sus pros y sus contras, pero dado que nunca he sido de esas personas que sopesan y enumeran ordenadamente ventajas y desventajas, no voy a empezar ahora. Es suficiente estar contenta porque acaba saliendo bien. Hay un asunto, sin embargo , que me lleva preocupando un tiempo… pero no lo voy a escribir porque ya lo he hecho muchas veces y que quieres que diga, ya cansa: Miente aunque no sabe y las echa de menos porque es insensible a su manera.

A las 8:30 se bajó un pasajero con una bolsa de deporte de color marrón. Teniendo en cuenta lo poco que he escrito en treinta minutos, el viaje está ya asegurado. Así se me cansarán los ojos y dormiré al menos cinco horas esta noche. No puedo decir que no me importa… Al final, siempre doy uso a todos mis regalos. Aviso que esto es ejercicio torcido de memoria y digresión.

Llegué por la noche enlatada, medio dormida mirando estrellas. A la mañana siguiente sentí como si nunca hubiéramos dejado ese lugar donde pensamos demasiado y decimos muy poco. No cambiamos y todos los demás han quedado muy lejos, pese a que sigue pareciendo el mismo sitio. A lo mejor me arrepiento.

Volvemos a pararnos. Yo no me muevo. Hace algo de frío y tengo la carne de gallina. Pienso por un momento que siempre empezamos nuestras charlas vacías así. Salimos a caminar entre eucaliptos y como se repite, prolongamos nuestro alegre coloquio hasta el infinito. Ella también me miente. Al final acabaré por echar de menos a todo el mundo.

Fui al mar una vez, un miércoles, y siempre he querido regresar.

Esta es la cuarta parada. Se sube un hombre con fedora verde y una curiosa botella de agua en el apartadero de los nogales y los cubos de basura. Levanto los ojos del papel y observo como escribe los números 6 – 3 – 11 – 10 – 9 – 7 en lo primero que encuentra. Quedan seis minutos para las nueve  y, en la quinta parada, se suceden múltiples bajadas y subidas. Hay una palmera junto a la casa rural. Nunca he entendido por qué necesitan tantas cosas para solo caminar. Parece que el grupo va a hacer senderismo y todo.

Decidle adiós al globo negro y prometedle que lo volveréis a ver muy pronto.

El móvil me sobresalta. Ya se ha despertado uno de mis huéspedes. Igual que yo de mis fantasías. Manoseo el recibo que llevo guardado en el bolsillo que no está sobre el corazón y calculo mentalmente los minutos que llevamos de retraso aún con la carretera despejada. Arrugo el papel, para nada nerviosa. Yo creo que llegará un punto en el que aprenderé a operar recuerdos.

“Dirección  *****”. Esto sería más fácil con un mapa. Tengo que ver al rojo, de eso no te quepa duda. Volvamos a esta semana, ya que hacemos oficialmente una hora. Me tumbé al sol en *****, en la cala de la otra orilla y me ha salido una mancha de color café en el costado derecho. Tampoco nadé muy bien. Había corrientes frías y pasé miedo. Pero la ruta en sí, con sus cuestas y su paso por la cantera me hizo sentir bien, más fuerte.

Creo que me estoy perdiendo algo ¿Fuimos al centro al día siguiente? Al final me he quedado sin mi pulsera de cuero. Me invitó a un helado de yogur con guindas y fresa. Compró una tarta de queso. Sigo sin acordarme de cuándo llegará el mercado medieval. Paseamos mucho. Tiene pinta de piragüista. De piragüista borracho.

Debería tocar algo cuando esté deprimida o aburrida. Normalmente son las dos cosas. Ayer me despedí de la terraza roja y de su pedazo de cielo estrellado. Un pedazo que se desgarra un poco cada verano. A penas hice la mitad de los ejercicios, pero al menos el suelo se secó al tercer día. El banco seguía mojado. Orbayó durante dos y no pudimos hacer la colada (siento ese plural). La mitad del equipaje va ir en una bolsa de basura.

Ayer fuimos al río a cuyas riberas van a cantar los poetas y a pescar los pescadores sin licencia. Como siempre. No empezó bien por dentro y al principio. Caminamos por un sendero resbaladizo e intrincado. Tienes que concentrarte tanto en no pensar en otra cosa que no sea tu propio equilibrio que habría lamentado perdérmelo. Ya sabes cómo suena el dejarse llevar. En realidad, ni siquiera hablamos tanto. Comentamos libros y estupideces.

Fuimos a recorrer las calles del barrio donde mi madre vivió un tiempo y compramos cosas que necesito y no utilizaré. En la segunda visita me quedé dormida. Podría probar suerte, tan solo llevamos una hora y media de trayecto.

Ah, cómo les gusta la distancia a los cobardes.

La gente paga por su asiento en el sitio. Y hay un montón de gente. Seguro que más de uno se ha colado. Dejadme sola, por favor. No hubo suerte.  Antes de empezar a teorizar sobre planes futuros, recordemos algunos números de teléfono.

El día de mi cumpleaños pedí un postre demasiado dulce. Tres días después llegaron las felicitaciones. Ese fue el único día que nadé, así que esto no debería estar en este párrafo. En el otro bolsillo, el que está en el corazón, guardo un trozo de cuarzo y una carta que me recomendaron que esperase hasta ayer para  leerla, pero la verdad es que aún no la he abierto.

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