Doubla”

Se dobla como alambre sobre la alfombra,
a la luz de ventanas de óleo amarillo.

Se contonea y gruñe al verte, Ojos de cordero,
y parodia los raíles de paisajes lejanos
e ideas grandes de hogares pequeños:
En ellos, viveros en cofres y música suave
descansan en la quietud del desayuno.

A la luz de las doce, se estiran las malvas de humo
y resopla el verde vivo de las gilcinias.
Se arquea como alambre al color del sol,
Ojos de miedo, en una danza de bienvenida.

Preludio verde

El calor desea salir

de debajo de los adoquines

y peinar sus cabellos,

pelirrojos de violetas,

para alcanzar el aire

con sus caprichosos dedos.

 

Cortar las flores de ozono

con tormentas repentinas

y las carreras a casa,

para comerse las hogueras

a besos, índigo profundo,

en la noche de las Perseidas.

 

El calor desea despertarte

abrazado a las sábanas,

recorrer con ríos tus sienes

y, de espaldas a la pared,

(de cara a las ventanas)

saltar al torrente del alba.

 

Palomas escañadas

Emmel acarició los pistones y se lamentó alegremente en aquel rincón múltiple de la avenida. La sexta Herma siempre estaba llena de gente pero nadie iba a ninguna parte o no había sitio adónde ir. Era el Herma condenado porque era la ciudad del mar seco. Emmel había estudiado en el salón de su tío las Guerras del Canal, pero solo recordaba que habían sido muy largas y que no habían solucionada nada. Lo adoquines, sin embargo, seguían rascados por la salitre y los nietos de los braceros seguían dando muy malas propinas.

 

Era un día soleado, con graciosas nubes de color crema que jugaban la luz que ya comenzaba a declinar. La vieja castañera dio la enésima vuelta a la fuente y, tras enjuagarse las manos, siguió sacudiendo el brasero. Se puede decir que casi lo saludó con un breve gesto de cejas. La voz de la trompeta se alzó entonces por encima de las columnas del hospital y resbaló por los escalones como aguas lentas hasta la plaza. Era como un enorme reloj de sol, por eso le gustaba ese sitio. Emmel acabó por encontrar su melodía y se dedicó a escucharse por dentro pensando que quizá alguien lo oiría fuera. No había caballos y tampoco nadie estaba escuchando.

 

El rumor de conversaciones perezosas y los bostezos de los ancianos se mezclaba en contrapunto con los arrullos de las palomas. Emmel las seguía observando en sus idas y venidas a pequeños vuelos. A veces silbaba un poco, sin dejar de besar la boquilla. Eran todas diferentes. Unas más altivas, otras más cautas o más curiosas. Se paseaban casi siempre desaliñadas por el mapa de adoquines de la plaza. Al volver, limpiaban el suelo sucio dejando huellas en el polvo de la calle y plumas. Salían negras de las carboneras, donde comían los jornaleros en invierno para no pasar frío. Las bravias ya no tenían ese brillo satinado en el cuello que invita a pensar en las ánades. A muchas les faltaban los dedos. Cojeaban patizambas o aleteaban casi con gracia. Emmel sabía que era una enfermedad, por eso las calles estaban plagadas de ellas pese al hambre y a los niños esmirriados. Arrastraban las uñas y las escamas en los tarsos y se arrancaban las coberteras en los días de misa, con las campanas. Cerraban tres veces los ojos y te miraban impasibles a su dolor y al tuyo cuando las esquivabas al pasar. Emmel las seguía con la mirada, pero no se le subían a los hombros porque no tenía pan.

 

Era un trompetista extraño, Emmel. Los bachilleres del otro lado del puente comentaban que hablaba con las aves y que seguramente también tendría los huesos huecos a juzgar por lo delgado que estaba. Nada lo asustaba. Sus ojos claros, verde aguamarina, desconcertaban a los transeúntes bajo el ala del sombrero, por lo que muchas veces se lo calaba, dejando la limosna en el suelo. Era lo único del verde propio de Psnaris, pero él ya no podía verlo ni en sueños. Allí todo era ocre y blanco. Las casas encaladas y las calles empinadas, sucias por el paso de los carromatos y el vuelo de las palomas negras, eran como la ropa tenida en los tejados: Monocromo. El suelo olía mal y las alcantarillas no funcionaban. Sin embargo, Emmel había aprendido a amar con locura aquel calor displicente de las horas finales de la tarde, casi acariciando la expectativa de que le dieran o no cobijo esa noche, lejos de todas aquellas aves tullidas.

 

Efectivamente, pensaba en las palomas como reflejo de él mismo, mimetizado con la costumbre de no poder hacer nunca nada. Las once callejuelas se ofrecían posibilidades que él ya no tenía fuerzas para retomar. Pensó en aquel momento que las zuritas jóvenes estaban empezando a anidar en los huecos del antiguo puerto. El verdín ya no resbalaba como antaño, por lo que podría probar a alcanzar los nidos, cenar e ir a buscar más almas de estrellas de mar para vendérselas algún alquimista loco. Llenaría más su estómago que el llanto de la trompeta.

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