Timorato II

Podría quemar flores rojas en tus mejillas,

las anémonas de la calle ancha de la ciudad.

Como ellas, te encoges de noche por las puntadas

de las cortinas blancas y demás luces.

Luces de un rostro que ni sonríen ni visten

ropas de algodón quieto los días de fiesta,

pues bailan escondidas en lugares altos.

La marcha sigue temblando hasta las puertas

de una iglesia abandonada donde dejan sus velas,

donde corre el llanto del río blanco,

donde se abrazan el eneldo y la encina

y son fresca sombra de nuestros secretos.

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