Despertador

Maullando en una puerta

que nunca se abrirá:

¡Dejad de dormir y ladrad de una vez, perros!

 

Cariño, acuérdate de arreglar los canalones,

hay claves ahí fuera.

Afinan en fa sostenido los grillos,

a los violistas los han devorado.

 

¡Dejad de dormir y ladrad de una vez!

¿Acaso no nos oyes cantar?

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A S. V. Amado

Pues llévame como una amante,

una amante de viejos lugares

y a ratos, a dos pasos del río.

 

Llévame como una amante

y te enseñaré adónde no van

los patos en invierno.

Solo como una amante,

buscaremos esos lugares de encuentro

donde todo el mundo habla.

 

Dibujaremos el lago Victoria.

Encontremos las fuentes del Nilo,

como amante

o como una aviesa ánade migrante,

caminemos a esos lugares de reencuentro

de los que todo el mundo habla.

 

Llévame como una amante

a los rincones donde comienzan

esos puentes llamados de los amantes

y hablemos solo del tiempo.

Mitos de Cardie II

Los últimos guardianes de los Jardines Colgantes escribieron que las bestias rondaban por el centro de la ínsula arbolada como si los propios árboles fueran sus barrotes. Se decía que aquel bosque era el coto de caza de los antiguos príncipes. Sin embargo, la supuesta inmovilidad de los ofidios había confundido a todos los biólogos y a multitud de exploradores. Un par de siglos después, la ciudadela estaba rodeada por una muralla mucho más alta que la torre del faro Tornasol. Entre tanto, en sus sillares habían crecido zarzas y hiedras con flores y frutos. Una enorme madreselva lo cubría todo y la única luz que se avistaba a la noche era la verdosa luminiscencia de las luciérnagas.

Al parecer, la Gran Serpiente había dejado todas sus mudas atrás, rehusando de su enorme tamaño y de todos los mitos que arrastraba con ellas. Muchos aseguraban que en los tiempos de la caída del Imperio esta no debía de aparentar mucho más que una inofensiva boa de ojos irisados. Sin embargo, había visto sus escamas durante toda la travesía. En el valle ya no quedaba ninguna porque se comerciaban a alto precio como una rareza que pululaba a escondidas de mano en mano.

Antes de comenzar a subir durante semanas, había consultado todos los textos y testimonios sobre los Jardinea, frustrándome una y otra vez cuando encontraba una palabra mal traducida. ¿Qué piedra es más que piedra? Cada Luna los capítulos se volvían más extraños y crípticos, a la par que mis pensamientos. Empezamos a encontrarnos estatuas de felinos mansos. Al principio pequeños, luego más y más grandes. Nunca se repetía ningún patrón. O quizá era porque cada vez que los mirabas parecían cada vez más distintos. Cuando se me acabaron las páginas del primer diario, para que se entienda todo lo que me veo obligado a recapitular, comenzamos a ver pájaros de nuevo. Su canto era igual que su vuelo, melodioso y lento; por su plumaje, cualquiera se pondría a pensar en las hojas otoñales balanceadas por el viento.

Hubo una vez que nos topamos con una fuente seca, la coronaba la única estatua humana que encontramos fuera de las murallas. Estaba tallada en alabastro atacado por una especie de grisalla. Era una mujer menuda vestida solo con una falda de plumas. En sus brazos lucía brazaletes en los cuales el tallado era especialmente minucioso, casi narrativo. Su pelo, en cambio, era una maraña de trenzas desordenadas y multitud de abalorios que llegaban hasta el suelo. La rodeaban los mismos felinos mansos que habían que nos habían acompañado en nuestro peregrinaje. La explanada, reparé entonces, dibujaba una espiral perfecta y ella era el centro de todo: el centro de la caza de aquellos asombrosos animales de piedra, el centro del cauce de la Gran Serpiente y el centro de la montaña. Como es de esperar, también fue el centro de nuestras miradas con su sonrisa displicente. A nuestro alrededor el aire tomó una consistencia inequívoca que solo podía significar que nos hallábamos ante la presencia de una diosa.

Susurros de un wadi

Sé como un río. Un río apacible, que se depure rápido, que tenga cantos rodados planos que la gente rescate de debajo de la corriente cristalina y presione contra sus mejillas, los bese incluso y piense, qué bonito recuerdo.

Qué buena persona. Puede aguantar un día más. Pero no existe el río perfecto. Demasiados puentes, cemento y peces de plástico. Demasiadas tortugas en el trópico equivocado.

Porque el mío es como un mar plano, en seguida ve el borde, la poza, la cascada y el fin.

Miles de sucesos trágicos desfilan por las ideas del agua, que es turbia, no potable; aunque en muchas ocasiones le dé por vestirse de un buen baño y una tarde inolvidable con tus amigos de toda la vida. Es un revoltijo de hierbas, metales oxidados y cabras muertas e hinchadas en ibones.

No. No somos como un río.

Porque nadie puede sentir toda esa lluvia y no agachar la cabeza al verse caer por un vacío injustificable. Y ven ese miedo a lo que vendrá después. Esa incapacidad de contenerse como un wadi que no da nada y después lo destruye todo y al segundo ha vuelto a su pasado (antecopretérito).

Muerde tu almohada de brezo e intenta que vuelva el silencio de esa noche de felicidad. Con las estrellas y demás luces, florerán las plantas de Joshua en tu desierto de arenas color melocotón.

Pero repite un lapidario: “No llueve” y te da vergüenza recordar. Como todas esas veces que tomaste el cruce equivocado y te perdiste, y el camino te persiguió durante años, justo como la sombra de los árboles más altos a la luz del sol más bajo.  Y aún hoy en día sigue dibujado en las plantas de los pies. Te habla la tinta de tu piel. Esa ilusión de tierra firme no hace más que hundir al propio agua, y con ella, a todos sus navegantes.

Paradójico que el agua seque al agua y que el amor consuma al amor.

No te fíes de ese río.

No es más que barro que te devorará vivo.

 

Cita

Mira y Vero

Si desgrano la tarde

y no puedo entrar

¿cómo podré mirarte?

No dejo de preguntarme.

No puedo pasar,

y si ambas desgranamos

esta misma tarde,

que es un elogio

al simple mirar,

¿cómo podré verte?

Ya ves, maldito Hesse

Llevo toda la semana pensando que volaba,

sacando ratos pequeños

para llevarte de vuelta a mis infiernos.

Son como esos testimonios

del principio de los tiempos,

que coleccionabas en tu álbum de recortes

de periódicos en blanco y negro,

esos que celebran encuentros, extraños, triunfos.

 

Como cuando te vi beber, brillar

y respirar todo ese humo

y tomar cada bocado de cada momento.

Y tú solo dices que no es más que otro brillo en el río.

Y tomas otro sorbo de vino.

Porque no es nuestro directo.

Porque nunca es el momento.

 

Porque se duerme poco con estas ganas de volver.

Y tú ni siquiera mirabas atrás por si lo hacías.

Pero nos veremos un día antes.

Volveremos a vernos un día terrorífico.

En uno de tus domingos apocalípticos,

en esos en los que el tren siempre llega tarde.

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“Ante él tenía una habitación larga y estrecha, que se perdía al fondo en penumbra. En las paredes había estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todo tipo y tamaño”. La historia interminable, Michael Ende - BLOG DE LITERATURA FANTÁSTICA -