Cola de pez

Quién no ha sido

alguna vez

ente extraño,

pelo en la sopa,

silencio en el ruido,

vara de estaño,

cola de pez.

Quien no lo ha sido.

No lo ha querido ser.

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San Cristóbal

De niña conocí a un niño.

De niñas nos enseñan a examinarnos.

Él se traía, con la medalla de oro,

vírgenes (señoras) de pupitre.

Lourdes y Mª del Carmen.

 

El profesor, guardián, guía, pastor;

un cura viejo adicto al tabaco,

entonces les levantaba

a sus vírgenes, protectoras, madres,

sus vestidos fabricados en China

con mucho y recatado descaro.

 

No fuera por casualidad a cumplirse

las plegarias de un niño y el rezo

le proporcionara alguna respuesta.

Yo no podía hacer más que temer,

que sin medallas de plata al cuello,

no  fuera por casualidad a cumplirse.

 

Despertador

Maullando en una puerta

que nunca se abrirá:

¡Dejad de dormir y ladrad de una vez, perros!

 

Cariño, acuérdate de arreglar los canalones,

hay claves ahí fuera.

Afinan en fa sostenido los grillos,

a los violistas los han devorado.

 

¡Dejad de dormir y ladrad de una vez!

¿Acaso no nos oyes cantar?

A S. V. Amado

Pues llévame como una amante,

una amante de viejos lugares

y a ratos, a dos pasos del río.

 

Llévame como una amante

y te enseñaré adónde no van

los patos en invierno.

Solo como una amante,

buscaremos esos lugares de encuentro

donde todo el mundo habla.

 

Dibujaremos el lago Victoria.

Encontremos las fuentes del Nilo,

como amante

o como una aviesa ánade migrante,

caminemos a esos lugares de reencuentro

de los que todo el mundo habla.

 

Llévame como una amante

a los rincones donde comienzan

esos puentes llamados de los amantes

y hablemos solo del tiempo.

Mira y Vero

Si desgrano la tarde

y no puedo entrar

¿cómo podré mirarte?

No dejo de preguntarme.

No puedo pasar,

y si ambas desgranamos

esta misma tarde,

que es un elogio

al simple mirar,

¿cómo podré verte?

Ya ves, maldito Hesse

Llevo toda la semana pensando que volaba,

sacando ratos pequeños

para llevarte de vuelta a mis infiernos.

Son como esos testimonios

del principio de los tiempos,

que coleccionabas en tu álbum de recortes

de periódicos en blanco y negro,

esos que celebran encuentros, extraños, triunfos.

 

Como cuando te vi beber, brillar

y respirar todo ese humo

y tomar cada bocado de cada momento.

Y tú solo dices que no es más que otro brillo en el río.

Y tomas otro sorbo de vino.

Porque no es nuestro directo.

Porque nunca es el momento.

 

Porque se duerme poco con estas ganas de volver.

Y tú ni siquiera mirabas atrás por si lo hacías.

Pero nos veremos un día antes.

Volveremos a vernos un día terrorífico.

En uno de tus domingos apocalípticos,

en esos en los que el tren siempre llega tarde.

Timorato II

Podría quemar flores rojas en tus mejillas,

las anémonas de la calle ancha de la ciudad.

Como ellas, te encoges de noche por las puntadas

de las cortinas blancas y demás luces.

Luces de un rostro que ni sonríen ni visten

ropas de algodón quieto los días de fiesta,

pues bailan escondidas en lugares altos.

La marcha sigue temblando hasta las puertas

de una iglesia abandonada donde dejan sus velas,

donde corre el llanto del río blanco,

donde se abrazan el eneldo y la encina

y son fresca sombra de nuestros secretos.

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