Wifi

“Qué ves”.

“Una mancha”.

Me dijo que no mirara solo a la mancha, pero como el blanco no me decía nada a excepción de la presencia de las manchas, dije:

“Un gato”.

“¿Un gato?”

“Un gato bien gordo. Con manchas blancas y negras. Como una vaca. Ya sabes… Con bigotes muy largos y blancos, de esos que siempre sonríen muy felices y bostezan con una lengua casi roja”.

>> Los sueños de una vaca fue mi libro preferido hasta que descubrí un Paraíso inhabitado. Así que hace sol y todos nos estiramos los domingos buscando manchas, cuando la mañana está ya muy avanzada. También bostezamos.

“Sabe muchas cosas, muchas cosas que ocurren detrás de las ventanas. Acostumbra a tomar el sol desde el tercer piso de un bloque de vecinos sin ascensor. Observa el ir y venir de las moscas y mueve el rabo. Antes cazaba palomas, pero ahora solo se lame las uñas con los ojos cerrados”.

“¿Y qué mira?”

>> ¿No te acabo de decir que tiene los ojos cerrados? (Pienso, irritada). Casi puedo oír la historia del mirar y del ver otra vez sonando en mi cabeza. “Mira y Ver se conocieron una tarde roja de otoño…”

Mira a una mujer. Mira es una mujer. Está en ropa interior, gris y vieja. Hoy es el día de la colada, pero los animales no reparan en estas cosas, o al menos no deberían importarles. La mira porque está o parece feliz. Canta y baila sin música. Lo hace muy mal. Barre a veces y come aceitunas. Es muy graciosa, incluso cuando enciende la radio y deja de oír su voz grave. Y suena una de esas canciones que todo el mundo conoce pero nadie sabe cómo se llaman. Suelen sonar como recuerdos bonitos, pero los vamos olvidando con el tiempo.

“Cuéntame algo de esa mujer”.

“Esa chica no tiene nombre, aunque el gato sí. (la lavadora suena con un pitido.) Se sirve un vaso de agua y se ríe un poco de sus propios pensamientos. Las pinzas, todas verdes, parecen cocodrilos. Ella tiene las uñas de los pies pintadas de color amarillo. Ahora toda la calle respirará el olor de la ropa limpia.

>> Las sábanas pueden ser nubes y los calcetines, pequeños gorriones. Así parece un dibujo de niño pequeño donde todo se invierte y tiene sentido. El cielo es blanco folio y las nubes y los pájaros le han robado el azul a las cortinas. Solo tienes tres colores al fin y al cabo y las líneas nunca fueron negras.

Viernes. Escrito en El reloj de Sol. C/ Capitán Salazar Martínez.

Palomas escañadas

Emmel acarició los pistones y se lamentó alegremente en aquel rincón múltiple de la avenida. La sexta Herma siempre estaba llena de gente pero nadie iba a ninguna parte o no había sitio adónde ir. Era el Herma condenado porque era la ciudad del mar seco. Emmel había estudiado en el salón de su tío las Guerras del Canal, pero solo recordaba que habían sido muy largas y que no habían solucionada nada. Lo adoquines, sin embargo, seguían rascados por la salitre y los nietos de los braceros seguían dando muy malas propinas.

 

Era un día soleado, con graciosas nubes de color crema que jugaban la luz que ya comenzaba a declinar. La vieja castañera dio la enésima vuelta a la fuente y, tras enjuagarse las manos, siguió sacudiendo el brasero. Se puede decir que casi lo saludó con un breve gesto de cejas. La voz de la trompeta se alzó entonces por encima de las columnas del hospital y resbaló por los escalones como aguas lentas hasta la plaza. Era como un enorme reloj de sol, por eso le gustaba ese sitio. Emmel acabó por encontrar su melodía y se dedicó a escucharse por dentro pensando que quizá alguien lo oiría fuera. No había caballos y tampoco nadie estaba escuchando.

 

El rumor de conversaciones perezosas y los bostezos de los ancianos se mezclaba en contrapunto con los arrullos de las palomas. Emmel las seguía observando en sus idas y venidas a pequeños vuelos. A veces silbaba un poco, sin dejar de besar la boquilla. Eran todas diferentes. Unas más altivas, otras más cautas o más curiosas. Se paseaban casi siempre desaliñadas por el mapa de adoquines de la plaza. Al volver, limpiaban el suelo sucio dejando huellas en el polvo de la calle y plumas. Salían negras de las carboneras, donde comían los jornaleros en invierno para no pasar frío. Las bravias ya no tenían ese brillo satinado en el cuello que invita a pensar en las ánades. A muchas les faltaban los dedos. Cojeaban patizambas o aleteaban casi con gracia. Emmel sabía que era una enfermedad, por eso las calles estaban plagadas de ellas pese al hambre y a los niños esmirriados. Arrastraban las uñas y las escamas en los tarsos y se arrancaban las coberteras en los días de misa, con las campanas. Cerraban tres veces los ojos y te miraban impasibles a su dolor y al tuyo cuando las esquivabas al pasar. Emmel las seguía con la mirada, pero no se le subían a los hombros porque no tenía pan.

 

Era un trompetista extraño, Emmel. Los bachilleres del otro lado del puente comentaban que hablaba con las aves y que seguramente también tendría los huesos huecos a juzgar por lo delgado que estaba. Nada lo asustaba. Sus ojos claros, verde aguamarina, desconcertaban a los transeúntes bajo el ala del sombrero, por lo que muchas veces se lo calaba, dejando la limosna en el suelo. Era lo único del verde propio de Psnaris, pero él ya no podía verlo ni en sueños. Allí todo era ocre y blanco. Las casas encaladas y las calles empinadas, sucias por el paso de los carromatos y el vuelo de las palomas negras, eran como la ropa tenida en los tejados: Monocromo. El suelo olía mal y las alcantarillas no funcionaban. Sin embargo, Emmel había aprendido a amar con locura aquel calor displicente de las horas finales de la tarde, casi acariciando la expectativa de que le dieran o no cobijo esa noche, lejos de todas aquellas aves tullidas.

 

Efectivamente, pensaba en las palomas como reflejo de él mismo, mimetizado con la costumbre de no poder hacer nunca nada. Las once callejuelas se ofrecían posibilidades que él ya no tenía fuerzas para retomar. Pensó en aquel momento que las zuritas jóvenes estaban empezando a anidar en los huecos del antiguo puerto. El verdín ya no resbalaba como antaño, por lo que podría probar a alcanzar los nidos, cenar e ir a buscar más almas de estrellas de mar para vendérselas algún alquimista loco. Llenaría más su estómago que el llanto de la trompeta.

A mi hermano

Se halla usted ante la PRIMERA PÁGINA.

No se asuste, por favor, ante la multiplicidad de opciones y alternativas; aunque conozco el tipo de afición que compartimos por los laberintos kafkianos. Y nos encantan las páginas vacías. Agradezca los espacios en blanco como aquellos llenos de tinta.

Ya sabe lo mucho que se agradecen los silencios. Silencios de redonda.

Pero ¡EH! Esa no es excusa para mandar este maravilloso soporte a DORMIR y, a largo plazo, a MORIR (¡ A LA MUERTE!).

Aléjalo usted del fuego y de sustancias inflamables. Déjale saber del sol, del aire, del frío y de la lluvia como a un hijo pródigo, para que aprecie lo cómodo que es el interior de una mochila nueva.

Por ende: Viaje, escriba, dibuje, ame ¡y gástese! ¡Gaste maravilloso tiempo! Cree cosas bellas con él… y aproveche para conocerse a sí mismo.

Con amor, un viernes;

Su hermana.

Teselas II

Séptimo día (******* – ******).

Casi pierdo el autobús. La conductora a penas ha echado un vistazo al billete. Qué demonios, ni siquiera lo ha mirado. Mi caligrafía da gusto con tanta curva. Es extraña la calma del viaje y el buen humor. El pequeño nudo en el estómago. Voy a matar la incertidumbre y el pánico social a pase de palizas como esta, nueve horas y media en un asiento de autobús. Con temazos en lo auriculares, me arrebujo en una sudadera verde, enorme y gastada que no es mía y miro al este.

Supongo que luego no podré leer nada de esto. Podría escribir sobre esta semana. Aprovechar que los audios continúan en la SD. Tengo tiempo de sobra. El relato que sigue a este sigue pendiente y a decir verdad, como no es más que una transcripción tampoco recuerdo gran parte de lo que quería contar bajo este epígrafe. Algo sobre velatorios solitarios en lugares altos. Siempre puedo volver a preguntarle sobre el entierro de aquel hombre ermitaño o pedir que me lleve allí. No creo que vaya nunca y, aún así, continúo. Tampoco busqué a Murakami ni a S. Thomson. Nada de blues y dinosaurios hasta nueva orden. No hablemos de asuntos demasiado personales de momento.

Pasamos la primera parada y no sé dónde estamos. A la izquierda de la estación hay una gasolinera de color verde. Solo se han subido un par de chavales tras una calurosa despedida (si es que eso es posible). Hay un olor que me desagrada. Recuerda, en la segunda parada, cambiarte de sitio, porque esto se irá llenando; así que enfila hacia los asientos de delante. No sé por qué no lo hiciste en primer lugar (que conste que nunca la hizo). Y yo pensaba dejar el bolígrafo en casa. Me sentaré cerca de las dos chicas asiáticas que van a ***** y se equivocaron de lado del maletero; por ello se habían ganado la apreciación general y chabacana de tener las piernas bonitas. A mí también me lo parecen, pero sé que si estuviera de mal humor odiaría todo esto. ¿Les estaré mirando mal?

El frío y el paisaje, el rocío y el amanecer son bonitos también.

Últimamente siempre hago lo mismo. Me dejo sorprender por los acontecimientos aunque estén planeados desde hace semanas. Ya te pondrás nerviosa cuando te veas inmersa en la Situación hasta las cejas -se repetía-. Hacer este viaje sola tiene sus pros y sus contras, pero dado que nunca he sido de esas personas que sopesan y enumeran ordenadamente ventajas y desventajas, no voy a empezar ahora. Es suficiente estar contenta porque acaba saliendo bien. Hay un asunto, sin embargo , que me lleva preocupando un tiempo… pero no lo voy a escribir porque ya lo he hecho muchas veces y que quieres que diga, ya cansa: Miente aunque no sabe y las echa de menos porque es insensible a su manera.

A las 8:30 se bajó un pasajero con una bolsa de deporte de color marrón. Teniendo en cuenta lo poco que he escrito en treinta minutos, el viaje está ya asegurado. Así se me cansarán los ojos y dormiré al menos cinco horas esta noche. No puedo decir que no me importa… Al final, siempre doy uso a todos mis regalos. Aviso que esto es ejercicio torcido de memoria y digresión.

Llegué por la noche enlatada, medio dormida mirando estrellas. A la mañana siguiente sentí como si nunca hubiéramos dejado ese lugar donde pensamos demasiado y decimos muy poco. No cambiamos y todos los demás han quedado muy lejos, pese a que sigue pareciendo el mismo sitio. A lo mejor me arrepiento.

Volvemos a pararnos. Yo no me muevo. Hace algo de frío y tengo la carne de gallina. Pienso por un momento que siempre empezamos nuestras charlas vacías así. Salimos a caminar entre eucaliptos y como se repite, prolongamos nuestro alegre coloquio hasta el infinito. Ella también me miente. Al final acabaré por echar de menos a todo el mundo.

Fui al mar una vez, un miércoles, y siempre he querido regresar.

Esta es la cuarta parada. Se sube un hombre con fedora verde y una curiosa botella de agua en el apartadero de los nogales y los cubos de basura. Levanto los ojos del papel y observo como escribe los números 6 – 3 – 11 – 10 – 9 – 7 en lo primero que encuentra. Quedan seis minutos para las nueve  y, en la quinta parada, se suceden múltiples bajadas y subidas. Hay una palmera junto a la casa rural. Nunca he entendido por qué necesitan tantas cosas para solo caminar. Parece que el grupo va a hacer senderismo y todo.

Decidle adiós al globo negro y prometedle que lo volveréis a ver muy pronto.

El móvil me sobresalta. Ya se ha despertado uno de mis huéspedes. Igual que yo de mis fantasías. Manoseo el recibo que llevo guardado en el bolsillo que no está sobre el corazón y calculo mentalmente los minutos que llevamos de retraso aún con la carretera despejada. Arrugo el papel, para nada nerviosa. Yo creo que llegará un punto en el que aprenderé a operar recuerdos.

“Dirección  *****”. Esto sería más fácil con un mapa. Tengo que ver al rojo, de eso no te quepa duda. Volvamos a esta semana, ya que hacemos oficialmente una hora. Me tumbé al sol en *****, en la cala de la otra orilla y me ha salido una mancha de color café en el costado derecho. Tampoco nadé muy bien. Había corrientes frías y pasé miedo. Pero la ruta en sí, con sus cuestas y su paso por la cantera me hizo sentir bien, más fuerte.

Creo que me estoy perdiendo algo ¿Fuimos al centro al día siguiente? Al final me he quedado sin mi pulsera de cuero. Me invitó a un helado de yogur con guindas y fresa. Compró una tarta de queso. Sigo sin acordarme de cuándo llegará el mercado medieval. Paseamos mucho. Tiene pinta de piragüista. De piragüista borracho.

Debería tocar algo cuando esté deprimida o aburrida. Normalmente son las dos cosas. Ayer me despedí de la terraza roja y de su pedazo de cielo estrellado. Un pedazo que se desgarra un poco cada verano. A penas hice la mitad de los ejercicios, pero al menos el suelo se secó al tercer día. El banco seguía mojado. Orbayó durante dos y no pudimos hacer la colada (siento ese plural). La mitad del equipaje va ir en una bolsa de basura.

Ayer fuimos al río a cuyas riberas van a cantar los poetas y a pescar los pescadores sin licencia. Como siempre. No empezó bien por dentro y al principio. Caminamos por un sendero resbaladizo e intrincado. Tienes que concentrarte tanto en no pensar en otra cosa que no sea tu propio equilibrio que habría lamentado perdérmelo. Ya sabes cómo suena el dejarse llevar. En realidad, ni siquiera hablamos tanto. Comentamos libros y estupideces.

Fuimos a recorrer las calles del barrio donde mi madre vivió un tiempo y compramos cosas que necesito y no utilizaré. En la segunda visita me quedé dormida. Podría probar suerte, tan solo llevamos una hora y media de trayecto.

Ah, cómo les gusta la distancia a los cobardes.

La gente paga por su asiento en el sitio. Y hay un montón de gente. Seguro que más de uno se ha colado. Dejadme sola, por favor. No hubo suerte.  Antes de empezar a teorizar sobre planes futuros, recordemos algunos números de teléfono.

El día de mi cumpleaños pedí un postre demasiado dulce. Tres días después llegaron las felicitaciones. Ese fue el único día que nadé, así que esto no debería estar en este párrafo. En el otro bolsillo, el que está en el corazón, guardo un trozo de cuarzo y una carta que me recomendaron que esperase hasta ayer para  leerla, pero la verdad es que aún no la he abierto.

Teselas

¿Libros?”.

Libros”.

¿Y por eso… has dejado morir a tu caballo en las dunas del desierto?”

Cierto”.

No me lo gasto todo en cuervos. Soy yo. Pero son ellos. No son míos ni del viento. Además, siempre sobra algo para la manutención de mí mismo”.

Lo vi, allí arriba, en la gigantesca cabeza de la gigantesca estatua de piedra. Parecía…

Una huella. En la corteza. Sus zarpas estaban por todas partes. No podía seguirle”.

Tampoco podía guardarlas. Es una bestia plantígrada”.

Pero, por la noche, las luminiscencias del pantano suben como niebla venenosa por los recovecos del valle. Yo lo vi”.

No era ningún truco”

Me dejaron atado en el centro de cinco enormes hormigueros que subían hasta el cielo como la obra arquitectónica más perfecta que haya visto jamás el hombre”.

Pronto cogeremos la siguiente corriente ascendente, no te preocupes. Mientras caemos… ¿Te apetece un té de canela?”.

Detesto la canela”.

Entonces de ciruela. Son frutas enfadadas, justo como tú, Claud. Sin embargo…”

Los mineros metían hasta el codo sus brazos lacerados por la lluvia y el disolvente. Ya no era una mina que respiraba, pero era preferible tener el cielo abierto sobre sus cabezas a estar pendientes y rezar al equilibrio de los entibados. Como hace un par de meses. El canario entró en pánico mientras cantaba a una ola caliente y que una sola chispa podía hacer que todos saltasen por los aires”.

La cuarta impresión.

– Cuidado, que viene un escalón.
Me dejo guiar por su voz mientras no puedo evitar sonreír. Casi prefiero no saber a dónde me lleva. Es increíble cómo pueden llegar a cambiar las tornas. Efectivamente, un par de metros más allá, el suelo baja bruscamente en un cortado irregular. El pavimento cambia y mis zapatillas resbalan sobre los cantos lisos y mojados. Mis me agarra firmemente por la cintura y el codo, aunque al trastabillar no me habría caído. Se entretiene y se me escapa una risa seca.
Oigo el tintinear de una llave, quizá la que llevaba colgada al cuello, y el forcejeo con una puerta que queda a mi izquierda. Desliza sus dedos fríos hasta mi mano.
– Las damas primero. ¿No estarás mirando?
– Que no. Mis ojos están…
– ¿Es ella?
Una voz nueva llega a mis oídos con un ligera reverberación. Es aguda, casi como la de un niño. Se me ocurre que puede ser el hermano pequeño de Mik.
– Sí. Ya puedes abrirlos, Clarie.
No sé qué estaría pensando, pero desde luego no en aquello.
Un pequeño hangar bien iluminado se extiende ante mis ojos, aunque la lógica me dice que no encaja para nada en esa parte de la ciudad. Y está lleno de maniquíes de todos las formas y colores. La mayoría están vestidos. Parece un galería de arte moderno. Mientras unos extienden sus articulaciones hacia arriba, como si estuvieran saludando, otros aparecen sentados, casi reflexivos o directamente tirados sin cuidados por el suelo. También hay algunos muebles viejos, pero no demasiados.
Parpadeo varias veces, acostumbrándome al cambio de luz, sin saber qué decir.
– No es lo que esperabas ¿verdad?
El dueño de aquella voz tan curiosamente infantil aparece entre una montaña de revistas viejas apiladas en una lancha de color naranja salvavidas.
Es un chico delgado y rubio cenizo. Da un pequeño salto y se acerca a mí como si se sintiera más cómodo entre desconocidos. Me da dos besos y yo le digo hola.
– Éste es Bosco. Está a la cabeza del negocio.
– No me gusta llamarlo negocio, en realidad – dice él, rascándose la nuca.
El gesto le suma tres años más. Mira al suelo y luego a mí, me sonríe sin dientes. – No hablas mucho –.
Es la primera vez en mi vida que esa apreciación no me molesta. Es la verdad. Avanzo un poco. Al rozar sin querer uno de los maniquíes y oigo un débil tintineo. Es de plástico negro, muy delgado y con el cuello sorprendentemente largo. Lleva un chaquetón viejo, también negro. En su bolsillo descansan un racimo de cascabeles plateados.
– Supongo que podemos empezar con los anillos – dice Bosco mientras se sacude las palmas de las manos. Es un simple gesto. Sus dedos están limpios.
– Yo tengo que irme, pero te aseguro que te va a sorprender – Mik me besa, dejándome algo desconcertada – Nos vemos más tarde.
Bosco me lleva al otro extremo de la habitación.
– Sí, empezaremos por ahí. Los anillos son interesantes.
Tiene una sonrisa perfecta y en seguida comprendo por qué no me había dado la mano al entrar.

mannequins:

vintageandchicblog.com

Con el tiempo, los malos hábitos tienden a convertirse en meros auto-reflejos.

Usureros y niñas ingenuas (Iklia).

Olía pan recién salido del horno. A especias de embutidos. Pimentón, pimienta, ajo, guidillas y sal. Los puestos de dulces se movían de un lado a otro del mercado. Manzanas cegadas tras una espesa capa de caramelo. Más ancha que cualquier vidrio de invierno. Brillaban y se despegaban con zumo de limón. Chocolates y chucherías de frutas caramelizadas y malvaviscos dulces.

No tenía ojos para tantas maravillas, ni dinero; pero eso ahora no le importaba demasiado. Una banda de música ruidosa se paseaba por los puestos de comidas; donde el aceite saltaba de las enormes sartenes como pequeños guerreros indelebles.

Iklia no echaba de menos una mano más grande que la suya que le guiara entre el gentío. Todo lo contrario. Se sentía libre sin ojos de piedra sobre ella. Y todo lo que había robado con palabras rápidas y pies ligeros le quemaba en el bolsillo que nunca se acostumbraría a convivir con la plata; pues todos sabemos lo rápido que huye ante el calor del mercado.

Quería sentirse como pez en el agua y cierto era que ella se vestía con escamas y respiraba aquel aire extraño como si hubiera nacido en él. Sobre rocas frías de río, pulidas ante el constante ir y venir de la naturaleza en todas sus formas. Sólo había un problema. Un pez de agua dulce no puede aventurarse al océano sin aún sabe perderse.

Cuero en manos hábiles. Vidrio por encima de una llama azul, pompas de cristal finas como un cabello. Alfareros de los gólems de barro. Uñas de color arcilla y piel de tierra. Adivinas, echadores de cartas, usureros.

Es increíble el tipo de conciencia que adoptamos al estar solos.

Se sintió extrañamente amable. Quería buscar regalos para todos aquellos que le ayudaban a ese lado de la Puerta de Peltre. Perfumes o aceites. Joyas. Dulces y pan de nueces y pasas. Todo parecía atesorar oro macizo en el interior porque pronto su pequeña riqueza se evaporó como si nunca hubiera existido. El Cetrero le habría avisado antes, pero no se dio cuanta de su falta de elocuencia hasta salir del mercado. Era una de sus atmósferas. Luces, ganas de gastar, despreocupación. Por eso el cielo de veía tan extrañamente claro. Casi azul, tal y como lo recordaba.

Pero quería algo para ella, algo que ostentara su nombre y la llamara por sus dos sílabas como si siempre la hubiera estado esperando. Iklia conocía ese tipo de objetos, destinados a una sola persona desde el momento de su creación.

El puesto era La Luna de Plata, amuletos y males de ojo convivían en una sábana que hacía mucho que no era blanca. Pero no encontró nada, sólo deslizó las yemas de los dedos sobre las bolsas de preparados y las tablillas de hueso que tintineaban a la más mínima brisa de viento.

Morrocan pottery -

Amuletos de Ocarina. Colgado de una raíz de la suerte, tan difícil de conseguir y de hilar. Se perlaba en frutos a pesar de no ser la estación de las Perlas. La música siempre puede ser un buen amuleto, pensó; para proteger a la ingenua Iklia desde luego; sin embargo, la suerte es cara y la seguridad triplica su precio. Compró la ocarina de plata, pero era tan cara que vació sus bolsillos hasta de grillos de jengibre que había comprado para comer por el camino y su vista durante toda una luna. Iklia fue estafada por la ilusión de tener algo suyo (completamente propio) colgando sobre su cuello por una vez. Algo que ella misma había elegido. Nadie la había obligado. Pero los dedos de las vendedoras son demasiado largos y… ¿Quién podía saber que Ocarina era la hermana de Luna de Plata? No se parecían en nada. Quien lo supiera no podía decir otra cosa. Y no hay nada más valioso que la vista de una joven inocente para alguien cuyo interés se ha cegado por sus ansias de belleza en largas columnas de números apretujados. Para los ojos que alguien demasiado viejo para preocuparse de algo más que de sus cataratas o de sus dedos largos y uñas sin limar.

Lo que Luna plateada ni Ocarina descubrirían nunca era el enorme favor que le harían a Iklia privándole de su sentido más engañoso. De otra manera, jamás habría podido conocer a Kazihf, el encantador de serpientes. Jamás habría descubierto todo lo que puede ver una persona de ojos empañados e invidentes cuando abre su mente.

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