Mitos de Cardie II

Los últimos guardianes de los Jardines Colgantes escribieron que las bestias rondaban por el centro de la ínsula arbolada como si los propios árboles fueran sus barrotes. Se decía que aquel bosque era el coto de caza de los antiguos príncipes. Sin embargo, la supuesta inmovilidad de los ofidios había confundido a todos los biólogos y a multitud de exploradores. Un par de siglos después, la ciudadela estaba rodeada por una muralla mucho más alta que la torre del faro Tornasol. Entre tanto, en sus sillares habían crecido zarzas y hiedras con flores y frutos. Una enorme madreselva lo cubría todo y la única luz que se avistaba a la noche era la verdosa luminiscencia de las luciérnagas.

Al parecer, la Gran Serpiente había dejado todas sus mudas atrás, rehusando de su enorme tamaño y de todos los mitos que arrastraba con ellas. Muchos aseguraban que en los tiempos de la caída del Imperio esta no debía de aparentar mucho más que una inofensiva boa de ojos irisados. Sin embargo, había visto sus escamas durante toda la travesía. En el valle ya no quedaba ninguna porque se comerciaban a alto precio como una rareza que pululaba a escondidas de mano en mano.

Antes de comenzar a subir durante semanas, había consultado todos los textos y testimonios sobre los Jardinea, frustrándome una y otra vez cuando encontraba una palabra mal traducida. ¿Qué piedra es más que piedra? Cada Luna los capítulos se volvían más extraños y crípticos, a la par que mis pensamientos. Empezamos a encontrarnos estatuas de felinos mansos. Al principio pequeños, luego más y más grandes. Nunca se repetía ningún patrón. O quizá era porque cada vez que los mirabas parecían cada vez más distintos. Cuando se me acabaron las páginas del primer diario, para que se entienda todo lo que me veo obligado a recapitular, comenzamos a ver pájaros de nuevo. Su canto era igual que su vuelo, melodioso y lento; por su plumaje, cualquiera se pondría a pensar en las hojas otoñales balanceadas por el viento.

Hubo una vez que nos topamos con una fuente seca, la coronaba la única estatua humana que encontramos fuera de las murallas. Estaba tallada en alabastro atacado por una especie de grisalla. Era una mujer menuda vestida solo con una falda de plumas. En sus brazos lucía brazaletes en los cuales el tallado era especialmente minucioso, casi narrativo. Su pelo, en cambio, era una maraña de trenzas desordenadas y multitud de abalorios que llegaban hasta el suelo. La rodeaban los mismos felinos mansos que habían que nos habían acompañado en nuestro peregrinaje. La explanada, reparé entonces, dibujaba una espiral perfecta y ella era el centro de todo: el centro de la caza de aquellos asombrosos animales de piedra, el centro del cauce de la Gran Serpiente y el centro de la montaña. Como es de esperar, también fue el centro de nuestras miradas con su sonrisa displicente. A nuestro alrededor el aire tomó una consistencia inequívoca que solo podía significar que nos hallábamos ante la presencia de una diosa.

Anuncios

Susurros de un wadi

Sé como un río. Un río apacible, que se depure rápido, que tenga cantos rodados planos que la gente rescate de debajo de la corriente cristalina y presione contra sus mejillas, los bese incluso y piense, qué bonito recuerdo.

Qué buena persona. Puede aguantar un día más. Pero no existe el río perfecto. Demasiados puentes, cemento y peces de plástico. Demasiadas tortugas en el trópico equivocado.

Porque el mío es como un mar plano, en seguida ve el borde, la poza, la cascada y el fin.

Miles de sucesos trágicos desfilan por las ideas del agua, que es turbia, no potable; aunque en muchas ocasiones le dé por vestirse de un buen baño y una tarde inolvidable con tus amigos de toda la vida. Es un revoltijo de hierbas, metales oxidados y cabras muertas e hinchadas en ibones.

No. No somos como un río.

Porque nadie puede sentir toda esa lluvia y no agachar la cabeza al verse caer por un vacío injustificable. Y ven ese miedo a lo que vendrá después. Esa incapacidad de contenerse como un wadi que no da nada y después lo destruye todo y al segundo ha vuelto a su pasado (antecopretérito).

Muerde tu almohada de brezo e intenta que vuelva el silencio de esa noche de felicidad. Con las estrellas y demás luces, florerán las plantas de Joshua en tu desierto de arenas color melocotón.

Pero repite un lapidario: “No llueve” y te da vergüenza recordar. Como todas esas veces que tomaste el cruce equivocado y te perdiste, y el camino te persiguió durante años, justo como la sombra de los árboles más altos a la luz del sol más bajo.  Y aún hoy en día sigue dibujado en las plantas de los pies. Te habla la tinta de tu piel. Esa ilusión de tierra firme no hace más que hundir al propio agua, y con ella, a todos sus navegantes.

Paradójico que el agua seque al agua y que el amor consuma al amor.

No te fíes de ese río.

No es más que barro que te devorará vivo.

 

Cita

Wifi

“Qué ves”.

“Una mancha”.

Me dijo que no mirara solo a la mancha, pero como el blanco no me decía nada a excepción de la presencia de las manchas, dije:

“Un gato”.

“¿Un gato?”

“Un gato bien gordo. Con manchas blancas y negras. Como una vaca. Ya sabes… Con bigotes muy largos y blancos, de esos que siempre sonríen muy felices y bostezan con una lengua casi roja”.

>> Los sueños de una vaca fue mi libro preferido hasta que descubrí un Paraíso inhabitado. Así que hace sol y todos nos estiramos los domingos buscando manchas, cuando la mañana está ya muy avanzada. También bostezamos.

“Sabe muchas cosas, muchas cosas que ocurren detrás de las ventanas. Acostumbra a tomar el sol desde el tercer piso de un bloque de vecinos sin ascensor. Observa el ir y venir de las moscas y mueve el rabo. Antes cazaba palomas, pero ahora solo se lame las uñas con los ojos cerrados”.

“¿Y qué mira?”

>> ¿No te acabo de decir que tiene los ojos cerrados? (Pienso, irritada). Casi puedo oír la historia del mirar y del ver otra vez sonando en mi cabeza. “Mira y Vero se conocieron una tarde roja de otoño…”

Mira a una mujer. Mira es una mujer. Está en ropa interior, gris y vieja. Hoy es el día de la colada, pero los animales no reparan en estas cosas, o al menos no deberían importarles. La mira porque está o parece feliz. Canta y baila sin música. Lo hace muy mal. Barre a veces y come aceitunas. Es muy graciosa, incluso cuando enciende la radio y deja de oír su voz grave. Y suena una de esas canciones que todo el mundo conoce pero nadie sabe cómo se llaman. Suelen sonar como recuerdos bonitos, pero los vamos olvidando con el tiempo.

“Cuéntame algo de esa mujer”.

“Esa chica no tiene nombre, aunque el gato sí. (la lavadora suena con un pitido.) Se sirve un vaso de agua y se ríe un poco de sus propios pensamientos. Las pinzas, todas verdes, parecen cocodrilos. Ella tiene las uñas de los pies pintadas de color amarillo. Ahora toda la calle respirará el olor de la ropa limpia.

>> Las sábanas pueden ser nubes y los calcetines, pequeños gorriones. Así parece un dibujo de niño pequeño donde todo se invierte y tiene sentido. El cielo es blanco folio y las nubes y los pájaros le han robado el azul a las cortinas. Solo tienes tres colores al fin y al cabo y las líneas nunca fueron negras.

Viernes. Escrito en El reloj de Sol. C/ Capitán Salazar Martínez.

Palomas escañadas

Emmel acarició los pistones y se lamentó alegremente en aquel rincón múltiple de la avenida. La sexta Herma siempre estaba llena de gente pero nadie iba a ninguna parte o no había sitio adónde ir. Era el Herma condenado porque era la ciudad del mar seco. Emmel había estudiado en el salón de su tío las Guerras del Canal, pero solo recordaba que habían sido muy largas y que no habían solucionada nada. Lo adoquines, sin embargo, seguían rascados por la salitre y los nietos de los braceros seguían dando muy malas propinas.

 

Era un día soleado, con graciosas nubes de color crema que jugaban la luz que ya comenzaba a declinar. La vieja castañera dio la enésima vuelta a la fuente y, tras enjuagarse las manos, siguió sacudiendo el brasero. Se puede decir que casi lo saludó con un breve gesto de cejas. La voz de la trompeta se alzó entonces por encima de las columnas del hospital y resbaló por los escalones como aguas lentas hasta la plaza. Era como un enorme reloj de sol, por eso le gustaba ese sitio. Emmel acabó por encontrar su melodía y se dedicó a escucharse por dentro pensando que quizá alguien lo oiría fuera. No había caballos y tampoco nadie estaba escuchando.

 

El rumor de conversaciones perezosas y los bostezos de los ancianos se mezclaba en contrapunto con los arrullos de las palomas. Emmel las seguía observando en sus idas y venidas a pequeños vuelos. A veces silbaba un poco, sin dejar de besar la boquilla. Eran todas diferentes. Unas más altivas, otras más cautas o más curiosas. Se paseaban casi siempre desaliñadas por el mapa de adoquines de la plaza. Al volver, limpiaban el suelo sucio dejando huellas en el polvo de la calle y plumas. Salían negras de las carboneras, donde comían los jornaleros en invierno para no pasar frío. Las bravias ya no tenían ese brillo satinado en el cuello que invita a pensar en las ánades. A muchas les faltaban los dedos. Cojeaban patizambas o aleteaban casi con gracia. Emmel sabía que era una enfermedad, por eso las calles estaban plagadas de ellas pese al hambre y a los niños esmirriados. Arrastraban las uñas y las escamas en los tarsos y se arrancaban las coberteras en los días de misa, con las campanas. Cerraban tres veces los ojos y te miraban impasibles a su dolor y al tuyo cuando las esquivabas al pasar. Emmel las seguía con la mirada, pero no se le subían a los hombros porque no tenía pan.

 

Era un trompetista extraño, Emmel. Los bachilleres del otro lado del puente comentaban que hablaba con las aves y que seguramente también tendría los huesos huecos a juzgar por lo delgado que estaba. Nada lo asustaba. Sus ojos claros, verde aguamarina, desconcertaban a los transeúntes bajo el ala del sombrero, por lo que muchas veces se lo calaba, dejando la limosna en el suelo. Era lo único del verde propio de Psnaris, pero él ya no podía verlo ni en sueños. Allí todo era ocre y blanco. Las casas encaladas y las calles empinadas, sucias por el paso de los carromatos y el vuelo de las palomas negras, eran como la ropa tenida en los tejados: Monocromo. El suelo olía mal y las alcantarillas no funcionaban. Sin embargo, Emmel había aprendido a amar con locura aquel calor displicente de las horas finales de la tarde, casi acariciando la expectativa de que le dieran o no cobijo esa noche, lejos de todas aquellas aves tullidas.

 

Efectivamente, pensaba en las palomas como reflejo de él mismo, mimetizado con la costumbre de no poder hacer nunca nada. Las once callejuelas se ofrecían posibilidades que él ya no tenía fuerzas para retomar. Pensó en aquel momento que las zuritas jóvenes estaban empezando a anidar en los huecos del antiguo puerto. El verdín ya no resbalaba como antaño, por lo que podría probar a alcanzar los nidos, cenar e ir a buscar más almas de estrellas de mar para vendérselas algún alquimista loco. Llenaría más su estómago que el llanto de la trompeta.

A mi hermano

Se halla usted ante la PRIMERA PÁGINA.

No se asuste, por favor, ante la multiplicidad de opciones y alternativas; aunque conozco el tipo de afición que compartimos por los laberintos kafkianos. Y nos encantan las páginas vacías. Agradezca los espacios en blanco como aquellos llenos de tinta.

Ya sabe lo mucho que se agradecen los silencios. Silencios de redonda.

Pero ¡EH! Esa no es excusa para mandar este maravilloso soporte a DORMIR y, a largo plazo, a MORIR (¡ A LA MUERTE!).

Aléjalo usted del fuego y de sustancias inflamables. Déjale saber del sol, del aire, del frío y de la lluvia como a un hijo pródigo, para que aprecie lo cómodo que es el interior de una mochila nueva.

Por ende: Viaje, escriba, dibuje, ame ¡y gástese! ¡Gaste maravilloso tiempo! Cree cosas bellas con él… y aproveche para conocerse a sí mismo.

Con amor, un viernes;

Su hermana.

Teselas II

Séptimo día (******* – ******).

Casi pierdo el autobús. La conductora a penas ha echado un vistazo al billete. Qué demonios, ni siquiera lo ha mirado. Mi caligrafía da gusto con tanta curva. Es extraña la calma del viaje y el buen humor. El pequeño nudo en el estómago. Voy a matar la incertidumbre y el pánico social a pase de palizas como esta, nueve horas y media en un asiento de autobús. Con temazos en lo auriculares, me arrebujo en una sudadera verde, enorme y gastada que no es mía y miro al este.

Supongo que luego no podré leer nada de esto. Podría escribir sobre esta semana. Aprovechar que los audios continúan en la SD. Tengo tiempo de sobra. El relato que sigue a este sigue pendiente y a decir verdad, como no es más que una transcripción tampoco recuerdo gran parte de lo que quería contar bajo este epígrafe. Algo sobre velatorios solitarios en lugares altos. Siempre puedo volver a preguntarle sobre el entierro de aquel hombre ermitaño o pedir que me lleve allí. No creo que vaya nunca y, aún así, continúo. Tampoco busqué a Murakami ni a S. Thomson. Nada de blues y dinosaurios hasta nueva orden. No hablemos de asuntos demasiado personales de momento.

Pasamos la primera parada y no sé dónde estamos. A la izquierda de la estación hay una gasolinera de color verde. Solo se han subido un par de chavales tras una calurosa despedida (si es que eso es posible). Hay un olor que me desagrada. Recuerda, en la segunda parada, cambiarte de sitio, porque esto se irá llenando; así que enfila hacia los asientos de delante. No sé por qué no lo hiciste en primer lugar (que conste que nunca la hizo). Y yo pensaba dejar el bolígrafo en casa. Me sentaré cerca de las dos chicas asiáticas que van a ***** y se equivocaron de lado del maletero; por ello se habían ganado la apreciación general y chabacana de tener las piernas bonitas. A mí también me lo parecen, pero sé que si estuviera de mal humor odiaría todo esto. ¿Les estaré mirando mal?

El frío y el paisaje, el rocío y el amanecer son bonitos también.

Últimamente siempre hago lo mismo. Me dejo sorprender por los acontecimientos aunque estén planeados desde hace semanas. Ya te pondrás nerviosa cuando te veas inmersa en la Situación hasta las cejas -se repetía-. Hacer este viaje sola tiene sus pros y sus contras, pero dado que nunca he sido de esas personas que sopesan y enumeran ordenadamente ventajas y desventajas, no voy a empezar ahora. Es suficiente estar contenta porque acaba saliendo bien. Hay un asunto, sin embargo , que me lleva preocupando un tiempo… pero no lo voy a escribir porque ya lo he hecho muchas veces y que quieres que diga, ya cansa: Miente aunque no sabe y las echa de menos porque es insensible a su manera.

A las 8:30 se bajó un pasajero con una bolsa de deporte de color marrón. Teniendo en cuenta lo poco que he escrito en treinta minutos, el viaje está ya asegurado. Así se me cansarán los ojos y dormiré al menos cinco horas esta noche. No puedo decir que no me importa… Al final, siempre doy uso a todos mis regalos. Aviso que esto es ejercicio torcido de memoria y digresión.

Llegué por la noche enlatada, medio dormida mirando estrellas. A la mañana siguiente sentí como si nunca hubiéramos dejado ese lugar donde pensamos demasiado y decimos muy poco. No cambiamos y todos los demás han quedado muy lejos, pese a que sigue pareciendo el mismo sitio. A lo mejor me arrepiento.

Volvemos a pararnos. Yo no me muevo. Hace algo de frío y tengo la carne de gallina. Pienso por un momento que siempre empezamos nuestras charlas vacías así. Salimos a caminar entre eucaliptos y como se repite, prolongamos nuestro alegre coloquio hasta el infinito. Ella también me miente. Al final acabaré por echar de menos a todo el mundo.

Fui al mar una vez, un miércoles, y siempre he querido regresar.

Esta es la cuarta parada. Se sube un hombre con fedora verde y una curiosa botella de agua en el apartadero de los nogales y los cubos de basura. Levanto los ojos del papel y observo como escribe los números 6 – 3 – 11 – 10 – 9 – 7 en lo primero que encuentra. Quedan seis minutos para las nueve  y, en la quinta parada, se suceden múltiples bajadas y subidas. Hay una palmera junto a la casa rural. Nunca he entendido por qué necesitan tantas cosas para solo caminar. Parece que el grupo va a hacer senderismo y todo.

Decidle adiós al globo negro y prometedle que lo volveréis a ver muy pronto.

El móvil me sobresalta. Ya se ha despertado uno de mis huéspedes. Igual que yo de mis fantasías. Manoseo el recibo que llevo guardado en el bolsillo que no está sobre el corazón y calculo mentalmente los minutos que llevamos de retraso aún con la carretera despejada. Arrugo el papel, para nada nerviosa. Yo creo que llegará un punto en el que aprenderé a operar recuerdos.

“Dirección  *****”. Esto sería más fácil con un mapa. Tengo que ver al rojo, de eso no te quepa duda. Volvamos a esta semana, ya que hacemos oficialmente una hora. Me tumbé al sol en *****, en la cala de la otra orilla y me ha salido una mancha de color café en el costado derecho. Tampoco nadé muy bien. Había corrientes frías y pasé miedo. Pero la ruta en sí, con sus cuestas y su paso por la cantera me hizo sentir bien, más fuerte.

Creo que me estoy perdiendo algo ¿Fuimos al centro al día siguiente? Al final me he quedado sin mi pulsera de cuero. Me invitó a un helado de yogur con guindas y fresa. Compró una tarta de queso. Sigo sin acordarme de cuándo llegará el mercado medieval. Paseamos mucho. Tiene pinta de piragüista. De piragüista borracho.

Debería tocar algo cuando esté deprimida o aburrida. Normalmente son las dos cosas. Ayer me despedí de la terraza roja y de su pedazo de cielo estrellado. Un pedazo que se desgarra un poco cada verano. A penas hice la mitad de los ejercicios, pero al menos el suelo se secó al tercer día. El banco seguía mojado. Orbayó durante dos y no pudimos hacer la colada (siento ese plural). La mitad del equipaje va ir en una bolsa de basura.

Ayer fuimos al río a cuyas riberas van a cantar los poetas y a pescar los pescadores sin licencia. Como siempre. No empezó bien por dentro y al principio. Caminamos por un sendero resbaladizo e intrincado. Tienes que concentrarte tanto en no pensar en otra cosa que no sea tu propio equilibrio que habría lamentado perdérmelo. Ya sabes cómo suena el dejarse llevar. En realidad, ni siquiera hablamos tanto. Comentamos libros y estupideces.

Fuimos a recorrer las calles del barrio donde mi madre vivió un tiempo y compramos cosas que necesito y no utilizaré. En la segunda visita me quedé dormida. Podría probar suerte, tan solo llevamos una hora y media de trayecto.

Ah, cómo les gusta la distancia a los cobardes.

La gente paga por su asiento en el sitio. Y hay un montón de gente. Seguro que más de uno se ha colado. Dejadme sola, por favor. No hubo suerte.  Antes de empezar a teorizar sobre planes futuros, recordemos algunos números de teléfono.

El día de mi cumpleaños pedí un postre demasiado dulce. Tres días después llegaron las felicitaciones. Ese fue el único día que nadé, así que esto no debería estar en este párrafo. En el otro bolsillo, el que está en el corazón, guardo un trozo de cuarzo y una carta que me recomendaron que esperase hasta ayer para  leerla, pero la verdad es que aún no la he abierto.

Teselas

¿Libros?”.

Libros”.

¿Y por eso… has dejado morir a tu caballo en las dunas del desierto?”

Cierto”.

No me lo gasto todo en cuervos. Soy yo. Pero son ellos. No son míos ni del viento. Además, siempre sobra algo para la manutención de mí mismo”.

Lo vi, allí arriba, en la gigantesca cabeza de la gigantesca estatua de piedra. Parecía…

Una huella. En la corteza. Sus zarpas estaban por todas partes. No podía seguirle”.

Tampoco podía guardarlas. Es una bestia plantígrada”.

Pero, por la noche, las luminiscencias del pantano suben como niebla venenosa por los recovecos del valle. Yo lo vi”.

No era ningún truco”

Me dejaron atado en el centro de cinco enormes hormigueros que subían hasta el cielo como la obra arquitectónica más perfecta que haya visto jamás el hombre”.

Pronto cogeremos la siguiente corriente ascendente, no te preocupes. Mientras caemos… ¿Te apetece un té de canela?”.

Detesto la canela”.

Entonces de ciruela. Son frutas enfadadas, justo como tú, Claud. Sin embargo…”

Los mineros metían hasta el codo sus brazos lacerados por la lluvia y el disolvente. Ya no era una mina que respiraba, pero era preferible tener el cielo abierto sobre sus cabezas a estar pendientes y rezar al equilibrio de los entibados. Como hace un par de meses. El canario entró en pánico mientras cantaba a una ola caliente y que una sola chispa podía hacer que todos saltasen por los aires”.

Anteriores Entradas antiguas

FOCUS DIARIO

El enfoque de la capital

Audio-Tesoros

DESCUBRAMOS LAS MÚSICAS PERDIDAS

El silencio habla mucho

Blog de Comunicación

lozgarrido | Filología, investigación y humanidades digitales

Recursos y opinión sobre lengua y tecnología

La linterna de Diógenes

Vituperación permanente con leves intervalos de cordura.

Revista Distopía

"En un tiempo de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario"

CULTURA DE MASAS

EL ENGAÑO PUEDE FUNCIONAR MIENTRAS LOS ENGAÑADOS NO SE SIENTAN COMO TALES (F. NIETZSCHE)

Pasos de tinta

Prosodia y proxemia

Clausum

Pensamientos fugaces

libreporqueleo

Un rincón para ser libres por un instante.

Entonces se hizo la luz

Desde las entrañas de la tierra, muerdo

Carlos Loz | Corrector y redactor

Servicios de corrección de primeras pruebas, de estilo y redacción.

El rincón de Koreander

“Ante él tenía una habitación larga y estrecha, que se perdía al fondo en penumbra. En las paredes había estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todo tipo y tamaño”. La historia interminable, Michael Ende - BLOG DE LITERATURA FANTÁSTICA -