Usureros y niñas ingenuas (Iklia).

Olía pan recién salido del horno. A especias de embutidos. Pimentón, pimienta, ajo, guidillas y sal. Los puestos de dulces se movían de un lado a otro del mercado. Manzanas cegadas tras una espesa capa de caramelo. Más ancha que cualquier vidrio de invierno. Brillaban y se despegaban con zumo de limón. Chocolates y chucherías de frutas caramelizadas y malvaviscos dulces.

No tenía ojos para tantas maravillas, ni dinero; pero eso ahora no le importaba demasiado. Una banda de música ruidosa se paseaba por los puestos de comidas; donde el aceite saltaba de las enormes sartenes como pequeños guerreros indelebles.

Iklia no echaba de menos una mano más grande que la suya que le guiara entre el gentío. Todo lo contrario. Se sentía libre sin ojos de piedra sobre ella. Y todo lo que había robado con palabras rápidas y pies ligeros le quemaba en el bolsillo que nunca se acostumbraría a convivir con la plata; pues todos sabemos lo rápido que huye ante el calor del mercado.

Quería sentirse como pez en el agua y cierto era que ella se vestía con escamas y respiraba aquel aire extraño como si hubiera nacido en él. Sobre rocas frías de río, pulidas ante el constante ir y venir de la naturaleza en todas sus formas. Sólo había un problema. Un pez de agua dulce no puede aventurarse al océano sin aún sabe perderse.

Cuero en manos hábiles. Vidrio por encima de una llama azul, pompas de cristal finas como un cabello. Alfareros de los gólems de barro. Uñas de color arcilla y piel de tierra. Adivinas, echadores de cartas, usureros.

Es increíble el tipo de conciencia que adoptamos al estar solos.

Se sintió extrañamente amable. Quería buscar regalos para todos aquellos que le ayudaban a ese lado de la Puerta de Peltre. Perfumes o aceites. Joyas. Dulces y pan de nueces y pasas. Todo parecía atesorar oro macizo en el interior porque pronto su pequeña riqueza se evaporó como si nunca hubiera existido. El Cetrero le habría avisado antes, pero no se dio cuanta de su falta de elocuencia hasta salir del mercado. Era una de sus atmósferas. Luces, ganas de gastar, despreocupación. Por eso el cielo de veía tan extrañamente claro. Casi azul, tal y como lo recordaba.

Pero quería algo para ella, algo que ostentara su nombre y la llamara por sus dos sílabas como si siempre la hubiera estado esperando. Iklia conocía ese tipo de objetos, destinados a una sola persona desde el momento de su creación.

El puesto era La Luna de Plata, amuletos y males de ojo convivían en una sábana que hacía mucho que no era blanca. Pero no encontró nada, sólo deslizó las yemas de los dedos sobre las bolsas de preparados y las tablillas de hueso que tintineaban a la más mínima brisa de viento.

Morrocan pottery -

Amuletos de Ocarina. Colgado de una raíz de la suerte, tan difícil de conseguir y de hilar. Se perlaba en frutos a pesar de no ser la estación de las Perlas. La música siempre puede ser un buen amuleto, pensó; para proteger a la ingenua Iklia desde luego; sin embargo, la suerte es cara y la seguridad triplica su precio. Compró la ocarina de plata, pero era tan cara que vació sus bolsillos hasta de grillos de jengibre que había comprado para comer por el camino y su vista durante toda una luna. Iklia fue estafada por la ilusión de tener algo suyo (completamente propio) colgando sobre su cuello por una vez. Algo que ella misma había elegido. Nadie la había obligado. Pero los dedos de las vendedoras son demasiado largos y… ¿Quién podía saber que Ocarina era la hermana de Luna de Plata? No se parecían en nada. Quien lo supiera no podía decir otra cosa. Y no hay nada más valioso que la vista de una joven inocente para alguien cuyo interés se ha cegado por sus ansias de belleza en largas columnas de números apretujados. Para los ojos que alguien demasiado viejo para preocuparse de algo más que de sus cataratas o de sus dedos largos y uñas sin limar.

Lo que Luna plateada ni Ocarina descubrirían nunca era el enorme favor que le harían a Iklia privándole de su sentido más engañoso. De otra manera, jamás habría podido conocer a Kazihf, el encantador de serpientes. Jamás habría descubierto todo lo que puede ver una persona de ojos empañados e invidentes cuando abre su mente.

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El Tahúr

 

Me ha tendido su mano, con confianza y yo la agarro con dedos torpes porque estoy arrodillada en el césped ralo y necesito un impulso para levantarme.

– Vamos, no tardaremos nada – me dice.

A medida que nos alejamos del feudo del Guardián Pétreo la hierba reverdece y comienzan a asomar los primeros árboles chaparros en nuestro camino. Una mariposa de color verde nos espía desde hace un rato, de vez en cuando se posa en el suelo sin flores para volver a emprender el vuelo segundos después. El Cetrero se ha calado de nuevo su sombrero y camina delante de mí, sin ni siquiera procurar una mirada fugaz para asegurarme que voy tras sus pasos. Una bóveda vegetal comienza a formarse a nuestro alrededor. Caminamos muy rápido y cuando la foresta comienza a construir portales de múltiples arcos vivos de caprichosas inclinaciones, me siento más que nunca una Eurídice saliendo de los infiernos.

Aún así el sol todavía hace mosaicos en un camino modestamente pisoteado por ganado y surcos de ruedas pequeñas. Es un barro agradable frío al tacto de las plantas de los pies. La mariposa da un
par de cabriolas en el aire, por delante de nosotros y se da la vuelta para desandar el camino. El Cetrero da un ligero golpecito al ala de su sombrero. La pluma que lo remata se inclina para mostrar otra paleta de colores brillantes diferentes. Agradecimiento. Así que ella era nuestra guía hasta el komorebi…

De repente frena en seco y se lleva un dedo a los labios, inconscientemente, porque ninguno de los dos ha pronunciado palabra desde el comienzo de la caminata.

Primero lo tomzeppelin - Cool Drawingo por el aleteo de una bandada de pájaros huyendo en masa ante nuestras presencia, pero en vez de desaparecer, se hace más intenso. Pienso en una manada de murciélagos diurnos. Aparece entonces, entre la uve que forman los troncos llenos de verdín de un olmo y un castaño, un caminante con un sombrero de cuero puntiagudo. Sonríe al vernos y nos hace señas para que le sigamos. Él accede y yo le sigo. Salimos a un claro no muy amplio asfixiado por las malas hierbas. El ruido se hace más intenso, como un trasfondo sumamente molesto. El hombre parece un genio salido de un cofre de maravillas. Tiene los ojos violetas, a juego con su chaleco bruñido en plata, es más bien bajo.

– Buenas son las nuevas, al verte por estos lares, Cetrero – exclama. Sus dientes son extraordinariamente blancos en contraste con su piel oscura.

– Te creía viviendo por el Nimbo, Tahúr.

– ¿Quién es esa jovencita culpable que te acompaña?

– No pertenece a la Culpa.

– ¿En serio? Pues cualquiera diría que sí, con ese aspecto. Parece una pordiosera.

– Necesitamos materiales. Y modales.

– Oh claro, por supuesto, ¿En qué estabas pensando?

– Primero, en unas botas para la jovencita.

Me mira directamente por primera vez y sin pretenderlo me asaltó una sensación de desconfianza profunda, a continuación me repasa con su mirada violácea de arriba a bajo, un par de veces. Me pongo a la defensiva al instante.

– No sé si tengo botas de su talla, iré a ver – decide al fin.

Se da la vuelta con las manos en los bolsillos demasiado pequeños. Llega a la primera línea de árboles que cercan en claro como si estuviera bailando un vals consigo mismo. Desata un cabo de cuerda negra y muy gruesa anudada en una de las ramas y camina hacia nosotros tirando de ella con ambas manos. Del follaje se despliega una escalera de travesaños de hueso.

Alzo la cabeza hacia arriba. Un enorme zepelín con alas de gasa flota sobre nosotros entre el estruendo de cientos de hélices cortando el aire en rebanadas. La figura del geniecillo desaparece contra el azul del cielo.

– ¿Cómo sabe cuál es mi talla de pie? – pregunto intrigada.

El Cetrero echa una breve mirada a mis pies descalzos y sonríe meneando la cabeza, aún sin responderme.

El extraño comerciante vuelve enseguida cargado con un hato enorme de tela de lunares y con dos botas colgadas al cuello por los cordones.

– Mira a ver si son de su gusto, jovencita.

Aturdida, tomo las botas y me siento sin que ninguno de los dos le importe demasiado. Descubro los calcetines dentro. Son dispares, uno es azul oscuro y otro a rayas negras y blancas; pero parecen del mismo material y me llegan hasta la rodilla.

Entre tanto, el tahúr ha extendido parte de su selecta mercancía ante los ojos del Cetrero. No alcanzo a ver todo lo que está sobre la manta, pero son más que baratijas. A mis ojos, parecen auténticas joyas.

– No me interesan las bagatelas, Tahúr. Lo habitual, si eres tan amable.

– Está bien, está bien; pero digo yo, que a nadie le hace daño echar un vistazo a las novedades ¿no?

Le sostiene la mirada, aún sonriente.

– Bueno, entonces, son tres crisoles de muestra, las cenizas púrpuras y un sello de tinta del norte. ¿Me dejo algo?

– Y un fardo impermeable. Iklia, ¿te quedas con las botas?

– Sí, creo que sí.

Me levanto, sorprendida de lo cómodas que son. Podría andar miles de kilómetros con ellas puestas.

– Pues nos las llevamos.

El Cetrero comienza a rebuscar en su macuto negro. Saca una barra plateada de un centímetro de grosor marcada por múltiples muescas, con ella; un extraño cuchillo ligeramente recurvo. Empieza a cortar la plata en finas láminas cuadradas, marcadas por la hoja con un extraño sello que no alcanzo a distinguir bien. Llega a cortar hasta nueve y entiendo al fin que aquello eran monedas. Se las tiende apiladas pero no las suelta.

– ¿Sabrás hacer la conversión?

El Tahúr sonrió sin dientes.

– ¿Quién te crees que soy? Por supuesto que puedo cambiarte esa estúpida moneda tuya. No sabía que estabas otra vez campeando por la corte, Cetrero, creía que te habían desterrado.

– No es de tu incumbencia.

– Oh, pues yo creo que sí. ¿No vas a llegar a esta culpable a los acantilados? ¿Y la vas dejar cruzar así la laguna?

– No vamos hacia el Éstige.

– Pues yo no estaría tan seguro. A estas alturas del año, las dríades están comenzando los cortejos. Es bastante peligroso cruzar sus dominios sin sauce o sauco.

– Aún no ha llegado la estación, además te repito que no es una culpable.

– Mira – dijo mostrando un anillo simple, blanco como el marfil – tengo aquí uno fusiforme, además ya tienes la tinta. Por cinco.

– Tres.

– Cuatro.

– He dicho tres.

– Te recuerdo que así no es como se regatea.

 

Corta tres láminas un poco más gruesas que las anteriores y las deja sobre ella palma del Tahúr. Coge el anillo y se aleja sin decir nada más. Yo le sigo tras haber hecho doble nudo en ambas botas. Tengo que correr un poco.

 

– ¡Os deseo mucha suerte a los dos!

Soy la única que se vuelve. Más que una despedida, parece conjurar un mal de ojo. Acelero el paso y dejamos atrás el claro.

.

Un sueño para Kate

“Y se miró a los ojos y no supo reconocerse”.

Chinese dragon statueDespertó con un techo de cielo sobre su cabeza.
Veía el azul del firmamento tras las nieblas del sueño, que se disipaban. Ese azul le trajo olor a pinceles usados y a manos multicolores, de piel descascarillada. Los cúmulos de nubes espumosas parecían moverse al capricho de la dirección que dictaba el viento hecho a pinceladas.
Despertó entre cojines cálidos como mininos sin cola y ya no recordaba lo que era dormir sin sentirse asfixiada. Su cuerpo reposaba tan suavemente entre ellos que casi parecía que llevara siglos durmiendo, como si hubieran crecido alrededor de ella tan lentamente como el musgo en las rocas.
Un móvil de madera y nácar volaba más arriba, en la cúpula.
Los brazos arqueados del cielo sujetaban pequeñas conchas y caracolas que entrechocaban en una diferente cada vuelta, al girara en espiral impulsados por un brisa caprichosa.
Más allás, donde el techo se tornaba oscuro y se eclipsaban aquellas pequeñas esferas, los astros en realidad, se descubría salpicado de pechas estrelladas; las constelaciones, aún más lejanas si cabe. No eran las suyas, pero tanto daba: Para alguien cuyo cielo le había permanecido vedado y negro, día y noche, ver estrellas fue lo más hermoso del despertar.
El ojo del sol se desplazaba lentamente como un vigía realmente preocupado en que continuara sumergida en aquel profuso lecho de plumas y olores de infancia. La esfera solar, perezosa, alcanzó a acariciar su mejillas con tibios dedos, fulgurantes y polvorosos.
Para entonces, ya estaba despierta.

Castle Coch, near Cardiff ~ Well worth the visit, a magical Victorian interpretation of a Medieval castle. This detail is from the ceiling of the drawing room, my favourite room of the castle with so much detail to see. Even the walls were painted from top to bottom with scenes from Aesops fables!Aquel lugar no parecía estar ideado para estar de pie, desde su punto de vista la perspectiva el hechizo de extensión oceánica se perdía. Pero, si algo no había preciado tumbada era que los pilares del Fuerte de Almohadas parecía más vivos a medida que se desenredaban en busca de luz en aquella plácida penumbra. Iban de tablas con clavos a ramas vivas vestidas con lianas finas como cabellos y tallos acabados en espirales.
Quería avanzar entre el mar de cojines sin pisarlos, pero le fue imposible. Se quedé clavada en el sitio sobre una sola pierna, descubriendo entonces que estaba descalza o, más bien, que seguía descalza. Algo se había movido entre aquella hojarasca de lana. Escuchó, afinando el oído, un ronroneo agudo. El cojín que había pisado se estremeció y se irguió sobre pequeñas patitas cortas, lo vio bostezar con un sonido silbante, abriendo al máximo su boquita exageradamente rosa y llena de dientes pequeños y afilados, todo colmillos. Ella continuaba paralizada mientras otros cojines decidían abandonar su disfraz y abandonar la sala en un simpático rebaño de aquellos seres de pelaje algodonoso.
Fueron muy pocos los rezagados, se limitó a seguir con la mirada a uno de los cojines de rayas; sin seguir dando crédito a que aquello pudiera ser un animal. Olisqueó, a la par, el aire; esperando oler a establo, a almizcle pero, sorprendentemente, aquello que flotaba invisible entre los haz de sol y las motas de polvo y polen en suspensión era aroma a azafrán.
Tras la retirada de los cojines observó el suelo, enmoquetado a partes desiguales, así como la capa suave representaba el mismo dibujo que las losas de debajo. Una brújula cuya rosa de los vientos apuntaba a los cuatro puntos cardinales. Estando en el centro, se debatió entre sonreír ante su eterna ironía, no saber elegir el camino. Sin embargo, a deferencia de ninguna otra, aquella brújula invitaba a seguir otro camino, la estrella blanquinegra tenía una gemela más pequeña apuntando al noroeste. ¿Era un mapa? Era un filigrana pequeño, intrincado con nombres y árboles, como si cada elemento tuviera que estar a escala de la realidad. Se acercó cuanto pudo al vórtice de aquel mundo barroco en miniatura. No necesitó ni leerlo, una parte subconsciente de su memoria fragmentada lo rescató. “La puerta de peltre”. La visión la golpeó con violencia, dio un paso atrás, dando sus talones con la última de las criaturas de cojín. El ser bufó airado e inició una carera hacia el ángulo más oscuro del fuerte.
“El hueco de la escalera” pensó involuntariamente. El resplandor del sol, desapareció de pronto, dejando en su ausencia un aire plomizo y frío.
– ¡Espera! – gritó, el animalito aceleró incluso más su paso. Su cola era un pompón que parecía sintético. Grapado.
Corrió, intentando seguirle. Tropezó varias veces con los desniveles de la alfombra. El techo se combaba cada vez más y, por no mirar más allá de lo que quería alcanzar, se golpeó la cabeza con el ángulo obtuso del hueco. Calló al suelo, fulminada por el dolor. Una sombra ovalada se dilató y contrajo varias veces bajo sus párpados cerrados antes de devolverle la visión. Se llevó una mano a la frente, sintiendo como un hilillo frío y caliente al mismo tiempo surcaba las arrugas de la mueca de dolor. Esperaba ver la sangre brillar en sus dedos, pero éstos estaban limpios.
Sacudió la cabeza, aturdida y avergonzada por su propio dramatismo. Aún boca abajo se arrastró como pudo, la criatura lanuda se había parado a unos metros de su mano extendida, se volvió hacia ella un momento, pero no consiguió verle los ojos pues estaban completamente cubiertos de un flequillo opaco y blanco. Arrugó su naricilla, la cual no pudo asociar a ningún animal del otro lado de la Puerta y desapareció definitivamente en el muro de terracota que cerraba aquel callejón sin salida. Tardó unos instante en percatarse de la existencia de una boca en aquel muro sólido. Metió los dedos en el agujero, sabedora que lo más probable es que se llevara un buen mordisco por parte del escondido, había visto sus dientes, pero no podía evitarlo. Cuando el codo señaló el límite de la exploración a ciegas, dio con un cabo de cuerda gruesa y trenzada de manera tan prieta que era extremadamente suave, resbaladiza incluso. La agarró con firmeza y tiró de ella primero con reparo y después con determinación. Alrededor de su muñeca se acumulaban vueltas y vueltas de aquel cabo interminable hasta llegó un momento que se imaginó vestida y abrigada con él. Cuando creía que nunca encontraría el otro lado, la cuerda se tensó en la última izada. La vibración de la cuerda no quería tranquilizarse. Molesta por la anormalidad de aquel movimiento nervioso, cerró el puño sobre ella, pero ni aún así. Siguió tambaleándose gozando de la ilusión que le otorgaba el movimiento. Un estruendo sacudió las losas del suelo y oyó cómo un pesado arrastrar metálico reverberaba en la chimenea cegada que subía metros y metros por encima de su cabeza. Un anillo de luz la rodeó en un círculo perfecto. Fue un eclipse inverso que llegaba desde las alturas.

Dedal La luz era incluso más intensa que la del ojo solar. Un par de sombras pasajeras turbaron la esfera de luz y ella lo esquivó por muy poco. Ahogó un grito. El estruendo metálico tardó en abandonar el tragaluz. Parecía un enorme dedal amarrado a dos sogas de la misma cuerda que se enredaba a su alrededor. Se acercó, cautelosa, a aquel extraño cubilete volcado. La cuerda se atenazaba los tobillos como si de verdad quisiera hacerla caer de nuevo. Al incorporar el dedal comprobó que pese a su tamaño, pesaba muy poco. Entonces, algo en el interior de aquella torre hueca volvió a estremecerse con violencia. El recorrido de trenza volvió retroceder con celeridad. Como un muñeco de cuerda, todo comenzó a moverse. La traicionera sierpe de soga abandonó su flacidez y apretó los lazos entorno a sus pies y tobillos. Trastabilló y cayó de cabeza al interior del dedal. Sin parar de recogerse por sí sola hacia la oscuridad de la boca de terracota, las cuerdas que amarraban el cesto metálico se tensaron y la elevaron a un metro del suelo, dos, tres… Intentó asomarse por el canto del dedal pero el vértigo bailó en su mirada. Se arrinconó en el fondo de la cesta, queriendo hacerse lo más pequeña posible, sabedora de que ese deseo rara vez atendía a razones en momentos de necesidad, con el estómago y el corazón a la misma altura.
El baño de luz le quemó los ojos. Una brisa furiosa le golpeó la cara. Un medio hostil.
Se atrevió a parpadear. Se avecinaba tormenta. El sol se escondía en intervalos cada vez más dilatados entre nubes plomizas que huían sin rumbo entre el viento contradictorio. En un horizonte no muy amenazaba una montaña de nubes azules oscuras, cargadas de electricidad, hinchadas de lluvia y; sin embargo, de momento, la calma soplaba circundante. La calma antes de la tormenta.
Se incorporó muy lentamente, encontrándose surgida de la boca de un pozo.
La la luz gris la cegó, aún con los ojos acomodados al sueño. No recordaba haber escapado ninguna vez del fuerte de almohadas por el pozo Ilusorio.
Hacía frío. Su piel desnuda reaccionó al instante. A merced del viento.
Miró a su alrededor, el paraje era tan vasto y pelado que le hizo sospechar que el Pozo se encontraba lo suficientemente cerca de la Puerta de Peltre para que no se sintiera segura en absoluto. Eran los esbozos torpes de propios del principio de un dibujo. El torpe e incierto principio de ese mundo. Si sen detuviera a escuchar, quizá hasta alcanzara oír el canto de plata falsa del Culpable de Peltre. La Trampa de la Veleta castañeaba con el viento al igual que lo hacían sus dientes y bien sabía que sus ramas intrincadas no eran ni de madera ni de hierro.
Echó la mirada hacia sus pies, descalzos, dejándolos explorar con dedos torpes y paralizados por el frío, el terreno escasamente poblado de alguna que otra hebra verde de césped rudo y áspero como si de cerdas se tratase.
Reparó entonces en la sombra alargada que le robaba el poco calor que podía regalarle aquella estrella mortecina colgada del lienzo gris.
Toda guarida tiene un guardián. Los puentes tienen trolls, las ruinas, gólems, los manantiales, señores de las aguas. Pero las cámaras del tesoro siempre tenían un dragón.
Era un dragón de piedra; sin embargo, no se atrevió a llamarlo estatua. Podría haberse ofendido.
Notó que algo le lamía el tobillo. Pegó un bote, totalmente pálida del sobresalto. Una de las pequeñas criaturas lanudas la había seguido hasta la superficie. Parecía amistosa. Después de un momento de duda, estrujando los dedos sobre la nada, se agachó con lentitud mientras el ser seguía interesado en su tobillo. Lo agarró sin ejercer demasiada presión y lo acunó un momento en sus brazos. Era sorprendentemente cálido. Su pequeña lengua rosa seguía lamiendo el aire, incansable.
– No deberías cogerlo. Podría morderte.
Su cuerpo se crispó y sus manos dejaron caer al ovejuno, que ya se había acomodado. La reacción le pilló por sorpresa, pero, al llegar al suelo, sólo era una bola de lana pomposa que rebotó repetidas veces hasta que volvió a estirar las patas y el hocico, emprendiendo una airada huida en dirección a la estatua del Guardián del pozo Ilusorio. La voz provenía de allí. Por un momento consideró la posibilidad real de que fuera el dragón quien había entonado esas palabras, con esos ojos desorbitados de cólera, su enorme boca abierta plagada de colmillos entre escamas y bigotes de las anchas fauces rectangulares. Las escamas parecían brillar más allá del reflejo mate de la simple pierda. Piedra gris. Aunque su simple sonido de removió algo en su interior. Sentía que la conocía.
– Normalmente no suelen ser tan amables con los invitados. Tienen colmillos muy afilados, les encanta el sabor de la sangre…
Por fin se mostró la presencia. Antes de ver el ala de sombrero ya había caído en la cuenta que no era otro que Voz de Otoño. Se quedó sin aliento. Hasta entonces, no le había visto los ojos.
– No sé por qué, pero de verdad esperaba encontrarte aquí, Iklia. – continuó él.
– Podría decirte lo mismo.
¿Aquello había sonado como una pregunta?
– ¿Has dormido bien? – la sombra de una sonrisa se asomó a su cara, aún reacia a desvelar todos sus rasgos. Parecía aliviado por haberla oído hablar.
– Sí.
– Me alegro que estés bien.
No comprendió aquella última afirmación. El viento le le metía en los ojos y los volvía llorosos. La mirada pétrea del dragón apostado a su espalda le taladraba incluso sin fijar la mirada en los ojos sin vida, llenos de relieve esculpido en surcos inversos.
– No te preocupes por él.
Otoño giró un anillo de su mano derecha. Era cuadrado. El viento giró a otra dirección al tiempo que le mostraba la cara opuesta del anillo. La corriente subió hacia arriba, se ausentó y se dejó de sentir. Se acercó, dando un toque a su sombrero, a la cola del enorme dragón. Ella reconoció la cuerda que le había arrastrado al dedal en el Fuerte de almohadas. Ahora parecía mucho más corta, un simple cabo de cuerda.
– Ven – tuvo que volverlo a repetir para que ella se diera por aludida – desde ahora sólo te obedecerá a ti, es así de caprichosa.
Con la mirada, dirigió su mano hacia la cuerda. Al cerrar los dedos sobre ella, se estremeció en una ese descendente que la traspasó a través de los dedos. Del montón de cuerda asomó una cabeza ofidia con un par de ojos brillantes y redondos como dos cabezas de chinchetas brillantes. Siseó y la sierpe de trenza trepó por su brazo y se le instaló alrededor de la cintura volviendo a recuperar su apariencia mundana al momento.
No encontraba palabras.
Otoño dejó el anillo cuadrado al pie del guardián de piedra.
Ahora no lo necesitamos, aún tengo que ir a los Acantilados. ¿Te importaría acompañarme? Prometo que no ganarás menos que un saludable desengaño.
Y le tendió su mano izquierda.

La huida de Kate

Un pie delante de otro. Doblas la rodilla y alzas el pie, pero no es delicadeza, ni armonía. Eres una marioneta sin cuerdas que intenta recordar, en vano, cómo es simular estar viva. Cómo había un cuerpo en sombras que se encargaba de cada uno de tus movimientos, de cada palabra que luego, ilusa de ti, hacías tuya. Solamente tuya, y vivías bebiendo de aquel engaño, ebria de una felicidad que sólo se sustentaba a base de hilos invisibles. Unos hilos que cualquiera podía cortar.

Un pie delante de otro.
Así continuamente, para ganar velocidad. Pero lo zapatos se clavan al suelo como si un alquitrán pegajoso y malvado te quisiera para él. Sólo para él. Para hacer crecer a las raíces del mundo. Sin caja, sin ropa y sin lápida. Una peregrina sin puñal, ni flores, ni urna de cristal y que ha olvidado cómo se mueven los caballos blancos.

Corro y sigo corriendo, tambaleándome como sacudida por un seísmo interior. Y de repente el baile incongruente de suelas y puntas se disputan el equilibrio por un segundo que se acaba perdiendo bruscamente. Noto un delicioso aire en la cara, las gotas que surcan mis sienes saltan de la piel y una corriente eléctrica evita que el dolor rompa a llorar. El suelo no es tan duro como cabría imaginar. Ni siquiera es pegajoso. Es blando, suave y verde.
Me entra sueño sólo de peinar ese corto cabello de césped con los dedos desnudos. Huele muy bien. Hace flotar recuerdos que todavía se mueven en pompas de jabón brillantes, pero no terminan de venir a mi y sólo queda la sensación de haber olvidado algo.
Me conformo y hecho la vista atrás.
Vaya, esta vez no ha sido mi torpeza. Vicisitudes. Hay un hoyo en el suelo. Pero la tierra es dura como si fuera un terrón de chocolate inmenso. También es oscura y profunda.
Me levanto entre un campo de minas de cuarzo.
Parece que he caído en un tablero de solitario chino. Me siento y examino mis deportivas. Eso sí que se me hace extraño. Creía que había entrado descalza… Recordaba haber pisado un par de charcos antes de traspasar el umbral. La fina capa de hielo se había quebrado bajo mi peso y había notado las esquirlas diminutas arañándome la piel. Recordaba la sangre tiñendo el fondo del agua helada.

Giro mi tobillo dolorido con cuidado. Derecha. Izquierda. Suspiro de alivio y sonrío sin saber muy bien por qué. La mueca se me hace rara en los labios. Destenso la piel y me relajo.
No me he roto nada y, al menos, es una pequeña ventaja. Si hubiera sabido que me perseguirían sombras tan veloces habría salido a entrenar más a menudo.
Me levanto tan lentamente como un brote de lenteja que se estira al sol.

Soy un brote de lenteja.

Me río tontamente y es increíble lo que llega agotar un puñado de carcajadas. Cuando recupero el control de mis pulmones estoy exhausta. Pero es un cansancio tan dulce… borbotea dentro del pecho y lo hace más ligero y las piernas se vuelve débiles porque saben que no van a tener que volver a echar a correr en un buen tiempo. Es reconfortante como un cuenco de sopa caliente tras andar sola bajo un chaparrón de principios de invierno.
Me siento como si hubiera estado aguantando la respiración bajo el agua y esta parada me hubiera dado tregua para coger aire. Al volver a sumergirse, un hormigueo te hace creer que no eres más que un grupo de burbujas plateadas desorientadas.

Y es cuando el corazón toma posiciones.
Cuando vuelvo a estar de pie, esa sensación de amodorramiento y a la vez de increíble sensibilidad en todos los sentidos me embarga. Los ojos más perceptibles a las formas y colores, el olfato sólo se queda con los perfumes que llevan al hogar, y la piel… Nunca puedes notar tu sangre tan cálida como en esos momentos de equilibrio emocional perfecto. Es como una música que sólo crees imaginar y cada nota es la acertada para que la sensación crezca, se extienda en pequeñas olas de deliciosos escalofríos y un ligero soplo o susurro puede hacer despertar a cada terminación nerviosa de tu cuerpo. Y es tan frágil y suave… Por eso es tan difícil de describir y de atrapar para que perdure eternamente. Nada dura tanto.
Noto que me va abandonando pero me alegro de haberlo experimentado. Me siento como si acabara de salir de un deja vu pero sin el sentido de alerta que tanto los caracteriza.

Avanzo a pequeños saltitos entre los agujeros de mi alrededor. Parece que una manada de sabuesos haya pasado por aquí. Si estuvieran llenos de agua y tuviera menos años metidos en la cabeza, me asomaría a ver si nadan peces de colores o, si alguna vez hubiera tenido botas de lluvia, hubiera corrido a quebrar la superficie de los charcos y a aprender de una vez por todas que es la primavera.

Oigo un a voz desconocida, que no dice nada inteligible, pero sé que es alguien. Por primera vez en mucho tiempo, no entro en tensión al encontrarme con otro ser humano. Es agradable y no sé hasta qué punto deja de ser peligroso.
Lo encuentro escarbando en el fondo de una de los agujeros más profundos, pero éste es diferente a los demás. No es una oquedad derruida ni excavada por garras, manos o palas. Aquella era perfectamente redonda con fondo cónico, como hecho por un taladro.
Fuera quien fuese aquel extraño personaje, no podía negar que allí era el único sitio donde cabría encontrárselo así, cara a cara.
Está vestido con un mono blanco manchado de sangre de tierra, con un cinturón lleno de artefactos; a la espalda, como si fuera una mundana mochila, lleva un taladro que parece de dibujos animados. De ahí el tremendo agujero.
Se vuelve hacia a mí, porque mi sombra está justo encima de él. Sonríe con demasiados dientes. Dientes afilados, todo colmillos. No termina de inspirarme mucha confianza. Sobre su cara pálida crece un pelo ondea en posición vertical. Parece pelo de peluche, se me ocurre. No le veo los ojos porque lleva unas enormes lentes con varios aumentos de un cristal que la luz  vuelve violáceo y opaco. La montura es del color del óxido.
– ¡Estamos cerca! ¡Muy cerca!
Su voz es muy estridente y nerviosa, como si se fuera a echar a reír como un demente de un momento a otro. Al levantarse aprecio su ridícula estatura. Entre dos dedos enguantados en cuero brilla una pequeña piedrecilla.
– ¡Míralo! ¡Míralo bien, extranjera! ¿Sabes lo que esto significa?
– No – contesto sinceramente. El pequeño personaje parecía esperarse esa respuesta, pues asintió para sí, complacido.
– Ésto, niña, es nada menos que kamacita. ¡Hierro y níquel! ¿entiendes? ¡Es un gran avance! ¿No te das cuenta? La Lluvia de Meteoros se ha adelantado este año. ¡Sabía que tenía razón! Que se dejen los Astrólogos de tonterías, en los Seguidores de Cometas no caben las suposiciones ¿entiendes? Esto es CIENCIA, ¡Ciencia con mayúsculas!
Los topos, tan ciegos como siempre, no han sabido ver más allá de sus avariciosas zarpas…

Y se echó a reír como un loco, con el mineral brillante apretado en un puño triunfante agitado en el aire.

Ahora no sabía que hacer. Nunca me había topado con un demente clínico, porque lo que son los locos de verdad, sobraban en mi pasado día a día. Si corro a lo mejor todo queda olvidado. Tengo las piernas por lo menos el doble de largas que él.

Maldigo por lo bajo al acordarme de la pequeña huelga en la que se han declarado mis pies apenas unos instantes.
– Deja de asustar a los nuevos, Índigo. No es de buena educación.
Noto unas manos sobre los hombros que me quitan la respiración y me cuesta razonar u oír cualquier cosa. No sólo ha sido el sobresalto. Esas manos me tienen completamente paralizada. No puedo girarme a ver quién habla. Es increíble que no lo haya notado aparecer, sea quien sea. Lo bueno de tener sangre de ermitaño es que prácticamente hueles a la gente a más de diez metros de distancia. A él no. Y no sé por qué.
– Venga ya – se queja el desvariado escondiendo la kamacita en un bolsillo – No la estaba asustando, si quisiera asustar a la gente no me mostraría en esta forma. Lo sabes muy bien Cetrero.
Cetrero… Paladeo esa palabra mentalmente e intento averiguar algo más.

Siguen hablando como si no estuviera delante y eso me molesta. Como si fuera una niña que no entiendo las conversaciones de los adultos y solo se limite a tirar de las faldas del vestido de noche de su madre para preguntar por la tarta helada que sabe que hay de postre. Y hace demasiado tiempo de eso. Demasiado tarde para fingir.
Por un momento la ira parece que vence a la parálisis de las manos desconocidas. Llego a mover un pie pero, al instante, siento como los dedos en mis hombros tamborilean con suavidad, como si tocara algo a ochenta y ocho teclas blanquinegras. Una melodía.
Una pesadez invade mi cuerpo, como si estuviera dormida, pero consciente. Ya no soy capaz de sentir furia, sólo tengo sueño. Únicamente la curiosidad por averiguar quién anda detrás de mí, mantiene mis ojos abiertos. Mis hombros siguen presos.
Noto que una pequeña sombra se proyecta desde las alturas ¿El ala de un sombrero, quizá?
Analizo su voz. Suave y profunda como una brisa en otoño. Huele a otoño, aunque suene extraño.
Suelta una carcajada aislada muy seca.
– Ya. ¿Y recuerdas dónde acabaste la última vez que fuiste por ahí “con tu verdadera forma”?
– ¡Fue un juicio injusto y lo sabes! – se defendió Índigo, o como quiera que se llamase – ¡No se deberían celebrar juicios cuando la reina tiene jaqueca! Es muy susceptible cuando le duele la cabeza. ¡Es injusto!
– Sí, y también es muy injusto que los Topos soltaran a su rebaño un día nublado, justo cuando ¡qué casualidad! tú tenías hambre ¿verdad? Y con esos gritos, sinceramente Índigo, a quien no le provoques un dolor de cabeza es que está tan sordo como el Anciano Babucha.
– Ya, ¡sé razonable, hombre! ¡Habían cerrado las puertas!
-Si lo soy y, siendo razonable, opino que deberías irte a la Torre de Observación. Enséñales a tus colegas tu gran descubrimiento, así dejarán de reírse de ti – respondió el Otoño detrás de mí.

Comienzan a fallarme las piernas, no aguantaré mucho más antes de caer como un fardo al suelo.

-¿Cómo sabes lo de la kamacita?

Noté como encogía los hombros grácilmente mientras optaba por el silencio.
– Pues eso haré ¿entiendes? Nadie se burla de Índigo, el mejor geólogo que haya conocido… ¡¿Qué estás haciendo?! Podía volver yo solito.

Si no hubiera estado tan atontada, seguramente hubiera parpadeado incrédula ante el cuerpo evanescente del personaje de mono blanco.
– Por si las moscas – agregó la voz – mándales recuerdos de mi parte a los Seguidores de Cometas.

Vi que la boca de Índigo se movió un poco antes de desaparecer, pero a mí no llegó sonido alguno.
Pasaron los segundos en silencio mientras un leve viento tamizaba la arena suelta de los socavones.
– Y ahora ¿Qué hacemos contigo, Iklia?

Notaba la lengua tan pesada como si fuera plomo. Las palabras se me hacían pastosas y lentas incluso antes de atravesar el istmo de las fauces. Nacieron siendo aire usado nada más que para respirar.
– ¿Sabes lo que pienso yo? Que tienes demasiado sueño. Quizá te vendría bien volver al Fuerte de almohadas.
– No… – susurré luchando contra unos párpados tan pesados como bloques de adobe – No quiero dormir más – era mi única convicción.
– Lo siento, pero te irá para bien. Buenas noches, Iklia.

Quiero protestar pero no consigo mover ni un músculo. Seguramente éste sea el instante del que uno jamás se acuerda. Unos segundos antes de caer de cabeza en la primera fase del sueño.

Noto una de las manos del Cetrero en mi espalda y sla sensación se extiende en forma de ramas por mi espalda. Líneas ardientes que se desvían a todas direcciones creando un complicado dibujo. Todo es tan rápido que no me da tiempo a procesar gran cosa.
Siento un susurro, pero no entiendo lo que ha querido decir, sólo noto un aire que me eriza todos los pelos de la nuca. Mi visión se emborrona y veo todo como si estuviera viajando a una velocidad vertiginosa en un tren invisible.
Antes de perder definitivamente la consciencia, me da tiempo a girarme sobre mí misma con la esperanza de averiguar cómo es el dueño de la voz otoñal. Sólo alcanzo a ver una mancha oscura rematada por un sombrero de ala ancha.
Es como caer en vertical antes de encontrarse con la oscuridad inquieta de los sueños.
“Vuela” – había dicho.

FIN

DE LA PRIMERA PARTE:

La soledad disfrazada de sueño confuso

El contragolpe de Kate

– Hombre, otra vez tú por aquí. Casi me siento sorprendido, aunque sabía que volverías, nunca habría dado por sentado que fuera tan pronto. No abandonas ¿eh? ¿No vas a abandonarlo como al resto de cosas, como… al resto de personas? Ah, espera; que tú no los abandonaste, fueron ellos a ti ¿no es cierto?

– No. Te equivocas. De parte a parte. De principio a fin.

– Vaya, vaya; alguien a madurado en seis horas de sueño, nada más ¡Qué valor, Iklia!¡Me gusta!

– Yo no fui abandonada, ni abandoné nada. No tengo a quién. Soy inmune.

–  Mmmm… Interesante vacuna contra la soledad, deberías presentarla a un consejo de médicos ¿sabes? Te darían el doctor honoris por ello. Seguro. Pero claro, tu intentas curar una enfermedad intentado que el enfermo no conozca lo que significa estar sano. Eso no es ni media vida. El vino no se quita con más vino.

– Es mi vida y, de momento tengo muchas ganas de vivir. No necesito a nadie.

– ¿Estás segura de eso, corderito?

– Deja de llamarme así. Mira, sí que tengo dedos.- meneé mi familia de numerosos gemelos.

– Ah, claro mi orgullosa corderito, claro que las tienes con dedos muy largos y fuertes. Tienes manos de pianista aunque no hayas tocado jamás uno. Pero no luces nada en ninguno de ellos.

– Son muy útiles.

– ¿Y para qué las quieres, entonces? Te contradices a ti misma, corderito. Te las podría cortar aquí mismo y nadie los echaría de menos, nadie excepto tú. Pero no sé si te ha quedado claro hace bastante que no estamos hablando de ti, precisamente. No, esto no tiene nada que ver contigo, es un experimento. Tú eres sólo un sujeto sin nombre. Ni siquiera eres un número.

– ¿Y eso debería compungirme?

– Buf, por fin comienzas a entrever los bordes del gran problema. Me alegra saber que tienes la cabeza para algo más que para llevar el pelo.

– No me importa una mierda mi pelo. Me raparía a cero si con eso pudiera conseguir algo.

– Eh, no te vuelvas mal hablada mi pequeño cordero, con lo educada que eras ayer. Pero escucha, pequeña, escúchame con atención, te voy a decir lo que sigo viendo tras los cristales de tus ojos. Tan trasparentes como siempre. Que ahora haya fuego tras las ventanas, no significa nada. No hay diferencia si construyes un océano, un cielo tormentoso o un desierto. Sigue estando más claro que el agua. Clarísimo. Cristalino.

No eres capaz de diluirte en la mezcla. Parece, sólo parece, que eres una partícula soluble. Como tantas otras, quizá sólo un poco interesante por presentar otro color. Un montón de partículas se acercan a ti, deseando envolverte, deseando que formes parte de ellas. Y tú más que nadie, tú estás exultante de felicidad. Pero no eres la partícula que las otras partículas buscan. No. Al final siempre se terminan alejando tan gradualmente que se hace incluso más doloroso por ser más lento.

Sigues siendo visible. Flotas, te hundes, pero sigues siendo tan visible en el gran caldo que destinas al resto a la ignorancia de tu existencia. No aportas sabor a la sopa, corderito, por eso es, es por eso. Irónico a la vez que gracioso ¿no es cierto?

Podrías haberte quedado fuera. Algún día te retrasarás demasiado y aquí te quedarás encerrada, sola, a oscuras.

– No estaría sola- de repente, desperté- vosotros vivís aquí. No puede estar tan oscuro como tu dices. No podéis ver en la oscuridad, al igual que yo. Es muy sencillo, sólo tendría que buscar la alhaja de la reina Babucha y me podría quedarme aquí para siempre. No podría salir, es cierto. ¿Pero quién lo necesita, a estas alturas?

– ¡Cómo te atreves, ingenia de ti, cordero! Pensar si quiera que podrías poner esa corona sobre tu cabeza…

¡Vuelve, vuelve a tu fuerte de almohadas! Harás bien. Cerrarán las puertas en breve, sin embargo; ¿Cómo puedes sentirte peor dentro que fuera? Es imposible, admítelo, corderito. Si tienes pezuñas en vez de dedos, no puedes llevar anillos. Quizá (y sólo quizá) puedas lucir una corona de flores. Que no pese demasiado. Para venderte al mejor postor. Engalanada de flores exhalando su último suspiro antes de expirar. Pero, tranquila; tú solo serás un hermoso eco al entrar en el matadero, una hermosa tragedia.

¿Ya te vas? Uy…¿Son lágrimas eso que veo o es que has ayudado a una fea viejecilla de dientes afilados ahí fuera? ¿Has hilado el huso? ¿Has barrido su casa? ¿Has saciado su sed? Porque si es así, deben de ser diamantes lo que derraman tus ojos. No deberías malgastarlos. Podrían hacerte rica. Pero dudo mucho que te hagan feliz.

Mejor vete ¡Lárgate de aquí hasta que tengas mi respuesta!

La respuesta de Kate

– La cordura… la cordura contrarresta a la falta de ésta. La cordura son hilos que no se tocan.

Había empezado casi susurrando, pero me envalentoné de repente, algo no muy común en mí.

Silencio, un silencio tan aterrador que era como un agujero que reducía todo lo sonoro a su más mínima expresión.

Creo que comenzó a reírse pasada una hora o más, pero no pude asegurarlo porque dudaba que aquello pudiera llamarse risa. Era como rascar un cristal con uñas de acero. Totalmente desagradable. Espeluznante.

Otra vez callados, ello y yo. Todo el universo parecía estar muerto, o al menos fingiendo estarlo.

– No… ¿No me lo vas a desmentir? ¿A corregirme, a admitir…?

– ¿Admitir qué? ¿Que has acertado en el blanco, que has demostrado ser de lo mejor, una vez más? Eso te gustaría ¿no? Es decir, te encantaría, qué digo… ¡Te llenaría de una corriente muy leve y poco satisfactoria, pero es como un pequeño impulso que te ayuda a ver colores cuando vienes a visitarnos a mí y quién sabe cuántos amigos más ¿No, Iklia..? ¿Me equivoco? ¿o tal vez debería llamarte Ka…?

– ¡No!¡No lo digas!¡Ni se te ocurra mencionarlo! ¡No aquí! Por favor…

– ¡Anda! Si ya llegaron las truchas a los ojos, a tus ojos. ¡Mírate! Están tan llenos de océano que ni siquiera eres capaz de ver ni la mitad de lo que deberías. ¡Admítelo de una vez! Estás ciega y sola (sobre todo muuuy sola) en este mundo ¿de a-cuerdo? Me encantan las ironías ¿A ti no, ojos asalmonados? Ríete un poco, hombre. Sólo era una broma. Una buena broma.

Te lo vuelvo a preguntar :¿qué es la cordura?

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