Octavia

Cian se asomó por encima del afloramiento rocoso y esperó. Ni una sola anémona se movía en el vaivén del agua. Estaban todas dormidas. O asustadas. Y entonces justo cuando creía empezar a sentir el alivio de dejarlo para otro día, la vio. O mejor dicho, ella lo vio a él.

Había oído tanto hablar de ella que una parte de su cerebro, a la que más le gustaban las leyendas de héroes y serpientes marinas se sintió decepcionada.
Su cuerpo fibroso y delgado cuyo tono de piel distaba mucho del blanco perla que lucían las muchachas pez que se divertía persiguiendo tiempo atrás. Pensaba que sería más alta, más fuerte, más… Ella se volvió completamente haciendo bailar sus tentáculos su alrededor y le atravesó con una mirada totalmente negra, sin iris; profunda como los abismos a los que se había jurado enfrentar. Su mente ya era la de un hombre, joven, pero al fin de al cabo un hombre. Y no tardó en descubrir la sorda fascinación que anidó en su pecho. Se preguntó si sería magia. Le habían prevenido que era extremadamente peligrosa. Pues aunque le habían arrebatado el título y había perdido el brazo izquierdo, sería, ahora y siempre, Capitana de la Guardia.

Octavia (COLOR) by BlondieArtist07
– Tú, intruso, muéstrate.
Su voz era extraña, exótica, parecía reverberar en la muralla de corales muertos. Cian se acercó, con los dientes apretados para no temblar. No tenía miedo. No debía tenerlo. Octavia le apuntaba con un tridente, mientras daba lentas vueltas a su alrededor, evaluándole. Se preguntó si hubiera empeorado las cosas ir armado. Ella terminó por decidir que no suponía ninguna amenaza, casi parecía divertida.
– ¿Qué se te ha perdido aquí, niño?
Cian aguantó pulla. Y siguió con la mirada clavada en el suelo, intentando no mirar el muñón, que por otra parte, Octavia no había ningún esfuerzo por ocultar.
– Quiero ingresar en la primera línea de la guardia abisal.
Octavia rió, displicente, y dejó apoyada su arma a su espalda. Por un momento pareció aburrida.
– Qué vocación tan extraña para alguien tan joven. Y más para un tritón – Sus tentáculos se enroscaron unos con otros y negó con la cabeza dejando ondear su melena castaña, cortada por el patrón de los filos humanos – ¿Acaso esto es una apuesta? Si quieres convertirte en suicida vete a la Academia, entrénate y ofrécete voluntario. Dentro de cinco años podrás…
– ¡No tengo tanto tiempo! – estalló Cian cediendo su palidez habitual a un ira roja. Eso ya lo había escuchado antes. Tenía la esperanza que estuviera dispuesta a saltarse el protocolo.
Octavia observó con interés aquel arranque juvenil, con una chispa divertida en los ojos. Le aguantaba la mirada con determinación. Qué curioso y qué raro. Los tritones no eran así.
– Pues, no puedo ayudarte muchacho. Aunque accediera a entrenarte (y no eres el primero que lo intenta) no serviría de nada. No sería oficial y por tanto no podrías ingresar en el Cuerpo de Guardia, al que como bien sabrás, yo ya no pertenezco ¿Has pasado las pruebas de acceso?
– Sí.
– Si eres lo suficientemente bueno podrás ascender más rápido y estarás metido hasta el cuello en un banco de anguilas eléctricas antes de que te des cuenta. Si eso es lo que buscas.
Cian se mordió los labios, indeciso. En aquel preciso instante Betta podría estar hundiéndose, centímetro a centímetro, cada vez más en las Profundidades. Él no quería vigilar la fosa, Cian se hubiera lanzado a su rescate si los Centinelas no lo hubieran detenido. Las heroicidades como aquella eran una locura. Le habían dado ganas de destrozarlo todo cuando su familia y amigos habían aceptado su desaparición como muerte irremediable en apenas media luna. Había contemplado, adusto, el cortejo fúnebre, las expresiones de dolor y pérdida y había ido alimentando esa nueva rabia poco a poco como una llama que ahora se había convertido en un incendio.
Si tú no me entrenas. Iré de todas formas.
Octavia alzó las cejas levemente.
– Aunque consiguieras saltarte el perímetro de seguridad estarías muerto antes de alcanzar los cincuenta metros de profundidad. Incluso antes de que tengas que comenzarte a preocupar por la presión. No es una buena idea. Yo misma encargaré de que no envíen a nadie en una partida de rescate. Sería un desperdicio perder gente para salvarte.
– Tengo que hacerlo. Si lo hago yo, no lo hará nadie – Cian se volvió – Gracias por tu tiempo.
Octavia lo vio marchar de nuevo hacia el afloramiento rocoso, con los hombros encuadrados y la barbilla bien alta. Era el orgullo de aquel que espera el fracaso de antemano y; sin embargo, sigue adelante. Por un momento, se vio reflejada en aquella obcecada y fría determinación. Le había llevado hacer grandes cosas, grandes locuras; y pese a todo, se despertaba por las noches, gritando, sufriendo por un dolor lacerante en una mano que ya no estaba allí. Matarían a aquel chico si lo dejaba marchar. O algo peor.
– Espera, Cian ¿no?
El chico se detuvo. Ni siquiera se molestó en preguntarse cómo sabía su nombre una condenada al ostracismo. Octavia estaba tomando un par de tridentes de su armería.
– Cógelo. Quiero probar hasta qué punto llega tu voluntad de ser suicida. Lucha.
Cian agarró el arma con ambas manos hasta que los nudillos se volvieron blancos. Octavia le hizo una sutil reverencia. Cian se acordó tarde y Octavia se lanzó tan rápido que a quenas tuvo tiempo para poner el tridente entre los dos. El tritón no era un principiante. Había participado en duelos antes e, incluso con las manos desnudas, había ganado muchas veces; pero aquello era muy diferente. Ni siquiera le dio la oportunidad de ponerse a la ofensiva. Aguantaba a duras penas una incansable lluvia de golpes que venían de todas partes. Y lo peor, observó consternado, es que Octavia había dejado muertos los tentáculos. Ni siquiera los usaba para mantener el equilibrio. Luchaba con una sola mano, danzando en el agua. Demostrando fuerza, habilidad, experiencia. Inevitablemente se quedó prendado de las gracia de sus movimientos. Casi parecía que estaba bailando…
La pelea terminó tan pronto como había empezado. Cian tragó saliva para notar cómo la afilada punta del tridente se acomodaba bajo su nuez. Tiró el arma. Octavia lo miró con superioridad desde arriba.
– Te entrenaré – dijo-. No sé que razones tienes, pero deben de ser poderosas. He notado que estás dispuesto a morir, pero no malgastarías tu vida por una causa vacía. Te ofrezco lo que pides en un año, ni más ni menos. Ahora solo necesito que selles el pacto conmigo. No podrás dar marcha atrás.
– Lo que sea. La decisión está tomada hace mucho tiempo.
– Bien.
Ocavia apartó el arma de su cuello, pero la mantuvo cerca. Se inclinó sobre él a una distancia peligrosa y lo inmovilizó con sus tentáculos. Cian no podía hacer otra cosa que mirarla a los ojos. Unos ojos hipnóticos que se abrieron paso a través de los hilos de mente hasta llegar al lugar más profundo de su conciencia y dejar allí una estigma imborrable. Como si estuviera marcada al fuego. Se tambaleó, pero Octavia no le dejó ir.
– Ahora eres mío. Repítelo.
– Soy Tuyo.
– Empezamos mañana. No lo olvides.

“No lo haré”.

Gracias de nuevo a blondieartist07, por la inspiración

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Glauce

Glauce despertó de golpe de un inquieto revoltijo de sueños. Se desperezó lentamente, a una velocidad casi geológica, sobre la corteza. Era una sensación de desorientación maravillosa. El polen de las mimosas, ya en flor, se había posado sobre su vientre descubierto y sobre sus párpados. Al pestañear, dibujaba el vuelo de las mariposas morpho. Se sentía francamente bien. Observó sus manos, orgullosa de las marcas que perfilaban sus dedos, que surgían de sus uñas ovaladas y se mezclaban en un puzzle en sus muñecas.

Cuando era pequeña, la abuela Coda solía asustarla con que, llegado el momento, le harían tragarse un carbón caliente a voluntad. Y ahora que por fin lo había entendido, no iba a ser capaz de guardarlo como un recuerdo sólido. Éste se iba desvaneciendo al tiempo que los ríos de sol se deslizaban por el komorebi.

Recordaba la música de los tambores uniéndose a la noche, los pies rítmicos, los crótalos, las voces alzándose con el humo de la hoguera. Centenares de olores inundaron el aire hasta que ya no quedó ninguno. Nadie se lo había explicado, pero era necesario aturdir todos sus sentidos para despertarla a la Vigilia. Supo, en ese pequeño instante rozando el mediodía, mientras las pinturas rituales de su cuerpo se secaban y descascarillaban, mucho más del bosque de lo poco que había llegado a intuir como brote.

Contaban las historias que el bosque había regalado a los Wyezaries esa indiscernible frontera entre el brote y la madurez para comprender mejor a sus criaturas. Glauce nunca había creído demasiado en los Dones y siempre se había permitido la licencia de desobedecer clandestinamente ese código nunca escrito de usarlos bien. Tampoco podía decirse que hubiera recibido demasiados. Comenzaba a cansarse de arrastrase por el sotobosque y su cuerpo blanco y fino como el de una niña se separó del barro con sus alas, sus bellísimas alas de libélula precoz; a sabiendas de lo prohibido y sin entender todavía el porqué de lo peligroso.

Habían pasado seis primaveras y aún le asaltaban las visiones.

Bostezó. Notó la lengua pastosa, pesada e insensible como la arcilla y los labios todavía adormecidos. Se había tragado un carbón encendido  – la raíz del visionario era puro fuego-: Buscó con los labios la copa que le ofrecían las sacerdotisas sin reparar en lo que estaba bebiendo, hipnotizada por los ríos de tinta que recorrían sus rostros. El tónico era espeso, muy dulce y afrutado. Bajó por su garganta al tiempo que multiplicaba las estrellas de la noche. Con las pupilas dilatadas de excitación, se había unido a aquella danza frenética de canto inconcluso, a aquel cortejo que la llevó a las aguas del río con una luz muy distinta a la de las luciérnagas. Sin embargo, su recuerdo no alcanzaba tal nivel de precisión. Era la Corista quien recordaba, la voz de los fuegos fatuos que jugaron con Glauce niña. Iba a lucir un cuerpo lleno de líneas y ríos de tinta. Pero su vigía, parpadeando displicente, le veló un futuro. De momento, la dejó ser risa del bosque, que salta de la rama en rama y extiende sus alas para perseguir ánades salvajes.

Gracias a blondieartist07, por la inspiración

Liz

Liz trazó suaves y lentos círculos sobre el interruptor, dibujando repetidos caminos sin sentido sobre el polvo asentado.

Pulsó.

Unos acordes de ritmo seco y enérgico comenzaron a llenar el angosto apartamento. La música se agarró al techo y salió al exterior por los agujeros de las ventanas empañadas.

Se levantó y dejó atrás la manta apolillada.

El tobillo seguía el bajo y su cadera se convirtió en el platillo de cadencia insistente. Sus manos se enredaron en los saltos de las seis cuerdas metálicas y la voz entró.

Avanzó hasta la puerta, con los brazos en alto, ondulándole como el sonido en sus oídos. Cristalizándose. Más y más fuerte.

Saltó los dos últimos peldaños tronchados de la escalera y salió del portal.

La nieve era sucia y fea. La canción acabó y el silencio entre una pista y otra parecía esperar a que los primeros copos llegaran al suelo. Y entró de golpe. Los suaves balanceos diron paso a un movimiento desenfrenado, de cabellos despeinados, de suelas gastadas castigando el suelo castigado y de gotas de sudor perlándose en la frente y el cuello.

Un arrullo de armónica se perfiló en sus labios pequeños como si estuvieran besando el aire. La letra coreaba la respiración. Nada tenía sentido a excepción del compás que retumbaba en su pecho como un bombo.

Y siguió bailando. Y siguió y siguió hasta que no veía más que su piel en la noche. Bailó hasta que los zapatos le estorbaron más que las plantas de los pies desnudas sobre la nieve.

Bailó hasta que no quedó más de ella que movimiento. Como una estrella azul, que nace tarde, vive intensamente y muerte demasiado pronto. Un astro temprano que explota en medio de una energía de luz bella y mortal. Liz.

Lurka

Comenzaba la cacería,
la manada se impacientaba.
Lurka se ciñó las astas al talle:
Diestra era el regalo del fuego.
Zurda era el cuerno de caza.
Los murciélagos volaban
libres por el lienzo negro
lleno de insectos veraniegos.
Sin estrellas ni luna guía,
su instintos eran las riendas
junto al hambre más acuciante.
 
Lurka sacrificó un ave nocturna
se dibujó su mandíbula
ya tan poco humana,
y sus labios de rojo sangre,
todo dientes hilarantes.
Soltó un aullido salvaje
y saltó hacia la partida,
a sus talones respiraban
aquellos alientos exaltados
con vapores rojos de hierro,
hacia la selva negra
hacia la noche eterna.
 
 

Nueva categoría: Personalidades

Tumblr

He decidido añadir una nueva categoría porque muchos relatos, aunque no respondan a una colección en particular, dan vida a un protagonista sin historia, por lo tanto el relato lleva su nombre en el título. Con el tiempo estos personajes acaban encontrando su historia, pero de momento; en su fase inicial, podéis encontrar todas estas pequeñas historias en los relatos de Pasos de Tinta, en la categoría de Personalidades.

Eve, el vuelo.

Silbaba con la garganta. Hacía un mes que descubrió que podía hacerlo.

fallen

Lo que más le gustaba era, como denominaba la jerga del dialecto de Fedora, el kreist, el segundo sordo, si es que se podía traducir a aquella lengua vulgar de barro.

Barro en la cabeza y barro en los pies mugrientos. Con una lengua de barro sólo puedes hablar el idioma primitivo de las ciénagas. Hablan escupiendo las palabras como veneno, apuñalándose con ellas, como si el lenguaje no fuera más que otra rudimentaria herramienta a su servicio.

En el momento de la caída, hay un segundo en el que el tiempo deja de existir. Ni siquiera se detiene, se desintegra. El segundo sordo.
La ola de viento airado rompió contra su pecho, pero sabía que debía de aguantar la respiración, si no quería pasarse toda la noche con hipo. Por fin alcanzó la mano de una corriente ascendente que la rodeó como una punta de lanza cada vez más afilada. Cerró los ojos y soltó el aire muy lentamente, como si la gravedad no fuera con ella, en realidad. Un suspiro en medio de un vendaval. Al igual que siempre que la invocaba, le sobrepuso un pequeño segundo de incertidumbre helada. Nunca se tenía certeza si en esa ocasión aparecerían, se suponía que los Whya jóvenes ni siquiera podían volar fuera de su comarca, pero Eve siempre tuvo una imaginación demasiado exaltada para lo que en verdad le convenía. En seguida notó aquella presencia cálida a su espalda.

En realidad, ni siquiera eran alas.
Las extendió con delicadeza para contrarrestar la rudeza del frenazo en pleno vuelo. Como siempre, se le subió el corazón a la garganta. Era ridículo que aún siguiera sintiendo vértigo. Nunca había manifestado sus temores en voz alta porque un Whya con miedo a las alturas era el colmo de lo absurdo, una vergüenza para su estirpe y; sin embargo, era incapaz de quitárselo de encima. Era su tortura personal. Su peste.

Lloraba desconsoladamente en el rincón más bajo de la tienda. Unos ojos dorados brillaron en la oscuridad, amigables. //
–Eevee– sólo ella la llamaba así porque tenía una tendencia muy graciosa a alargar las vocales suavemente – No tienes por qué tener miedo, todos tenemos miedo de algo, es natural.
Ella se arrebujó en su cubil de mantas y sorbió ruidosamente por la nariz. Se había puesto histérica en la tirolina.
–Los otros niños son crueles.
–Lo sé.
–Pero a ellos no les tengo miedo– apretó los puños con rabia y miró sin pestañear a los ojos sin pupila de ella. Cabellos grises enmarcaban su rostro, un rostro joven pese a todo lo que la vida había cincelado en cada pliegue. Era como un folio maltratado. –¿Y a qué le tienes miedo tú?– había recuperado su gallardía, esperando que renegara de su derecho de darle una respuesta justa, como el resto de los adultos. Cobardes.
Ante su sorpresa, ella rió sin ruido, a continuación miró a ambos lados, izquierda y derecha, como si temiera que alguien estuviera escuchándolas detrás de la cortina y se acercó a Eve con actitud conspiradora:
–Si te lo digo… ¿prometes no decírselo a nadie?
Eve se llevó los ocho dedos enlazados en un juramento al pecho plano. El golpe sonó firme sobre sus pequeñas costillas. Como raspas de pescado.
Ella volvió a reír sin emitir ruido alguno, como si lo hiciera con todo el cuerpo de manera sutil. Puso sus dedos sobre los suyos y se acercó a su oído.
–Odio a los halcones– confesó.
Eve abrió la boca de asombro o para decir algo pero ella se puso un dedo en los labios y la niña volvió a entrelazar los dedos con decisión.
Sus labios estaban sellados.

Eve, los Wyezaries.

Eve contempló con tristeza el atardecer. Un viento frío e insistente barría la azotea de hojas muertas, a la chica le costaba imaginar cómo había llegado hasta allí arriba. Las hojas no tenían alas, su vuelo correspondía a un simple capricho.
El sol, rojo como una estrella vieja, se hundía entre el perfil afilado de los rascacielos entre brumas rosáceas. Aquel era su lugar ajeno al mundo: del ruido del tráfico apenas le alcanzaba al eco y el viento se encargaba de enmudecer sus pensamientos respirando fuertemente en sus oídos. Olía como acechaba un otoño tardío entre la polución.
Eve miraba sin pestañear a aquel sol moribundo, con la piel de gallina ante la evidencia aplastante del símbolo de su pueblo. La cantinela popular le vino sin que ella quisiera invocarla. Era un hechizo, un mantra y, a la vez, una nana:
feathers.

Y el sol volverá a nacer, a abrazarnos con sus etéreos brazos
y convertirá nuestras plumas en plata ligera,
y juntos nos alzaremos en las campiñas de su reino.
Nos convertiremos en el azul del firmamento.

Traducirlo era poco más que un sacrilegio, sólo su lengua natal poseía la musicalidad suficiente para traer la magia que aquellas palabras encerraban entre nota y nota. Suspiró, apartando la vista del horizonte. Alzó los dedos ante ella, no para protegerse de la luz, sino quizá, para medir cuánto quedaba para el anochecer; sin embargo tuvo que desistir.
La ciudad se había comido la Cuna Oeste. Los titanes de hormigón armado y cristal cercaban el horizonte como una malla impenetrable de alambre de espino.
Miró su reloj con desgana. Odiaba aquel aparato. Pitaba en cuanto menos se lo esperaba, dejándole el pulso acelerado en cada arrebato y, por la noche, las cuatro cifras cuadradas y artificiales como aquel paisaje urbanita, se tornaban fluorescentes y la sumergían en sueños inquietos; pero tenía que llevarlo anclado a la muñeca a la fuerza, día y noche, como cualquier Pies de Barro. Porque eran las Normas.

Eran poco más de las siete. Ya hubiera tenido que estar en casa desde hacía al menos treinta minutos, pero su cuerpo se resistía a moverse. Aquel era su Anaquel de soledad, y ¿no dictaban también aquellas dichosas Normas que todo Wyha tenía derecho a uno?
“Todo Wyha adulto, Eve”; susurró esa voz irritable que pugnaba siempre por sacarle las verdades más crudas al menú del día. Porque ella todavía no lo era, aún.
Inconscientemente, se llevó una mano a la clavícula izquierda, justo debajo estaba su Símbolo, la marca de nacimiento de su gente. Cuando había sido más pequeña, su Símbolo la había fascinado hasta tal punto que había dado de sí todos los cuellos de sus camisetas para lucir el hombro al descubierto. Aquel ramalazo de vanidad había sido duramente reprimido.

“No es algo que puedas ir mostrando por ahí, Eve, y menos a tu edad.”

A veces sólo le venía su voz, otras sólo era capaz de rescatar sus ojos inquisitivos, dorados con dos monedas nuevas. Majestuosos como lo eran los del águila.
Ciertamente, nunca había entendido el porqué de aquella censura hasta mucho más tarde, cuando la infancia se le escapó de las manos sin que ella lo hubiese advertido si quiera, no había ninguna razón a primera vista que lo alegara; además, era muy bonito: Líneas firmes plateadas que surcaban su piel con numerosas interpretaciones. Se suponía que era el Astro Sol, y aquella extraña intersección rizada, sus Cunas y cerrándolo la flecha de Céfiro. Para ella aquello era una tontería, para ella siempre había sido una pluma o un ojo… Sin embrago, ahora no podía cerciorarse. Se descubrió el hombro y sonrió como siempre que admiraba aquel enorme acto de incoscencia.
Un tatuaje de tinta color zafiro dejaba imperceptible el Símbolo, en su lugar el Ojo de Horus le devolvió una mirada mate desde su piel pálida. Volvió a cubrirse, imaginándose qué pensaría el Quinto Sabio del Nido de los Wyezaries. Aquello sí que significaba un auténtico sacrilegio, sabía que hasta podían juzgarla por ello pero, en aquellos momentos le traía sin cuidado. El Nido llevaba sin dar señales de vida desde que la habían abandonado en aquella apestosa ciudad. Ellos mismos llamaban al mundo de los Pies de Barro, el Camino de tránsito; pero para Eve se había convertido en una nueva cárcel más grande, hostil y solitaria que la anterior.
Sacudió la cabeza y apoyó la barbilla en su antebrazo, de cara al sol. Hasta de la ausencia de horizonte llano observó cómo la línea dorada recorría la línea de su brazo, erizándose, como si la luz también fuera capaz de sentir aquel frío osado, en aquel vello blanco, casi trasparente que nacía a flor de piel. Hizo entrechocar las uñas y agarró uno entre dos dos después de varios intentos fallidos y tiró con fuerza. Le dolió más de lo que esperaba, pero al menos no sangró. Observó, incrédula aún a aquellas alturas de los acontecimientos, la pluma blanca y frágil que bailaba en la palma de su mano con cada respiración.
Sopló para dejarla libre, sabedora de que no habría sido necesario. Se perdió en el espacio tras un par de tirabuzones inciertos. Deseó de veras poder pedirle un deseo.

Ve a reunirte con las hojas, ellas también están muertas.

Sabía que no debía de haber hecho eso, pues por cada pluma que se arrancara saldría otra más fuerte en su lugar, y lo único que conseguiría era acelerar el proceso de muda de plumón, una de las cosas que si pudiera, pospondría eternamente.
Estuvo tentada a esconder la cabeza entre el hueco de los brazos y dormitar hasta la caída del sol, como cuando era más pequeña, acunada por las brisas caprichosas de Fedora; sin embargo el errático pitido del reloj hizo que se sobresaltara. Un odio asesino la sobrepuso en cuando trasteaba con los botones laterales para acallar aquel infernal sonido. No deseaba nada con tanto fervor como arrojar aquel diabólico artefacto por el abismo gris y ruidoso de la azotea para admirar como desaparecía entre un silbido que pasaría desapercibido entre todos los Pies de Barro que caminaban, afanados con sus tareas intrascendentes como hormigas en otoño, a docenas de metros por debajo de sus pies colgantes. Sería toda una satisfacción oír su descenso, aunque tuviera que imaginarse el chasquido del mecanismo reducido a pedazos. Pero la verdad es que realmente necesitaba saber en todo momento la hora, como un espía incansable, aunque luego ignorara deliberadamente cualquier horario.

La cena estaría fría esperándola en la mesa.
Por fin, se dignó a incorporarse, jugando a dejarse caer hacia delante del límite de la azotea sin barandilla, confiando su cuerpo al viento hasta alcanzar un ángulo cada vez más obtuso y osado. Se recobró, riendo por lo bajo con el pelo alborotado. Diligente, alcanzó sus zapatillas desgastadas de forma ridícula y, una vez calzada, alzó los brazos y cerró los ojos.
Dejarse caer al vacío siempre era más fácil de lo que parecía.

 

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