Ya ves, maldito Hesse

Llevo toda la semana pensando que volaba,

sacando ratos pequeños

para llevarte de vuelta a mis infiernos.

Son como esos testimonios

del principio de los tiempos,

que coleccionabas en tu álbum de recortes

de periódicos en blanco y negro,

esos que celebran encuentros, extraños, triunfos.

 

Como cuando te vi beber, brillar

y respirar todo ese humo

y tomar cada bocado de cada momento.

Y tú solo dices que no es más que otro brillo en el río.

Y tomas otro sorbo de vino.

Porque no es nuestro directo.

Porque nunca es el momento.

 

Porque se duerme poco con estas ganas de volver.

Y tú ni siquiera mirabas atrás por si lo hacías.

Pero nos veremos un día antes.

Volveremos a vernos un día terrorífico.

En uno de tus domingos apocalípticos,

en esos en los que el tren siempre llega tarde.

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“Qué ves”.

“Una mancha”.

Me dijo que no mirara solo a la mancha, pero como el blanco no me decía nada a excepción de la presencia de las manchas, dije:

“Un gato”.

“¿Un gato?”

“Un gato bien gordo. Con manchas blancas y negras. Como una vaca. Ya sabes… Con bigotes muy largos y blancos, de esos que siempre sonríen muy felices y bostezan con una lengua casi roja”.

>> Los sueños de una vaca fue mi libro preferido hasta que descubrí un Paraíso inhabitado. Así que hace sol y todos nos estiramos los domingos buscando manchas, cuando la mañana está ya muy avanzada. También bostezamos.

“Sabe muchas cosas, muchas cosas que ocurren detrás de las ventanas. Acostumbra a tomar el sol desde el tercer piso de un bloque de vecinos sin ascensor. Observa el ir y venir de las moscas y mueve el rabo. Antes cazaba palomas, pero ahora solo se lame las uñas con los ojos cerrados”.

“¿Y qué mira?”

>> ¿No te acabo de decir que tiene los ojos cerrados? (Pienso, irritada). Casi puedo oír la historia del mirar y del ver otra vez sonando en mi cabeza. “Mira y Vero se conocieron una tarde roja de otoño…”

Mira a una mujer. Mira es una mujer. Está en ropa interior, gris y vieja. Hoy es el día de la colada, pero los animales no reparan en estas cosas, o al menos no deberían importarles. La mira porque está o parece feliz. Canta y baila sin música. Lo hace muy mal. Barre a veces y come aceitunas. Es muy graciosa, incluso cuando enciende la radio y deja de oír su voz grave. Y suena una de esas canciones que todo el mundo conoce pero nadie sabe cómo se llaman. Suelen sonar como recuerdos bonitos, pero los vamos olvidando con el tiempo.

“Cuéntame algo de esa mujer”.

“Esa chica no tiene nombre, aunque el gato sí. (la lavadora suena con un pitido.) Se sirve un vaso de agua y se ríe un poco de sus propios pensamientos. Las pinzas, todas verdes, parecen cocodrilos. Ella tiene las uñas de los pies pintadas de color amarillo. Ahora toda la calle respirará el olor de la ropa limpia.

>> Las sábanas pueden ser nubes y los calcetines, pequeños gorriones. Así parece un dibujo de niño pequeño donde todo se invierte y tiene sentido. El cielo es blanco folio y las nubes y los pájaros le han robado el azul a las cortinas. Solo tienes tres colores al fin y al cabo y las líneas nunca fueron negras.

Viernes. Escrito en El reloj de Sol. C/ Capitán Salazar Martínez.

Timorato II

Podría quemar flores rojas en tus mejillas,

las anémonas de la calle ancha de la ciudad.

Como ellas, te encoges de noche por las puntadas

de las cortinas blancas y demás luces.

Luces de un rostro que ni sonríen ni visten

ropas de algodón quieto los días de fiesta,

pues bailan escondidas en lugares altos.

La marcha sigue temblando hasta las puertas

de una iglesia abandonada donde dejan sus velas,

donde corre el llanto del río blanco,

donde se abrazan el eneldo y la encina

y son fresca sombra de nuestros secretos.

Doubla”

Se dobla como alambre sobre la alfombra,
a la luz de ventanas de óleo amarillo.

Se contonea y gruñe al verte, Ojos de cordero,
y parodia los raíles de paisajes lejanos
e ideas grandes de hogares pequeños:
En ellos, viveros en cofres y música suave
descansan en la quietud del desayuno.

A la luz de las doce, se estiran las malvas de humo
y resopla el verde vivo de las gilcinias.
Se arquea como alambre al color del sol,
Ojos de miedo, en una danza de bienvenida.

Preludio verde

El calor desea salir

de debajo de los adoquines

y peinar sus cabellos,

pelirrojos de violetas,

para alcanzar el aire

con sus caprichosos dedos.

 

Cortar las flores de ozono

con tormentas repentinas

y las carreras a casa,

para comerse las hogueras

a besos, índigo profundo,

en la noche de las Perseidas.

 

El calor desea despertarte

abrazado a las sábanas,

recorrer con ríos tus sienes

y, de espaldas a la pared,

(de cara a las ventanas)

saltar al torrente del alba.

 

Palomas escañadas

Emmel acarició los pistones y se lamentó alegremente en aquel rincón múltiple de la avenida. La sexta Herma siempre estaba llena de gente pero nadie iba a ninguna parte o no había sitio adónde ir. Era el Herma condenado porque era la ciudad del mar seco. Emmel había estudiado en el salón de su tío las Guerras del Canal, pero solo recordaba que habían sido muy largas y que no habían solucionada nada. Lo adoquines, sin embargo, seguían rascados por la salitre y los nietos de los braceros seguían dando muy malas propinas.

 

Era un día soleado, con graciosas nubes de color crema que jugaban la luz que ya comenzaba a declinar. La vieja castañera dio la enésima vuelta a la fuente y, tras enjuagarse las manos, siguió sacudiendo el brasero. Se puede decir que casi lo saludó con un breve gesto de cejas. La voz de la trompeta se alzó entonces por encima de las columnas del hospital y resbaló por los escalones como aguas lentas hasta la plaza. Era como un enorme reloj de sol, por eso le gustaba ese sitio. Emmel acabó por encontrar su melodía y se dedicó a escucharse por dentro pensando que quizá alguien lo oiría fuera. No había caballos y tampoco nadie estaba escuchando.

 

El rumor de conversaciones perezosas y los bostezos de los ancianos se mezclaba en contrapunto con los arrullos de las palomas. Emmel las seguía observando en sus idas y venidas a pequeños vuelos. A veces silbaba un poco, sin dejar de besar la boquilla. Eran todas diferentes. Unas más altivas, otras más cautas o más curiosas. Se paseaban casi siempre desaliñadas por el mapa de adoquines de la plaza. Al volver, limpiaban el suelo sucio dejando huellas en el polvo de la calle y plumas. Salían negras de las carboneras, donde comían los jornaleros en invierno para no pasar frío. Las bravias ya no tenían ese brillo satinado en el cuello que invita a pensar en las ánades. A muchas les faltaban los dedos. Cojeaban patizambas o aleteaban casi con gracia. Emmel sabía que era una enfermedad, por eso las calles estaban plagadas de ellas pese al hambre y a los niños esmirriados. Arrastraban las uñas y las escamas en los tarsos y se arrancaban las coberteras en los días de misa, con las campanas. Cerraban tres veces los ojos y te miraban impasibles a su dolor y al tuyo cuando las esquivabas al pasar. Emmel las seguía con la mirada, pero no se le subían a los hombros porque no tenía pan.

 

Era un trompetista extraño, Emmel. Los bachilleres del otro lado del puente comentaban que hablaba con las aves y que seguramente también tendría los huesos huecos a juzgar por lo delgado que estaba. Nada lo asustaba. Sus ojos claros, verde aguamarina, desconcertaban a los transeúntes bajo el ala del sombrero, por lo que muchas veces se lo calaba, dejando la limosna en el suelo. Era lo único del verde propio de Psnaris, pero él ya no podía verlo ni en sueños. Allí todo era ocre y blanco. Las casas encaladas y las calles empinadas, sucias por el paso de los carromatos y el vuelo de las palomas negras, eran como la ropa tenida en los tejados: Monocromo. El suelo olía mal y las alcantarillas no funcionaban. Sin embargo, Emmel había aprendido a amar con locura aquel calor displicente de las horas finales de la tarde, casi acariciando la expectativa de que le dieran o no cobijo esa noche, lejos de todas aquellas aves tullidas.

 

Efectivamente, pensaba en las palomas como reflejo de él mismo, mimetizado con la costumbre de no poder hacer nunca nada. Las once callejuelas se ofrecían posibilidades que él ya no tenía fuerzas para retomar. Pensó en aquel momento que las zuritas jóvenes estaban empezando a anidar en los huecos del antiguo puerto. El verdín ya no resbalaba como antaño, por lo que podría probar a alcanzar los nidos, cenar e ir a buscar más almas de estrellas de mar para vendérselas algún alquimista loco. Llenaría más su estómago que el llanto de la trompeta.

/Travesía de la Brisa/

Podría estar recorriendo

el día así siempre

con trazos pequeños

de pintura de nubes.

 

Tengo tanto sabor de niebla

bajo la lengua y en las líneas

de las manos, como rocío

en las plantas de los pies.

 

En los oídos los bostezos de los coches.

Los nidos en flor de los mirlos,

las miradas de los gatos…

 

Sería tan sencillo saludar

a esa hojarasca borrosa

que vemos en el final

de su fuego blanco nieve:

 

Cuando respira el invierno,

siempre sonríen dormidas

las perspectivas de amar.

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